Desmantelar estructuras criminales es un objetivo estratégico correcto. Pero, desde una perspectiva institucional, constituye apenas el inicio del ciclo estatal frente a la delincuencia organizada. La verdadera prueba del Estado no se agota en la ejecución del operativo, sino en su capacidad para traducir esa acción en investigaciones sólidas, procesos penales técnicamente sostenibles y sentencias firmes que resistan litigios complejos. En términos estrictos de Estado de derecho, el éxito operativo sólo se consolida cuando se transforma en eficacia judicial.
La delincuencia organizada contemporánea opera como redes estructuradas con capacidades financieras, logísticas y territoriales sofisticadas, lo que inevitablemente deriva en macro-causas penales de alta complejidad. Estos procesos implican múltiples imputados, pruebas técnicas especializadas, cooperación interinstitucional, audiencias prolongadas y esquemas procesales exigentes. El reto institucional, por tanto, no radica únicamente en investigar o detener, sino en judicializar eficazmente sin que el sistema de justicia se vea rebasado por la carga procesal que estos casos generan.
En este punto surge el cuestionamiento sobre si la judicatura mexicana está preparada para enfrentar un incremento sostenido de litigios complejos en materia de delincuencia organizada. Los órganos jurisdiccionales federales, particularmente en materias penales de alto impacto, ya operan bajo cargas de trabajo significativas, exigencias procesales crecientes y limitaciones materiales que inciden directamente en los tiempos y la calidad de las resoluciones.
Si el Estado fortalece, como resulta deseable, su acción operativa contra estructuras criminales complejas, la presión institucional se trasladará inevitablemente al sistema judicial. Más detenciones, más imputaciones y más procesos técnicamente exigentes implican una demanda estructural mayor sobre jueces, personal jurisdiccional, peritos, defensores públicos y operadores del sistema penal. Sin una capacidad institucional acorde, habrá dilaciones procesales, saturación de tribunales o debilidades técnicas en procedimientos de alta complejidad que terminen afectando la eficacia final del combate jurídico a la delincuencia organizada.