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Las desapariciones duelen

Hemos llegado a niveles de conformidad alarmantes: las marchas, las protestas y los hallazgos en fosas clandestinas ya no sacuden a la opinión pública con la fuerza que deberían.
Marcha Madres Buscadoras
Con fotografías, pancartas y fichas de búsqueda, este Día de las Madres las manifestantes marcharon del Monumento a la Madre hacia el Ángel de la Independencia bajo la consigna “ni un día más sin ellos” en la Ciudad de México. (Foto: Camila Ayala Benabib / Cuartoscuro.com)

Las madres buscadoras salen cada mañana a remover tierra. El gobierno las ignora. Eso no es una omisión: es una política. Más de 115,000 personas están registradas como desaparecidas en México, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. El número crece. La indignación, en cambio, se ha normalizado. Hemos llegado a niveles de conformidad alarmantes: las marchas, las protestas y los hallazgos en fosas clandestinas ya no sacuden a la opinión pública con la fuerza que deberían. La burla oficial es ofensiva e inhumana. La miseria institucional, intolerable. Las autoridades, dormidas.

Las marchas de las madres buscadoras ya no generan el impacto mediático necesario. No es casualidad. El gobierno federal —y la mayoría de los gobiernos estatales— ha convertido su incomodidad ante el tema en estrategia: generar distractores, agotar la cobertura periodística y, sobre todo, evitar ir a las causas de fondo. La pregunta que nadie en el poder quiere responder es cómo se ha permitido y promovido que el homicidio y la sustracción de seres humanos se hayan convertido en una calamidad sin respuesta institucional creíble.

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Aunque el problema tiene décadas de existencia, es a partir del arribo de Morena en 2018 cuando el número de desaparecidos comienza a crecer de forma exponencial. En 2017 se registraban cerca de 7,000 nuevas desapariciones anuales; en 2022 esa cifra superó las 15,000. La estrategia de "abrazos, no balazos" fue la señal inequívoca: la delincuencia entendió que podía hacer lo que se le pegara la gana, con impunidad garantizada. Las instituciones de seguridad y justicia se hicieron a un lado. Las bandas ampliaron su territorio sin temor a persecución ni sanción. Una fórmula perdedora por donde se vea. La población expuesta como carne de cañón.

Todos estos hechos demuestran que el desprecio por la vida forma parte del ADN de Morena. Solo así se entiende el saldo de sus dos presidentes desde 2018: niños con cáncer sin medicamentos ni tratamiento, personal médico sin insumos, hospitales sin medicinas ni alimentos, un récord histórico de homicidios y una escalada imparable de desapariciones. Para evidenciar el grado de cinismo: en todos esos años, ninguno de los dos presidentes tuvo el gesto mínimo de reunirse con las madres buscadoras. El argumento esgrimido fue proteger la investidura presidencial. Vaya forma más despreciable de abandonar a las víctimas.

Las desapariciones no se limitaron a personas. En el sector salud también desaparecieron las vacunas, los medicamentos y los insumos hospitalarios. México era, hasta 2018, referente mundial en programas de vacunación y disponibilidad de medicinas. Bajo la excusa de combatir la corrupción y ahorrar recursos, Morena logró lo contrario: millones de personas dejaron de ser inoculadas, y con ello resurgieron enfermedades que ya habían sido erradicadas, como el sarampión y la poliomielitis. Se destruyó el sistema de compra de medicamentos, se adquirió una mega-farmacia que no funcionó, y se hicieron anuncios grandiosos que no cambiaron la realidad: hoy no hay medicamentos ni insumos en los hospitales públicos. El resultado es una privatización de facto: la gente acude a farmacias privadas porque en el sector público no hay nada.

También desaparecieron las fuerzas armadas como institución de seguridad nacional. Al convertirlas en operadoras de obra pública y en gestoras de tareas ajenas a su mandato constitucional, Morena eliminó su función primaria en defensa y seguridad. Las Fuerzas Armadas asumieron responsabilidades de seguridad pública para las que no estaban diseñadas. El resultado es un desastre operativo y un incremento exponencial de casos de corrupción entre sus propias filas.

La desaparición se amplió a derechos e instituciones, con la extinción de los organismos constitucionales autónomos. INAI: desapareció la transparencia y el acceso a la información pública. IFT: desapareció la autonomía en materia de telecomunicaciones. COFECE: desapareció la independencia en competencia económica. Estas entidades se convirtieron en apéndices del gobierno federal: la toma de decisiones técnicas quedó centralizada y al servicio del gobierno en turno, no de la nación. Una pérdida neta para la calidad de la administración pública y para los derechos de todos.

La destrucción judicial es otro capítulo de desapariciones. Desapareció la independencia de la judicatura. Desapareció la carrera judicial. Con ellas, desapareció el principal contrapeso al poder ejecutivo. Ministros, magistrados y jueces se convirtieron, en su gran mayoría, en comparsa y sello de impunidad de los funcionarios administrativos. La revisión de la constitucionalidad y legalidad de los actos de autoridad —columna vertebral de cualquier Estado de derecho— quedó debilitada. La ciudadanía ha quedado en indefensión absoluta.

El escudo de los programas sociales ya no alcanza para ocultar la realidad. Morena apostó a una estrategia simple: repartir efectivo a cambio de no ser cuestionada en el ejercicio del poder. En los hechos, se abocó a desaparecer libertades e instituciones con la misma falta de empatía con la que ha tratado la tragedia de las desapariciones humanas. Extinguió los contrapesos. Eliminó los obstáculos al abuso del poder. Pero la fórmula no funciona: el dinero en efectivo no sana las heridas que deja un gobierno miserable, insensato y arbitrario.

La irresponsabilidad de Morena abarca muchos rubros: el uso faccioso de recursos públicos, el endeudamiento exponencial y —lo más grave— la vinculación visible con la delincuencia organizada. Ese último factor es el que más duele, porque implica una alianza deliberada con los responsables directos de las desapariciones. Vendieron al país por sus aspiraciones de poder. Se aliaron con quienes desaparecen personas. Su responsabilidad no es solo política: es criminal. La aquiescencia que mencionamos al inicio no fue pasiva. Fue un pacto.

El tema central es la responsabilidad. Si Morena y sus líderes se han dedicado a destruir todo lo que encontraron, no pueden negar su autoría. Alegar que todo lo anterior era malo no alcanza para validar una agenda cuya meta real fue concentrar poder y perpetuarse, sin que el electorado pudiera expresar una opinión distinta. El ejercicio no es sostenible. Al caerse el telón quedan claras las verdaderas intenciones y la necesidad urgente de detener esta hemorragia. La población sufre vejaciones como nunca antes. Las desapariciones son la huella más visible de una destrucción irracional y sistemática. La única salida es la que siempre ha existido: la participación ciudadana masiva y decidida.

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El eterno recurso al pasado como excusa para los no-resultados es la fórmula para lavarse las manos de toda su crueldad, incompetencia y avaricia. Convencidos de que la población tolera abusos sin límite, modificaron las reglas del juego político y jurídico mediante reformas constitucionales que una fuerza sobrerepresentada no tenía legitimidad para imponer en solitario. Esas reformas no perseguían el interés nacional: perseguían blindar el poder del grupo en turno. De combatir en serio la violencia, los homicidios y las desapariciones, nada.

No podemos seguir en la deshumanización. La expectativa de tener un mejor país no puede ni debe desaparecer. Morena pretende encasillarnos en su modelo de abuso y arbitrariedad. Pero la destrucción no es un fenómeno imparable ni permanente. Somos nosotros los responsables de recuperar la noción de lo que significa mejorar al país. No queremos volver al pasado, pero tampoco podemos conformarnos con la trayectoria evidente hacia una debacle nacional. Las desapariciones son apenas la punta de un iceberg nocivo hasta la médula. Morena es sinónimo de una calamidad, y contra las calamidades existe una sola solución eficaz: la inoculación ciudadana. La participación plena y decidida.

No seamos cómplices de la ruta perdedora. El panorama es claro: Morena no ha resuelto nada de lo que prometió y ha agravado absolutamente todo lo que ha tocado. La llegada de nuevas fuerzas políticas al escenario electoral es una señal alentadora: la oposición tiene opciones para enfrentar de manera ordenada la descomunal concentración de poder que Morena construyó con abusos, gasto descontrolado y trampas. Pero las opciones no bastan por sí solas. La posibilidad de cambio real está en las urnas, el 6 de junio de 2027, y pasa por la participación de quienes hasta ahora se han abstenido. De no actuar en forma consistente y masiva, los siguientes en desaparecer seremos nosotros mismos. Así de grave. Así de urgente. No lo podemos permitir si no queremos que el efecto de erradicación lo hereden nuestros hijos y nietos, y potencialmente muchas generaciones más de mexicanos a merced de los verdugos guinda. Hay que reemplazarlos. Ya.

P.D.1. La llegada a la esfera política nacional de Somos México como nuevo partido político es una bocanada de aire fresco para el diseño electoral. Es solamente con nuevas ofertas y reglas que se logrará que la oposición al régimen encuentre las salidas ordenadas a la descomunal concentración de poder que Morena propició con abusos, gastos y trampas.

P.D.2. La Presidenta Sheinbaum sigue jugando con fuego en la relación con EUA. Pide comprensión ante la negociación del TMEC, pero se resiste a combatir frontalmente a la delincuencia organizada purgando las filas de Morena de personas vinculadas evidente y formalmente. Ese juego de pasividad y demoras no podrá durar mucho tiempo más.

P.D.3. El Mundial ofrece un distractor natural de los grandes problemas nacionales y lo saben en Morena. Pero en unas semanas eso terminará y ya no será posible ocultarlos mucho tiempo más. Además, al haberse concluido el problema principal de EUA en Irán, el foco hacia México del gobierno de EUA se siente ya con fuerza.

P.D.4. México ha tenido una digna participación en el Mundial. Sin embargo, no es posible aspirar a una prevalencia entre las mejores del globo si no se tienen procesos de largo plazo, si no se privilegian los apoyos desde la infancia, si no hay escuelas de desarrollo de talento, si no se privilegia el mérito personal, etc. Lo que pasa en el futbol es lo mismo que lo que pasa en el país, las aspiraciones de llegar lejos existen, pero no es posible si no se opta por una preparación solvente y una participación permanente de los aspirantes a ser jugadores profesionales. No hay obras mágicas o resultados espontáneos. Nada es posible sin disciplina, perseverancia y esfuerzo.

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Notas del editor: Juan Francisco Torres Landa es miembro del Consejo Directivo de UNE México y de la red de Unid@s. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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