Se necesitan decisiones de Estado, no declaraciones institucionales. Las siguientes medidas son técnicamente viables, jurídicamente fundadas y políticamente urgentes.
Primero, transferir la responsabilidad operativa de seguridad en zonas arqueológicas de alta afluencia a la Guardia Nacional, mediante convenios de coordinación vinculantes con el INAH, con protocolos específicos de intervención, presencia permanente y sistemas de videovigilancia interoperable. El INAH conserva la rectoría patrimonial; la seguridad de personas es tarea del Estado policial.
Segundo, crear un Protocolo Nacional de Seguridad para Zonas Arqueológicas, con rango de política pública federal, que defina cadenas de mando, tiempos de respuesta, mecanismos de coordinación interinstitucional y capacitación obligatoria para todo el personal que opera en estos espacios.
Tercero, resolver con urgencia la certeza jurídica territorial. El Congreso debe reactivar el Fondo Nacional Arqueológico y exigir su aplicación efectiva en la adquisición de los predios estratégicos donde hoy existe ese vacío de autoridad. Sin propiedad federal clara del suelo, no hay seguridad perimetral posible.
Cuarto, establecer mecanismos formales de gestión compartida con las comunidades que rodean las zonas arqueológicas, reconociéndolas como actores de seguridad territorial con derechos e incentivos reales, no como obstáculos administrativos a superar.
La pirámide no merece más muertos
Teotihuacán tiene 5,000 años de historia.
Hoy tiene también dos muertos nuevos sobre su suelo. México lleva décadas protegiéndose detrás de la narrativa del patrimonio de la humanidad mientras abandona a su suerte tanto el sitio como a quienes lo visitan, trabajan o habitan cerca de él.