En las últimas semanas de 2025, derivado de algunos procesos electorales en América Latina, se encendió entre el mundo de “analistas” en México una discusión, por demás estéril, sobre la oleada de la derecha en la región y sus implicaciones para México. Y más ahora con la captura de Maduro.
¿A México le impactan las dinámicas políticas de América Latina?
(Foto: X.)
Es curioso ver el nivel de superficialidad, o desinformación, con el que se ha visto este fenómeno desde nuestro país. Calificando de izquierdas o derechas a distintos gobiernos, sin tener claridad lo que esos conceptos significan, o incluso si siguen teniendo algún significado.
También es de llamar la atención, particularmente entre los opinadores más “críticos” de la 4T, la forma tan trivial en la que han celebrado estas victorias de supuesta derecha, sin mostrar algún entendimiento, ni del contexto de cada país ni de los personajes que están logrando esas victorias.
Por supuesto, ni hablar sobre la evidente falta de comprensión sobre las dinámicas políticas latinoamericanas, desde al menos mediados del siglo pasado, y especialmente del primer cuarto del siglo actual. Ni de las diferencias de México con esas dinámicas.
Urge en México estudiar un poco más si el país ha estado ajeno, en sintonía, a la vanguardia o a la retaguardia de las dinámicas de la región. Esto es clave para cualquier “vaticinio”, y no es tan difícil.
Durante la primera mitad del siglo XX, hubo gran inestabilidad social y política en la región. Era normal, después de los procesos independentistas del siglo previo, y los consecuentes retos para aglutinar y organizar sociedades bajo una realidad tan diferente.
México arrancó el siglo con la última parte de una dictadura, y el estallamiento de la primera gran revolución social del siglo, incluso antes de la rusa. Prácticamente el primer cuarto de siglo se fue en estos fenómenos, con una gran división y atomización de la sociedad.
En la etapa postrevolucionaria arrancó el sistema de partido hegemónico, que buscó (con éxito) aglutinar a los segmentos de la sociedad, construir un urgente sentido de identidad nacional, desarrollar la construcción institucional del país, y detonar actividad y crecimiento económicos.
Cabe recalcar que todo este proceso se dio sin que el partido hegemónico se inscribiera en una ideología específica, sino mediante agendas y causas plasmadas en los distintos gobiernos.
Durante esta etapa, gran parte de América Latina tomó un rumbo muy distinto, con constantes golpes de Estado, dictaduras militares, movimientos guerrilleros y populismos profundos.
Desde Centroamérica hasta la Patagonia, la región pasó por décadas de inestabilidad política, social y económica. A veces gobiernos conservadores, a veces liberales, y los populismos.
Desde el inicio de la era postrevolucionaria en nuestro país, el PRI gobernó mucho más cercano en lo social a lo que se llamaba izquierda; pragmático y ortodoxo en lo económico, con el desarrollo estabilizador.
Hacia los 70, el hegemón perdió el rumbo tanto en lo social como en lo económico, transitando en los 80 y 90 hacia una visión más moderna de la economía, aunque perdiendo por momentos la visión social. Acercándose más al abanico conservador. A partir del 2000, profundizamos en lo conservador.
Latinoamérica fue logrando estabilidad a partir de los 80, con momentos clave de democratización y avance en los 90. Aunque los rezagos de las dictaduras e inestabilidad han sido duraderos.
En los 2000, mientras México se movió a la derecha con la alternancia, en América Latina empezó una ola de izquierda, mucha de ella pseudo izquierda. Movimientos supuestamente sociales y reivindicadores en algunos casos. Y latigazos contra los resabios de las dictaduras en otros.
Hacia 2006, los caminos diferentes entre México y la región se hicieron mucho más evidentes. Con polos importantes reafirmando la tendencia izquierdista, mientras México profundizaba en la tendencia conservadurista.
Esto se mantuvo hacia 2012, con el regreso de un gobierno emanado del PRI, pero totalmente lejano a los principios y valores del partido, sobre todo en la parte social.
Entre 2012 y 2018, en Latinoamérica comenzó el deterioro de varios gobiernos de supuesta izquierda, con giros importantes hacia la derecha en algunos de ellos.
Mientras tanto, en México dejamos la senda conservadora en 2018 con el triunfo apabullante de AMLO, quien se auto erigió como catalizador de las luchas históricas de izquierda. Aunque claramente él no era hombre de izquierda, pero sí muchos de sus seguidores y acompañantes.
Al mismo tiempo, se fueron fortaleciendo gobiernos de extrema derecha en algunos países latinoamericanos, pero también empezaron a resurgir corrientes de izquierda en otros. Es decir, la región se fue mezclando más.
En México, se reafirmó de manera contundente la 4T con el triunfo electoral de 2024. Con una Presidenta mucho más cercana a la izquierda que su antecesor, aunque también con ciertos visos de centralización y autoritarismo.
Todo este recorrido viene a colación, porque el debate público en México sobre este tema está muy lejos de ser serio. Con el argumento fácil de que algunos gobiernos de la región están regresando a la derecha, varios quieren hacer creer que esta oleada le llegará a México.
La historia de la región muestra que nunca hemos tenido las mismas dinámicas políticas del resto de la región. No suele ser lo que pase en la región lo que guíe las dinámicas de México. Y en muchos momentos, sí fue desde México que se influyó políticamente en algunos países vecinos.
Pero más allá de la parte histórica, lo que más falta en la discusión en México es un análisis serio de eso que con facilidad se llama derecha o izquierda, del fenómeno populista, y de si los personajes que están detentando el poder, del signo que sean, son los que necesita la región.
Y ya soñando, ojalá algún día entremos en el análisis sobre si los conceptos de izquierda o derecha siguen significando algo. La realidad parece indicar que las ideologías que cada vez importan menos. Ya lo discutiremos más adelante en este espacio.
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