Reconocer que el bombardeo estadounidense de Caracas y la captura de Nicolás Maduro fueron actos imperialistas debería ser un primer paso para analizarlos y entenderlos. Desafortunadamente, sin embargo, la mayoría de analistas y medios en México no ha utilizado el concepto de imperialismo para reflexionar sobre estos hechos.
Tenemos que hablar de imperialismo
Para las derechas y los liberales de América Latina, “imperialismo” es un término anacrónico con una carga ideológica fuerte e indeseable. Asocian este concepto con la izquierda latinoamericana del siglo XX, que denunciaba las intervenciones políticas y militares estadounidenses en países del Tercer Mundo durante la Guerra Fría. Por tanto, consideran que el antiimperialismo es una bandera de la “izquierda trasnochada” —vaya que les gusta utilizar esta etiqueta— que defiende a dictaduras como la cubana, la venezolana y la nicaragüense, y que es demasiado idealista como para entender que en el mundo hay jerarquías, y que Estados Unidos ocupa el primer nivel, mientras que América Latina está en el tercer o hasta cuarto escalafón.
No obstante, si queremos comprender la política exterior estadounidense hacia América Latina bajo la administración Trump, debemos recuperar el concepto de imperialismo.
Es cierto que el antiimperialismo ha sido una tradición de la izquierda. Por ejemplo, Lenin definió el imperialismo como la fase del capitalismo en la que los grandes monopolios, los bancos y los Estados de las potencias industrializadas expanden su dominio económico, político y militar sobre territorios periféricos para asegurar mercados, recursos y oportunidades de inversión. Asimismo, el intelectual peruano José Carlos Mariátegui argumentaba que el imperialismo es el proceso mediante el cual las potencias capitalistas organizan la economía mundial de forma jerárquica, subordinando a América Latina como región productora de materias primas y consumidora de manufacturas, bloqueando su desarrollo autónomo.
Sin embargo, pensadores y políticos de otras tradiciones intelectuales también han definido y criticado el imperialismo. Para los intelectuales estadounidenses agrupados en la Liga Antiimperialista (fundada a finales del siglo XIX), como Mark Twain y William James, el imperialismo era la práctica mediante la cual Estados Unidos extendía su dominación militar y política sobre otros pueblos, traicionando los principios republicanos y democráticos al imponer gobiernos y controlar territorios por la fuerza.
De modo similar, a principios del siglo XX, el liberal británico John A. Hobson denunció que el imperialismo es la política mediante la cual un pequeño grupo de intereses financieros y empresariales empuja al Estado a conquistar y controlar territorios en el extranjero, utilizando el poder militar y diplomático para proteger sus ganancias privadas, y orillando tanto a las sociedades del país conquistador como a las del territorio dominado a pagar los costos.
En otras palabras, a lo largo de la historia, figuras de distintas partes del espectro político y del mundo han reflexionado y denunciado el imperialismo no como una manera de promover el antiyanquismo y defender a gobiernos dictatoriales (basta recordar que las organizaciones trotskistas siempre denunciaron el imperialismo tanto de la Unión Soviética como de Estados Unidos), sino con la convicción genuina de que el imperialismo es un mecanismo para mantener un mundo integrado pero desigual.
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Desde esta perspectiva, el imperialismo es un vehículo para construir y asegurar la continuidad de un sistema internacional basado en la subordinación de algunas naciones para promover el crecimiento económico de otros países y, sobre todo, el enriquecimiento de sus élites. Por tanto, el corolario del imperialismo siempre es la violencia, la marginación y la desigualdad.
El imperialismo estadounidense nunca ha dejado de existir, pero sí ha cambiado de intensidad, coartadas, formas, sustentos ideológicos y objetivos. El gran cambio bajo la era Trump radica en que antes el imperialismo estadounidense se basaba, al mismo tiempo, en un proyecto universalista sobre la modernidad deseable para el mundo —democracia y libre mercado— y en la defensa de la hegemonía militar, política y económica de Estados Unidos en el orden global, mientras que ahora sólo se fundamenta en el segundo elemento y, sobre todo, en la consecución de ganancias económicas a corto plazo.
Como queda claro en la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump, esta consecución de ganancias económicas a corto plazo implica la subordinación de América Latina a las necesidades de Estados Unidos. Se trata de un proyecto explícito de integración desigual, en el que Latinoamérica (incluido México) debe cumplir el papel de dotar a Estados Unidos de materias primas, productos de bajo valor agregado e insumos industriales baratos, mientras que Washington exporta productos de alto valor agregado, tecnología, combustibles fósiles e infraestructura a la región. Al mismo tiempo, América Latina (de nuevo, incluido México) debe alejarse de China en términos económicos, políticos y de infraestructura, y privilegiar a proveedores estadounidenses (pese a que esto no siempre resulte conveniente).
Debemos leer la intervención estadounidense en Venezuela desde esta perspectiva, es decir, como un intento de forjar este nuevo orden hemisférico, en el que Washington busca activamente la integración desigual de América Latina y su subordinación a los intereses económicos de la Casa Blanca. Y no estoy especulando: las declaraciones de Donald Trump , Marco Rubio y Pete Hegseth luego del operativo militar dejaron perfectamente claras estas intenciones.
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Nota del editor: Jacques Coste es internacionalista, historiador, consultor político y autor del libro Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica (Instituto Mora y Tirant lo Blanch, 2022). Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.