En su libro Dios es redondo, Juan Villoro dibuja otros mundiales distintos, como el de Francia 98. Ahí veía a “las multitudes llenar los estadios ilusionadas por algo que no solo pasa en la cancha”. Pero el Mundial cambió de lógica. Los expertos coinciden en que transitó hacia una meramente comercial.
“El ocio, el acceso a la cultura y al deporte son derechos que tendría que garantizar el Estado. El problema es que se topan con que el deporte y la cultura también son negocios”, señala Pérez, de Oxfam.
Ahora el juego es el estatus social, los eventos de élite, que relegan el futbol, ese deporte que, por años, hizo que el mundo contuviera el aliento, según Villoro. Si antes el futbol salía del barrio, ahora la Copa 2026 excluye el barrio del futbol.
La tensión trilateral
Hoy en día, tres países comparten la sede del torneo, pero llegan con tensiones en su relación trilateral en temas de seguridad y comercio. A la par, México invierte en obras contrarreloj que no son prioritarias para la CDMX, Guadalajara y Monterrey.
Y aunque las autoridades pronostican una derrama económica de hasta 3,000 millones de dólares, los pequeños comerciantes dudan que los salpique. En este contexto político, económico y social, el país da el silbatazo inicial.
Pero hay que recordar el antecedente. Bajo el lema ‘United 2026’, México, Estados Unidos y Canadá unieron esfuerzos en 2017 para presentar su candidatura para ser anfitriones del Mundial. Buscaban proyectar al mundo una imagen de integración, cooperación, fortaleza regional y que el futbol es un puente para unir países. Nueve años después, el contexto regional es muy diferente y contrasta con el espíritu de colaboración.
La relación atraviesa uno de los momentos más tensos de su historia a causa del comercio, la economía y la seguridad. “La región se encuentra a la mitad de una serie de tensiones, acusaciones e intrigas”, plantea Carlos Manuel López Alvarado, internacionalista y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El Mundial no llega en el momento óptimo de la relación.
Carlos Manuel López Alvarado, internacionalista de la UNAM.
Entre México y Estados Unidos hay desconfianza y se mantiene la amenaza, principalmente, por temas de seguridad. La alianza entre Estados Unidos y Canadá se debilitó por disputas comerciales y arancelarias, y con México no hay tanta cercanía.
Como sea, los tres países comparten no solo la anfitrionía del Mundial que se realiza entre el 11 de junio y el 19 de julio, y en el que, por primera vez, participarán 48 selecciones que disputarán 104 partidos; sino la revisión conjunta de su tratado de libre comercio, el T-MEC.
En la región, donde viven más de 500 millones de personas y que aspira a ser de las más competitivas del mundo, las tensiones tienen un factor común: el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, que derivó en una política comercial agresiva, aranceles y declaraciones que juntan la economía con la seguridad.
“Es una relación de amor-odio”, explica Miguel Sigala, profesor e investigador del Centro de Estudios sobre América del Norte de la Universidad de Guadalajara (CUCSH). “Por un lado, podemos ser socios, podemos tener una interdependencia profunda, compartir lazos sociales, culturales, familiares, económicos y un interés geopolítico similar; pero, por otro lado, existe desconfianza y hay tensión, un temor identitario y temor de la soberanía de los tres países”, señala.
Con México, el tema de la seguridad mantiene un momento crítico con Estados Unidos. Desde que Trump regresó a la Casa Blanca, ejerce presión para que México haga más contra los cárteles, a los que declaró organizaciones terroristas extranjeras (OTE).
Incluso, en abril la tensión se elevó debido a que se reveló que dos agentes de la Agencia de Investigación Criminal (CIA) participaron en un operativo para desmantelar un laboratorio de drogas en el estado de Chihuahua, lo que implicó una violación a la Constitución y a la Ley de Seguridad Nacional, y por las acusaciones que desde el Departamento de Justicia se hicieron contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, al vincularlo con el narcotráfico.
“¿Cómo tener una relación de colaboración en la lucha contra el narcotráfico, una comercial y una deportiva exitosas con socios que no se tienen confianza, que no se hablan para colaborar, que tratan temas mediáticamente?”, cuestiona Anabel Ortega Muñoz, internacionalista y catedrática de la Universidad La Salle.
Entre Estados Unidos y Canadá, tampoco se atraviesa el mejor momento, sobre todo, por la política arancelaria de Donald Trump que no solo impuso aranceles del 25% al país del maple, sino que también sugirió la anexión de la novena economía a la primera.
La relación entre México y Canadá, aunque es importante, tampoco es igual de estratégica. Con Canadá, por ejemplo, el comercio es de alrededor de 44,539 millones de dólares, el 5% del comercio con Estados Unidos, que asciende a 872,834 mdd.
La cooperación entre las tres naciones es clave para garantizar la movilidad, la infraestructura mundialista, la gestión de riesgos y, sobre todo, la seguridad. El gobierno de México anunció, por su parte, la estrategia de seguridad denominada Plan Kukulkán, que desplegará 100,000 elementos entre militares, policías y guardias privados para blindar las tres ciudades mundialistas.