"Solo es el comienzo": las palabras que importan
El 12 de mayo de 2026, Cole compareció ante el Subcomité de Apropiaciones del Senado estadounidense. Días antes, el Departamento de Justicia había desenlazado el indictment contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y nueve funcionarios más, acusándolos de coludirse con los Chapitos para distribuir "cantidades masivas de drogas" hacia Estados Unidos. Ante la pregunta de un senador, Cole respondió con una frase que debería estar en el escritorio de todo analista político en México: "Puedo asegurarle que esto es solo el comienzo de lo que está por venir."
No es hipérbole. Es una señalización estratégica. El modelo jurídico de Rocha Moya ya existe: un gobernador en funciones puede ser acusado formalmente por el DOJ.
El umbral fue superado. Lo que resta es saber sobre qué nivel de la clase política mexicana se aplicará a continuación.
Una arquitectura, no un arrebato
Sería un error interpretar las declaraciones de Cole como exabruptos de una administración impulsiva.
Forman parte de una arquitectura coherente: la Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026, publicada por la Casa Blanca, contempla explícitamente el desmantelamiento de laboratorios clandestinos de fentanilo en México; la designación terrorista a CDS y CJNG amplió el umbral jurídico para acciones extraterritoriales; en diciembre de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva que declara al fentanilo ilícito como arma de destrucción masiva. Y los mensajes del gabinete no dejan margen a la ambigüedad: Pete Hegseth anunció que van "a la guerra contra los cárteles"; JD Vance se reservó el derecho a acciones militares; Marco Rubio advirtió que los cárteles podrían usar drones contra intereses estadounidenses.
Todo esto ocurre mientras México perfecciona una narrativa de soberanía que, legítima en el derecho, resulta cada vez más costosa en los hechos.
México, entre la retórica y el modelo binacional
La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido consistente: no habrá intervención en suelo mexicano, no se aceptarán operativos unilaterales, la soberanía no es negociable.
La postura es jurídicamente correcta. El problema es que el modelo que ya opera no requiere intervención formal: requiere inteligencia compartida, un objetivo localizado y fuerzas mexicanas que ejecuten. Tapalpa fue exactamente eso.
México está atrapado en una contradicción operativa: coopera en los hechos y protesta en el micrófono. Esa brecha entre discurso y práctica es, en sí misma, una vulnerabilidad política de primer orden.
Mientras la Cancillería exige pruebas sobre Rocha Moya que Washington dice tener, la DEA avanza sobre la cadena completa —facilitadores, lavadores, distribuidores— sin pedir permiso para investigar.