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Tic toc, tic toc

No es casualidad que esta misma semana la Casa Blanca haya publicado dos documentos estratégicos: su estrategia nacional para el control de drogas y su estrategia contra el terrorismo.
vie 08 mayo 2026 06:06 AM
Tic toc, tic toc
El discurso de la soberanía puede funcionar en el corto plazo para ganar tiempo, pero no es sostenible ante un socio que ya agotó su tolerancia y ya elevó el costo de la no cooperación, considera Georgina De la Fuente. (BRENDAN SMIALOWSKI/AFP)

La reacción inicial de Claudia Sheinbaum ante las acusaciones de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya y otros nueve funcionarios mexicanos fue predecible pero no puede durar mucho tiempo. Con el encuadre de la defensa de la soberanía, la presidenta pidió a Estados Unidos pruebas concretas para que la justicia mexicana procediera. Desde la perspectiva jurídica, las pruebas son innecesarias en casos de solicitudes de detención provisional. En términos estratégicos, la exigencia de la presidenta podría tener el objetivo claro de comprar tiempo. Sin embargo, el margen para administrar ese tiempo es cada vez más estrecho.

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Desde 2025, Estados Unidos dio un paso que reconfiguró el tablero en su política de seguridad nacional y, por ende, en su relación con México, designando a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras. Esta decisión no es meramente simbólica o discursiva, sino que sentó las bases legales para perseguir estructuras criminales y sus redes de apoyo, financiamiento y facilitación dentro y fuera de su territorio. Esto, como fue advertido en este mismo espacio hace más de un año, elevaría el costo a las autoridades mexicanas por el exceso de “abrazos” a los cárteles.

El contexto político en Washington ayuda a explicar la aceleración de esta agenda. La popularidad de Donald Trump se encuentra por los suelos como resultado del impacto económico de la guerra contra Irán y la falta de resultados tangibles en el costo de vida, en torno a la cual giraron sus principales promesas de campaña. A solo unos meses de las elecciones intermedias y con un panorama desalentador en las encuestas, la administración Trump necesita victorias reales y pocas agendas ofrecen resultados tan atractivos políticamente como el combate al narcotráfico. Esta agenda ya le ha redituado en el pasado, particularmente tras la captura de Nicolás Maduro.

No es casualidad que esta misma semana la Casa Blanca haya publicado dos documentos estratégicos: su estrategia nacional para el control de drogas y su estrategia contra el terrorismo. Leídos en conjunto, los documentos caracterizan a los cárteles mexicanos como una amenaza a la seguridad nacional, meritoria de una respuesta con todas las capacidades del Estado, incluyendo la ofensiva terrestre. La centralidad de México en el diseño de ambas estrategias es explícita. Inclusive, la frontera es señalada como el epicentro de la amenaza de drogas sintéticas y las organizaciones que operan en el territorio mexicano como los principales actores en torno a esta amenaza.

De este modo, se establece con claridad lo que podemos esperar en semanas por venir: presión sostenida, cooperación condicionada y la exigencia de resultados medibles. El propio Trump fue claro en las acciones que pretende tomar, las cuales fueron retomadas por todos los medios nacionales. “Si México no hace nada, nosotros lo haremos”. Pero también se sabe que la cooperación en materia de seguridad es un componente fundamental de la relación comercial. La revisión del T-MEC no ocurre solamente en el plano de lo técnico, sino en una lógica de enchilada completa 2.0 en que el combate al narcotráfico puede influir en el tono y los resultados de la negociación.

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Esto coloca a la presidenta en una disyuntiva compleja. El discurso de la soberanía puede funcionar en el corto plazo para ganar tiempo, pero no es sostenible ante un socio que ya agotó su tolerancia y ya elevó el costo de la no cooperación. Sin embargo, tampoco puede soslayar las implicaciones políticas internas de cualquier decisión en torno a Rocha Moya y compañía. Especialmente dado que se ha advertido que la lista de funcionarios mexicanos coaligados con el narco en posesión de la justicia estadounidense no se agota en Sinaloa. Asimismo, ella también tiene una elección intermedia en puerta. De este modo, la pregunta ya no es si Sheinbaum debe ajustar su estrategia sino qué tan rápido y en qué condiciones lo hará. A diferencia de otros tiempos, el reloj bilateral ahora lo marca la compleja intersección entre la política interna, la comercial, la de seguridad, la de drogas y la migratoria. Y ese reloj está corriendo.

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Nota del editor: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a Georgina De la Fuente.

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