Segundo: los planes de intervención deben incluir una cláusula de reconstrucción institucional con metas verificables: depuración y certificación de policías locales, fortalecimiento de fiscalías estatales con recursos federales condicionados a resultados, y mecanismos de rendición de cuentas con auditoría ciudadana independiente. El SESNSP debería contar con una unidad técnica autónoma que evalúe trimestralmente el avance, con facultad para alertar al Congreso cuando los indicadores retroceden.
Tercero: cualquier intervención de largo aliento requiere una estrategia de política social focalizada que compita con la economía criminal en los territorios de mayor reclutamiento. No como sustituto de la acción policial, sino como condición de su sostenibilidad. La intervención que sólo desarma sin ofrecer alternativas económicas produce vacíos que el crimen vuelve a llenar.
Cuarto: el blindaje jurídico es indispensable. Los planes deben tener sustento en acuerdos formales entre los poderes ejecutivos federal y estatal, con supervisión del Poder Legislativo local, para evitar que sean instrumentalizados políticamente. La historia reciente de México acumula suficientes ejemplos de «seguridad» usada como palanca electoral.
Intervenir con rigor o seguir gestionando el caos
México no tiene un problema de falta de diagnósticos: tiene un déficit crónico de voluntad política para ejecutar intervenciones con la profundidad, la duración y la auditoría que la crisis exige.
Guanajuato, Zacatecas, Guerrero y Colima no son excepciones anómalas: son el producto previsible de décadas de instituciones débiles, economías criminales florecientes y respuestas del Estado que priorizan la imagen sobre la transformación.
Michoacán sigue siendo el espejo que México no quiere ver con honestidad. Lo que ahí fracasó no fueron los operativos en sí: fue la ausencia de una arquitectura de intervención que incluyera diagnóstico económico, reconstrucción institucional verificable, política social articulada y blindaje jurídico contra la politización. Replicar los mismos instrumentos en nuevos territorios no es una política de seguridad: es una costosa e irresponsable liturgia del Estado.
El país necesita planes de intervención que merezcan el nombre. No como declaración de guerra, sino como actos de gobierno: técnicos, medibles, auditados y diseñados para que el Estado, una vez que entra, no necesite salir porque ha construido las condiciones para que las instituciones locales puedan sostenerse. Eso no es utopía: es simplemente la diferencia entre gobernar y simular que se gobierna.
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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.