En particular, el populismo no solo promete: pretende reemplazar lo verificable por lo emocional. Y por eso conviene distinguir, sin ambigüedades, entre lo dicho y lo hecho. Si el país quiere entender la ruta real del gobierno en turno, no debe empezar por el slogan: debe empezar por la evidencia.
Así estamos: viendo en tiempo real cómo se cae el telón de los engaños y aparece el rostro del autoritarismo. Uno de los ejes discursivos era sostenerse en “no robar, no mentir, no traicionar”. La pregunta es directa: ¿qué muestran los hechos?
Lo que se observa con insistencia es un deterioro institucional acompañado de conductas y decisiones que contradicen el supuesto compromiso moral. El resultado es el mismo, aunque cambien los pretextos: desconfianza, desgaste y una sensación creciente de que el poder no se somete a reglas, sino que se impone.
1) La prioridad verdadera: el incumplimiento se vuelve sistema:
No basta con que existan programas sociales con sustento constitucional. No se trata de negar apoyos: se trata de preguntarse por qué, mientras se sostienen mecanismos legales, se deteriora el resto de la arquitectura que permite que el país avance.
Cuando un proyecto político gobierna con improvisación, se premia la opacidad y se normaliza la falta de rendición de cuentas, el país pierde algo más que dinero: pierde credibilidad. Y sin credibilidad, no hay ruta. No hay inversión. No hay certeza.
En los últimos años, además, el patrón más grave se ha ido consolidando: la normalización de pactos y vínculos con la delincuencia organizada. Ese costo no se nota de inmediato como una cuenta bancaria; se paga con seguridad, con justicia y con el espacio real del Estado para proteger. Y cuando se cedan libertades a quienes hacen el mal, el territorio deja de ser de la nación y pasa a ser de quienes operan sin freno.
2) Seguridad y justicia: el precio del acuerdo:
Al meterse a la lógica de pactos que favorecen la supervivencia política, se deja de lado lo que el país necesita. La paz, la seguridad y la justicia pasan a segundo plano. Y con ello se rompe la idea elemental de que el gobierno protege, investiga y sanciona.
Lo más delicado es que esta ruta implica renuncias: se cede margen de operación, se debilitan capacidades institucionales y se genera un ambiente en el que el crimen puede expandirse sin consecuencias proporcionales. Y hoy, además, el tema trasciende fronteras. Desde Estados Unidos se han levantado señalamientos institucionales sobre presuntas complicidades vinculadas con Sinaloa; la gravedad del señalamiento no es decorado político: es un asunto de política criminal y de responsabilidad.
3) Economía sin rumbo: la narrativa ya no alcanza:
La retórica también se agota ante una economía sin dirección. México no tiene viabilidad en sus finanzas públicas bajo la ruta actual. En ocho años se han erosionado bases que antes sostenían el rumbo: disciplina, estabilidad institucional, credibilidad y capacidad de ejecución.
Se sustituyen contrapesos por caprichos: se debilitan instituciones, se alteran reglas, se actúa con preferencia por decisiones concentradas y se resiente la arquitectura constitucional. El resultado es una ruta perdedora: se elimina la confianza necesaria para el crecimiento.
Para aterrizarlo, bastan algunos indicadores de referencia:
· México estaría por encima de ~55% del PIB en deuda acumulada; el umbral típico de ~60% suele asociarse a mayor riesgo para el desempeño crediticio.
· Se mantiene una presión estructural con más de 60% de informalidad, mientras crece —o no disminuye— la demanda de servicios públicos.
· Y con esa combinación, el margen fiscal se vuelve frágil: cualquier choque puede acelerar una crisis.