Los legisladores electos mediante el principio de representación proporcional se han convertido en una moneda de cambio. Mantener los 32 que corresponden al Senado y los 200 a la Cámara de Diputados parece haber constituido un gran paso en las negociaciones para que el Partido Verde y el Partido del Trabajo apoyen la propuesta de reforma electoral de la presidenta Sheinbaum.
#Opidemia | Mononominales
Pero entonces surge el cuestionamiento sobre en qué medida resulta relevante o no para el oficialismo reducir la cuota plurinominal en el Congreso. Es decir, hasta hace unas semanas, parecía que este punto no era negociable, junto con la disminución presupuestal a los partidos políticos.
El punto es que son esos dos elementos, justamente, los que les han permitido sobrevivir a los dos partidos que hoy son aliados de Morena. Sin esa figura y sin la cantidad de recursos que se les destina, estas organizaciones políticas se encontrarían presentes, si acaso, en dispersadas versiones estatales, en tanto que no se les puede negar que cuentan con algunos bastiones muy localizados.
Es difícil evaluar las trayectorias de los legisladores plurinominales que en conjunto acumulan décadas en el Congreso. Es verdad que a la ciudadanía en general le genera molestia el escuchar que hay quienes han vivido del erario público por años sin haber enfrentado una votación directa en algún territorio del país.
Muchos nombres le abonan un gran desprestigio al principio de representación proporcional, especialmente líderes partidistas que, usando esa potestad, se han colocado en los primeros lugares de las listas, garantizando desde meses antes de la elección su lugar en el Congreso.
Pero también es cierto que, en otros casos, la figura permite garantizar la presencia de perfiles operativos indispensables para el desarrollo de las negociaciones políticas de alto nivel, así como también hace posible el anclaje de personajes que de otra manera quedarían olvidados por las agendas políticas y mediáticas. El Congreso como un reservorio de perfiles que esperan un mejor momento para continuar con sus aspiraciones políticas.
Quizá el problema no sea, por tanto, que personajes salten de una curul a un escaño y repitan el ciclo de una figura generosa; el cuestionamiento es si lo lograrían yendo a pedir el voto de la gente al territorio.
Ante la complejidad, conviene tener claridad sobre de dónde proviene el establecimiento de esta figura plurinominal, qué condiciones permitieron su configuración y cuál fue, en su momento, su significado.
“Promovemos mejores condiciones para el desarrollo del pluripartidismo, a fin de hacer más racional la contienda política (…) A través del principio de las mayorías se ha visto, sin embargo, que estas excluyen la gravitación, el peso e inclusive la voz de las minorías.
“La mayoría de los representantes tiene que corresponder a la mayoría de los electores, pero las minorías electorales deben tener una adecuada minoría de representantes. De esta manera se evita que la mayoría actúe como el todo”. Es parte de lo que se lee en la exposición de motivos de la icónica iniciativa de Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (conocida como la LOPPE), promulgada finalmente en 1977 y que legalizó partidos de izquierda y permitió, por primera vez, la integración de legisladores de minoría.
Resulta irónico que el discurso de José López Portillo, dictado en los estertores del sistema de partido hegemónico, suene hoy tan democrático.
No hay duda de que la figura del legislador de representación proporcional sufre hoy una falta de legitimidad y un generalizado desprestigio, pero parece ser más bien producto de una mala comprensión de sus alcances y de la perversión de su uso por parte de las dirigencias nacionales de los partidos, que se han apropiado de esos espacios.
Los plurinominales representan la posibilidad de que las minorías tengan presencia, estén representadas en el Congreso. Lo otro es privilegiar espacios con aspiraciones mononominales.
Quienes critican hoy el principio de representación proporcional tienen algo de razón; no se les puede descalificar. Pero el problema, en todo caso, al menos no el mayor, no está en disminuir o hasta eliminar esta vía de acceso a la toma de decisiones congresionales, sino en transformar el mecanismo para su disputa en la liza electoral. Cabría abrirse a las listas abiertas y cerrarse a las listas cerradas… no a la pluralidad.
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Nota del editor: Javier Rosiles Salas ( @Javier_Rosiles ) es politólogo. Doctor en Procesos Políticos. Profesor e investigador en la UCEMICH. Especialista en partidos políticos, elecciones y política gubernamental. Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.