García Harfuch está rebasado.
No por sus capacidades, sino por el peso de una narrativa gubernamental que antepone la protección de aliados políticos a la construcción de una arquitectura de seguridad que México urgentemente necesita.
Su credibilidad ante los interlocutores estadounidenses —DEA, FBI, NORTHCOM— se erosiona cada vez que el gobierno emite un comunicado que contradice lo que la evidencia binacional ya tiene documentado.
El T-MEC en el banquillo de los acusados
La dimensión comercial de este desastre político no puede subestimarse.
El Tratado México-Estados Unidos-Canadá se renegocia en un contexto de presión arancelaria, desconfianza institucional y señalamientos directos del Congreso estadounidense hacia funcionarios mexicanos vinculados al crimen organizado.
Cada declaración soberanista que protege a un gobernador señalado es, en términos reales, una palanca que los sectores más duros del Senado norteamericano utilizan para justificar medidas punitivas que golpearán exportaciones, inversión y empleo en México.
No se está jugando con la soberanía.
Se está apostando el sustento de millones de mexicanos para proteger a unos cuantos.
Soberanía, ¿de qué territorio?
La presidenta invocó la soberanía nacional el pasado 17 de mayo en Yucatán.
El concepto merece una pregunta directa e incómoda: ¿qué soberanía ejerce el Estado mexicano en los territorios donde el crimen organizado recauda impuestos, imparte justicia paralela, controla el comercio y designa autoridades?
La soberanía que se proclama en tribunas nacionales debería comenzar por recuperarse en las calles de Culiacán, en la sierra de Badiraguato, en los municipios donde el gobierno federal llega de puntillas y el crimen organizado gobierna a plena luz.
Lo que hay que hacer, sin más dilación
Las soluciones no son un misterio: México necesita una política de seguridad con autonomía técnica real, blindada de interferencias partidistas.
Requiere una fiscalía genuinamente independiente con capacidad de procesar casos de corrupción policial y política sin autorización del ejecutivo. Necesita activar los mecanismos de cooperación bilateral con marcos claros de reciprocidad y soberanía procedimental, no retórica.
Y requiere, sobre todo, que quienes toman decisiones de seguridad entiendan que la geopolítica no espera los tiempos del calendario electoral interno.
La política de seguridad cimentada en lealtades personales y protecciones ideológicas no es política pública.