En total, 1,287 policías con facultades sancionadoras; 284 más que antes. Casi un tercio de refuerzo de golpe, anunciado con banderazo y fotografías oficiales. Lo que no se anunció con el mismo entusiasmo es lo que esta medida revela sobre el estado real de la institucionalidad vial en la Ciudad de México.
Del banco al volante, ¿quiénes son estos agentes?
Conviene ser precisos sobre quiénes son estas corporaciones, porque el debate no puede darse en abstracto.
La Policía Bancaria e Industrial nació en 1941 para una misión muy específica: custodiar bienes, valores e instalaciones bancarias. Su doctrina es la vigilancia estática, la protección perimetral, la custodia de personas en entornos controlados. La Policía Auxiliar opera bajo una lógica similar.
Ninguna de las dos fue diseñada, entrenada ni estructurada para la gestión dinámica del espacio vial: leer flujos de tráfico, aplicar criterios de interpretación normativa en campo, manejar conductores hostiles o emitir actos administrativos con validez jurídica plena. Habilitarlas para hacerlo con 80 horas de formación —aunque la capacitación fue impartida con apoyo de Bloomberg Philanthropies— no cierra esa brecha estructural.
La cierra en el papel, no en la calle.
Ochenta horas para lo que tarda años en aprenderse
La SSC argumenta que los elementos fueron seleccionados, capacitados y evaluados. Es verdad.
También es verdad que un curso de 80 horas, por riguroso que sea, no alcanza para dominar el Reglamento de Tránsito de la CDMX en su complejidad real, construir criterio jurídico de interpretación en campo, manejar tecnología de infracción electrónica sin errores que invaliden la boleta, ni gestionar situaciones de conflicto con conductores sin escalar innecesariamente.
La diferencia entre reconocer una norma y aplicarla correctamente en un contexto adverso, con un ciudadano que la discute frente a una cámara de celular, es exactamente la diferencia entre una formación acelerada y una carrera policial especializada. Las boletas mal emitidas por errores de procedimiento son actos administrativos impugnables.
Si este programa se consolida, los juzgados cívicos capitalinos podrían recibir una avalancha de recursos de inconformidad perfectamente fundados.