Durante años, Morena ha caminado con la seguridad de quien manda. Mayorías amplias, aliados disciplinados y reformas que avanzaban más por inercia política que por negociación real. Pero ese ciclo terminó. Hoy, el verdadero problema del partido gobernante no está en la oposición, sino dentro de su propio bloque. Y la reforma electoral es la prueba más clara.
#ZonaLibre | Aliados chicos, problemas grandes
Morena insiste en hablar de unidad. Lo hace en comunicados, en conferencias y en actos públicos. Se habla de respaldo al proyecto de la presidenta Claudia Sheinbaum, de continuidad y de cohesión interna. Pero hay un tema que desapareció del discurso: la reforma electoral. No se menciona, no se defiende y no se agenda. En política, ese silencio no es casualidad: es síntoma de conflicto.
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La dirigencia de Morena, encabezada por Luisa María Alcalde, enfrenta una paradoja incómoda. Gobierna desde una posición de fuerza institucional, pero con menor control político real del que aparenta. La razón es simple: el Partido del Trabajo y el Partido Verde dejaron de ser comparsa.
Alberto Anaya lo entendió antes que nadie. El PT no busca hegemonía nacional; busca sobrevivir, crecer en territorios específicos y negociar con dureza. El Verde, bajo el liderazgo de Karen Castrejón, dio un paso más: se convirtió en un partido con poder regional propio, capaz de ganar estados, imponer condiciones y decidir cuándo acompaña y cuándo no.
Ahí es donde la reforma electoral se atora. Reducir plurinominales y recortar financiamiento puede ser popular en el discurso público, pero es una amenaza directa para los partidos medianos. Morena lo sabe. El PT y el Verde lo saben mejor. Por eso nadie quiere poner el tema sobre la mesa de manera frontal.
En el Congreso, operadores como Ricardo Monreal ya no están sumando votos para una reforma, sino administrando desacuerdos. La prioridad dejó de ser avanzar rápido y pasó a ser evitar una ruptura abierta. En el Senado, Manuel Velasco juega el papel de bisagra: aliado cuando conviene, autónomo cuando es necesario, siempre con la mira puesta en su propio capital político.
La reforma electoral no avanza porque no es una causa compartida. Es una iniciativa de Morena que sus aliados toleran solo hasta donde no afecta su supervivencia.
El fondo del asunto no es ideológico, es electoral. Todo apunta a 2027. El PT y el Verde ya hicieron cuentas y llegaron a una conclusión incómoda para Morena: hay estados donde pueden competir sin él. San Luis Potosí es el ejemplo más claro del Verde. Chiapas sigue siendo territorio donde su estructura pesa más que cualquier alianza. En Veracruz y algunas zonas del norte, el PT ha demostrado que puede jugar solo sin desaparecer.
Eso cambia por completo la relación. Cuando un aliado puede ganar sin ti, deja de aceptar reglas que lo debilitan.
De ahí se desprenden dos escenarios.
El primero es una alianza con freno de mano. Morena cede. La reforma electoral se congela, se fragmenta o se convierte en un ajuste menor, sin tocar el corazón del sistema. Se salvan plurinominales clave, se suavizan recortes y se vende el resultado como consenso. A cambio, PT y Verde mantienen la alianza rumbo a 2027, pero con márgenes claros: candidaturas propias en ciertos estados y poder real de veto. Morena conserva gobernabilidad, pero pierde control absoluto.
El segundo escenario es más silencioso y más peligroso: la ruptura funcional. No hay rompimiento formal, pero cada quien empieza a jugar su propio juego. PT y Verde compiten solos donde pueden, negocian voto por voto en el Congreso y condicionan cualquier reforma futura. La reforma electoral muere lentamente, no por rechazo abierto, sino por falta de voluntad. Morena sigue siendo el partido más grande, pero ya no tiene mayoría calificada ni disciplina automática.
En ese contexto, actores externos —Movimiento Ciudadano, liderazgos regionales, oposiciones locales— empiezan a crecer en los huecos que deja la fragmentación del bloque oficialista.
Entonces sí, la pregunta es inevitable: ¿se le hicieron gigantes los enanos a Morena?
La respuesta es sí. No por traición, sino por evolución. Morena permitió que sus aliados crecieran al amparo del poder y asumió que ese crecimiento no tendría consecuencias. Hoy, esos partidos conocen su valor y lo ejercen sin pudor.
El problema no es que el PT o el Verde se rebelen. El problema es que Morena sigue pensando como partido dominante dentro de una alianza que ya no es vertical.
La reforma electoral no es el conflicto. Es el síntoma. El verdadero fondo es que el control absoluto se terminó. Y cuando tus aliados dejan de repetir tus consignas y empiezan a calcular su futuro, el tablero cambia.
Morena sigue siendo fuerte. Pero ya no decide solo. Y en 2027, esa diferencia puede marcar el inicio de una nueva etapa: menos hegemonía, más negociación y más riesgos.
Y si alguien en Morena todavía cree que esto es solo un desacuerdo pasajero, conviene mirar el tablero con frialdad. La época en la que bastaba levantar el teléfono para alinear a los aliados se terminó. Hoy, el PT y el Verde ya no piden permiso: ponen precio, ponen condiciones y ponen plazos. La reforma electoral no avanza porque hacerlo implicaría aceptar una verdad incómoda: el poder ya no es monolítico y la obediencia ya no es automática. Morena puede insistir en el discurso de unidad todo lo que quiera, pero en política manda quien tiene votos, territorio y futuro propio. Y hoy, por primera vez en años, esos factores ya no están concentrados en un solo partido. El mensaje es claro: el gigante sigue en pie, pero ya no camina solo y ahora tiene que aprender a negociar con quienes antes solo lo seguían.
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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.