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La reforma electoral que nadie pidió

El gobierno escucha al pueblo. Lástima que el pueblo pida seguridad y le den discursos.
mar 17 marzo 2026 06:04 AM
vehículo tras ser incendiado en Puerto Vallarta luego de la captura del Mencho
El 60.7% de la población mexicana considera la inseguridad como el problema más importante que le aqueja, y casi tres de cada cuatro mexicanos se sienten inseguros en su entorno cotidiano, apunta Alberto Guerrero Baena. (ALFREDO ESTRELLA/AFP)

El ruido electoral y el silencio policial

La semana pasada, la Cámara de Diputados rechazó la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum. El jueves, la mandataria anunció un "Plan B". Posteriormente, el debate político seguirá girando alrededor de diputados plurinominales, presupuestos del INE y fórmulas de representación proporcional.

Mientras tanto, en algún municipio del país —en Guerrero, en Zacatecas, en Guanajuato— un policía mal pagado, peor entrenado y sin contrato estable decide si sale a patrullar o negocia su turno con quien mejor le pague.

Según el Inegi, México cuenta con apenas 290,000 policías en total, con una tasa nacional de un elemento por cada mil habitantes que en varios estados cae hasta 0.3.

No es una estadística abstracta: es la radiografía de un Estado que abandonó a sus primeros respondientes mientras debatía el costo por legislador en Michoacán, que por cierto son muy caros.

La reforma electoral de Sheinbaum no es un crimen político.

Algunos de sus objetivos son técnicamente legítimos.

El problema no es su contenido; es su momento y, sobre todo, lo que desplaza: la urgencia de reformar el sistema policial mexicano, una deuda histórica que ningún gobierno —de la Transformación ni de los anteriores— ha tenido el coraje de saldar.

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Un sistema construido sobre arena

La Ley General del Sistema Nacional de Seguridad Pública establece en papel un andamiaje sofisticado: carrera policial, desarrollo profesional, evaluaciones de control de confianza, coordinación tripartita.

En la práctica, ese edificio es una fachada.

La verdad incómoda es ésta: no podemos esperar que la policía sea el primer dique contra el crimen cuando sus propios integrantes están condenados a la pobreza patrimonial. El 69.1% de los elementos de policías locales en México percibe un salario menor al mínimo recomendado por el propio gobierno federal —16,688 pesos netos mensuales— y apenas entre el 19% y el 52% cuenta con acceso a seguridad social efectiva. El 2.2% trabaja literalmente sin paga.

Estas no son anomalías: son la norma.

El problema arranca en el reclutamiento. Los municipios más pequeños —que son la mayoría— carecen de procesos estandarizados de selección. Contratan a quien llega, con prefiltros mínimos, sin evaluaciones psicométricas rigurosas ni verificaciones de antecedentes reales.

El resultado es previsible: corporaciones porosas, permeables a la cooptación criminal desde el primer día de servicio. Las industrias criminales, como ha documentado la propia academia, tienen una capacidad muy efectiva de atraer talento joven precisamente porque el Estado no ofrece incentivos competitivos.

Mientras los municipios no puedan financiar condiciones laborales dignas, el crimen organizado seguirá ganando el proceso de selección de recursos humanos.

La precariedad como política de Estado

La inestabilidad laboral no es un accidente del sistema: es su lógica constitutiva.

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Un policía que puede ser removido sin causa justificada, que no tiene seguro médico real ni pensión digna, que gana entre 5,000 y 15,000 pesos al mes —cifra que el Inegi registra para el 57% de los elementos municipales—, no es un servidor público: es un rehén de sus propias condiciones de vida.

Solo 3 de cada 10 policías municipales cuentan con asesoría jurídica cuando son denunciados en el ejercicio de sus funciones. Solo uno de cada 10 puede aspirar a un crédito de vivienda.

La consecuencia directa es brutal: entre 2012 y 2025, han sido asesinados 4,099 elementos policiales en el país, y de ellos 1,719 eran municipales. En lo que va de 2026, ya contamos más de 100.

A esto se suma la fractura entre policías y fiscalías.

El vínculo operativo cotidiano entre los policías que patrullan y los agentes del Ministerio Público que investigan sigue siendo anecdótico, informal, dependiente de relaciones personales. No existe un protocolo nacional homologado que defina con claridad qué hace cada quien, cuándo y cómo se transfiere la cadena de custodia.

Las carpetas de investigación se pierden en esa grieta.

El uniforme equivocado: soldados en lugar de policías

Hay un problema aún más profundo, estructural, que este gobierno —como los anteriores— se niega a nombrar con claridad: México no tiene policía civil.

Tiene un ejército disfrazado de corporación de seguridad. La Guardia Nacional, creada en 2019 con promesa constitucional de mando civil, fue transferida a la Secretaría de la Defensa Nacional en 2024, convirtiéndose formalmente en la cuarta fuerza armada del país.

México es hoy el único Estado de América Latina que carece por completo de una institución policial civil con presencia nacional. La Estrategia Nacional de Seguridad Pública 2024-2030 lo reconoce casi con orgullo: la Guardia Nacional continuará adscrita a la Sedena con "doctrina policial civil", oxímoron que delata la confusión de fondo.

La militarización no pacifica: criminaliza la relación entre el Estado y la ciudadanía.

Un soldado está entrenado para vencer a un enemigo en un campo de batalla. Un policía civil está formado para proteger a una comunidad con el menor uso posible de la fuerza, construyendo confianza, resolviendo conflictos antes de que escalen, respondiendo con proporcionalidad.

Esas son lógicas incompatibles.

Entre 2020 y 2022 se presentaron más de 1,100 quejas ante la CNDH contra la Guardia Nacional por desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y tortura. La militarización de la seguridad pública en México no ha reducido la violencia; la ha trasladado, la ha profundizado y, sobre todo, la ha blindado de rendición de cuentas.

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Lo que sí puede hacerse: una agenda posible

No se trata de pedir lo imposible. La reforma policial que México necesita tiene contornos claros:

Primero, una Ley General del Servicio Policial Municipal que unifique derechos laborales mínimos —salario digno, seguro médico, vivienda, retiro— y establezca procedimientos homologados de remoción con garantía de audiencia.

Segundo, un Fondo Federal de Dignificación Policial con recursos etiquetados y vinculado a resultados verificables. Los municipios no tienen la capacidad recaudatoria suficiente: en promedio, el 72% de sus ingresos proviene de transferencias federales y estatales. Sin financiamiento tripartito estructurado, la dignificación policial queda reducida a los municipios con alcaldes ambiciosos y presupuestos holgados. Monterrey ha mostrado que es posible: un incremento del 30% en sueldos operativos, incorporación al Infonavit y becas para hijos de policías son logros concretos y replicables. El problema es que hoy son la excepción, no la regla.

Tercero, un sistema nacional de educación policial continua con currículum obligatorio y actualización permanente. No solo para reclutas: para los 290 mil efectivos en activo. La formación debe orientarse a la doctrina policial civil genuina —proximidad comunitaria, uso proporcional de la fuerza, derechos humanos— y no al mimetismo castrense que hoy domina gran parte de las academias.

Cuarto, un marco jurídico-operativo que defina con precisión los roles de policías y fiscalías en cada etapa de la investigación, con protocolos nacionales de cadena de custodia.

Quinto, prefiltros de reclutamiento estandarizados y exámenes de control de confianza con consecuencias reales, aplicados con regularidad; y estructuras orgánicas municipales mínimas que incluyan áreas de asuntos internos y enlace con la fiscalía en todo municipio con más de veinte mil habitantes.

Sexto, y más urgente: una ruta constitucional y legislativa hacia la reconstrucción de una policía civil nacional. La Guardia Nacional puede convivir con las fuerzas armadas en tareas excepcionales; lo que no puede seguir siendo es la única opción.

Las prioridades que revelan un proyecto

El 60.7% de la población mexicana considera la inseguridad como el problema más importante que le aqueja, y casi tres de cada cuatro mexicanos se sienten inseguros en su entorno cotidiano.

Ese dato no pide una reforma electoral. Pide policías civiles, capaces, honestos, bien pagados y con herramientas para hacer su trabajo.

La insistencia del gobierno en la reforma electoral —con Plan A, Plan B y los planes que vengan— no es irracional desde la lógica del poder: define quién y cómo se elige, ajusta las reglas del juego para el ciclo 2027-2030.

La reforma policial, en cambio, tiene un beneficiario difuso, anónimo, cotidiano: el ciudadano que cruza una calle de madrugada, el comerciante que paga extorsión porque no hay nadie a quien llamar, la víctima cuya denuncia se extravía entre la policía y la fiscalía sin que nadie asuma responsabilidad.

Hay reformas que se hacen para gobernar mejor. Y hay reformas que se hacen para gobernar más. México lleva demasiados años construyendo cuarteles donde debería estar construyendo academias. El costo de esa elección no lo pagan los diputados plurinominales. Lo paga, en sangre y en miedo, la gente.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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