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#ZonaLibre | Mencho muerto, ¿Harfuch presidente?

En México, sobrevivir a un atentado no es solo una anécdota biográfica; es un evento político. Harfuch no se replegó, no desapareció, no se exilió. Volvió. Herido, sí. Pero presente. Activo. Visible.
vie 27 febrero 2026 06:06 AM
harfuch
La pregunta no es si Harfuch quiere ser presidente. La pregunta es si el país está dispuesto a convertir la resistencia en proyecto. Porque sobrevivir a la violencia no garantiza gobernar bien, considera Caleb Ordóñez. (Cuartoscuro/Daniel Augusto)

En México, el verdadero poder rara vez se ejerce desde la visibilidad. Se ejerce desde el miedo. Durante años, El Mencho no fue solo un capo del crimen organizado; fue una figura de orden alterno, un recordatorio permanente de que el Estado no tenía el monopolio de la fuerza. Su nombre funcionó más como advertencia que como identidad. Y eso, en un país acostumbrado a la violencia, es una forma sofisticada de control.

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Más allá de su destino personal, lo relevante es lo que dejó instalado: una organización criminal con lógica empresarial, capacidad militar y una relación frontal —no negociada— con el poder político. El CJNG no quiso convivir con el Estado, quiso disputarle autoridad. No buscó esconderse; buscó ser temido. Y lo logró.

En esa confrontación abierta necesitaba un antagonista visible. Alguien que representara al Estado sin matices, sin ambigüedades, sin discurso vacío. Ese rostro fue Omar García Harfuch.

El 26 de junio de 2020 marcó un punto de quiebre. No solo en su trayectoria, sino en la narrativa de seguridad del país. A las 6:38 de la mañana, en Paseo de la Reforma, una de las avenidas más simbólicas y vigiladas de México, el narco ejecutó una emboscada diseñada como acto político. No fue una advertencia ni una intimidación. Fue un intento deliberado de ejecución pública.

Más de 400 disparos fueron detonados en segundos. Armas de alto poder, fuego cruzado, precisión militar. El vehículo quedó destruido. El pavimento se convirtió en escenario de guerra. El mensaje era inequívoco: el crimen organizado podía atacar al corazón del poder a plena luz del día, sin esconderse, sin rodeos.

Harfuch recibió tres impactos de bala. Hombro, clavícula y pierna. Tres de sus escoltas murieron defendiéndolo. Cumplieron hasta el final una tarea que rara vez se reconoce en este país: resistir. También murió una mujer civil, recordatorio brutal de que cuando el narco envía mensajes, siempre hay víctimas que no estaban en la ecuación.

El objetivo era claro: matarlo. Eliminar al rostro visible del Estado en materia de seguridad. Demostrar supremacía. Someter.

No lo lograron.

Y ese fracaso tuvo consecuencias que van mucho más allá del ámbito policiaco. En México, sobrevivir a un atentado de esa magnitud no es solo una anécdota biográfica; es un evento político. Harfuch no se replegó, no desapareció, no se exilió. Volvió. Herido, sí. Pero presente. Activo. Visible.

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En un país donde tantos funcionarios se diluyen ante la primera amenaza, esa decisión lo colocó en otra categoría. Dejó de ser solo un perfil técnico eficaz y se convirtió en símbolo de resistencia institucional. No por discurso, sino por hechos. No por narrativa construida, sino por experiencia vivida.

Mientras tanto, el otro frente de batalla siguió abierto: el de los periodistas. No como daño colateral, sino como estrategia. El crimen organizado no asesina periodistas únicamente para silenciar investigaciones específicas; lo hace para ordenar el miedo, para marcar límites, para controlar el relato. Matar periodistas no es censura clásica: es pedagogía del terror. Es dejar claro quién manda incluso sobre la palabra.

Y es en ese contexto donde surge la segunda pregunta del título.

¿Harfuch presidente?

Todavía no. La política mexicana no se gana solo con prestigio personal ni con historias de supervivencia. Se gana con estructuras, partidos, alianzas, tiempos y pactos. Pero antes de todo eso hay algo indispensable: legitimidad emocional. Y esa no se construye en campaña. Se construye en momentos límite, cuando el poder se pone a prueba.

El atentado lo catapultó al imaginario nacional. No como salvador automático, pero sí como posibilidad real. Como alguien que no habla de seguridad desde el escritorio, sino desde el cuerpo. Como alguien que no teoriza sobre el narco, sino que fue marcado por él.

La paradoja es contundente: el crimen organizado, en su intento por eliminar a un adversario, terminó fortaleciéndolo. La violencia que buscaba imponer silencio produjo una figura que hoy genera conversación política. Desde la sombra, el narco ayudó a crear a su antagonista más visible.

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Por eso la pregunta no es si Harfuch quiere ser presidente. La pregunta es si el país está dispuesto a convertir la resistencia en proyecto. Porque sobrevivir a la violencia no garantiza gobernar bien. Pero en un México cansado de simulación, a veces basta con no haber retrocedido cuando todo estaba diseñado para caer; para que la historia empiece a empujarte hacia adelante.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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