No se vale que dijeran que no aumentarían la deuda y que, en apenas ocho años, la hayan duplicado: lo que el país acumuló en más de dos siglos, unos 10 billones de pesos, hoy supera los 20 billones.
No se vale que prometieran respetar la división de poderes y la autonomía judicial, y que luego atacaran a sus integrantes al grito de que no les vinieran “con que la ley es la ley”.
No se vale que, como represalia contra ministros, magistrados y jueces que se atrevieron a frenar sus abusos, hayan demolido al Poder Judicial con un proceso electoral viciado e inducido.
No se vale que quienes nacieron enarbolando la transparencia hayan usado su mayoría para eliminar el INAI y dejar en su lugar una oficina de gobierno dedicada a negar información a los ciudadanos.
No se vale que hayan cooptado organismos como la CNDH, que hoy blinda a los funcionarios en vez de proteger a la población.
No se vale que, habiendo llegado al poder por las urnas, busquen controlar a los órganos y tribunales electorales para impedir nuevas alternancias.
No se vale que, en lugar de proteger a la nación, hayan tolerado vínculos con la delincuencia organizada para impulsar sus aspiraciones electorales y repartir negocios.
Lo que pudo ser un verdadero cambio terminó en un desmantelamiento que, por su consistencia, difícilmente es casual. Pero el reproche no es solo para ellos. También nos toca a nosotros.
No se vale que falte entusiasmo para detener la destrucción del país.
No se vale que nos resignemos, como si el destino estuviera escrito.
No se vale la pasividad de tantos actores sociales, empresarios incluidos, ni la de los millones que no salieron a votar en 2024.
No se vale olvidar que Morena llegó en 2018 montada en el hartazgo por los abusos del pasado, aunque nunca ofreció un proyecto real, sino frases pegajosas sin planeación seria.
No se vale que los jóvenes, a quienes más tiempo les tocará padecer las consecuencias, estén entre los sectores menos participativos.
No se vale ignorar que estamos ante una captura gradual y sistemática de las instituciones, ni que ya se mire con simpatía el ejemplo nicaragüense, donde las elecciones dejan de importar porque amenazan al régimen.
No se vale pasar por alto que, sin resultados que presumir, Morena se juega su capital político con el discurso de la soberanía nacional: la señal más clara de que ya no tiene con qué defender su gestión.
No se vale que la oposición anteponga sus intereses particulares a la urgencia de unirse y coordinarse para propinar derrotas emblemáticas.
No se vale que dudemos de que es posible, por la fuerza del voto, quitarle a Morena el control de la Cámara de Diputados, de muchas de las 17 gubernaturas en juego, de varios congresos locales y de miles de municipios que merecen mejores gobiernos.
No se vale que perdamos de vista que el 6 de junio de 2027 puede ser la última oportunidad de esta generación para decidir su futuro en elecciones en las que los votos los contemos los ciudadanos.
No se vale quedarnos en casa: hagamos un pacto para promover el voto, vigilar casillas, ser representantes de partido, contar cada voto y defender los resultados.
Nuestro país nos necesita como nunca para detener la hemorragia democrática. Lo que de verdad no se vale es rendirnos antes de votar.