Tres meses que, en el léxico de la política pública seria, no alcanzan ni para una línea base confiable, mucho menos para evaluar el desmantelamiento de una gobernanza criminal que lleva décadas construida ladrillo a ladrillo en la tierra caliente y en la sierra michoacana.
La evaluación prematura no es un error técnico: es una decisión política. Evaluar antes de tiempo garantiza que los indicadores sean favorables, porque el operativo de saturación militar aún está en su fase de mayor presencia visible y los grupos criminales no han tenido tiempo de adaptarse.
Lo que se midió el 6 de febrero no es el éxito de una política de seguridad; es el efecto anestésico de 12,000 efectivos sobre el terreno. Y la anestesia, por definición, tiene fecha de caducidad.
¿Ya se desmanteló la gobernanza criminal? El silencio que acusa
Si hay una pregunta que ningún funcionario respondió en Morelia, es la más incómoda de todas: ¿cuántos municipios michoacanos siguen operando bajo la tutela del crimen organizado? El propio Ejército mexicano identificó en septiembre de 2021 que 29 alcaldes recién electos en el estado presentaban vínculos o riesgos de cooptación criminal.
Eran casi un tercio de los 113 municipios. Han pasado casi cinco años y ese dato no ha sido refutado, actualizado ni corregido públicamente. Ha sido, simplemente, enterrado.
La detención del alcalde de Tequila, ocurrida apenas un día antes de la presentación estadística de García Harfuch, no fue noticia incidental: fue la prueba inadvertida de que la gobernanza criminal en los municipios michoacanos sigue intacta, activa y esperando.