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Gobernador en pausa, impunidad en marcha

Una licencia temporal para un escándalo sin fecha de vencimiento.
lun 04 mayo 2026 06:05 AM
ruben rocha moya fuero
Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa, anunció el pasado 1 de mayo que pidió licencia temporal ante el Congreso del Estado. El mandatario defendió su inocencia y dijo que responderá ante las instancias competentes. (Fotografía: Cortesía/ Cuartoscuro)

La acusación que nadie quería ver

El jueves 29 de abril de 2026, la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York hizo lo que la institucionalidad mexicana se ha negado sistemáticamente a hacer durante décadas: nombrar con nombre propio la soldadura estructural entre el poder político y el crimen organizado en Sinaloa.

El documento acusa al entonces gobernador de haberse reunido con líderes del cártel antes de su elección para prometerles apoyo y colocar a funcionarios afines en puestos de poder, y señala que esa corrupción permitió que la organización criminal operara con total impunidad.

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Los cargos no son menores ni ambiguos: conspiración para la importación de fentanilo, heroína, cocaína y metanfetamina hacia territorio estadounidense.

Delitos gravísimos. Delitos tipificados también en México. Delitos que ninguna fiscalía nacional ha investigado con el rigor que la gravedad del asunto demanda, porque hacerlo implicaría tocar los cimientos del sistema político que la propia fiscalía sirve.

La respuesta del gobierno federal fue inmediata, estridente y políticamente reveladora: defensa de la soberanía nacional. Una soberanía que nadie había violado.

La acusación es un instrumento jurídico penal dirigido contra individuos específicos, no contra México como nación.

Confundir ambas dimensiones —o hacerlo deliberadamente frente a las cámaras— no es error jurídico: es propaganda de baja calidad disfrazada de patrioterismo.

La FGR: escudo ideológico, no institución jurídica

Lo ocurrido en la conferencia de prensa de la Fiscalía General de la República el primero de mayo de 2026 fue, sin exageración, uno de los episodios más bochornosos de la procuración de justicia mexicana en lo que va del siglo.

Una buena parte del gremio jurídico en México, señaló que la FGR y la Cancillería están llevando a cabo un ejercicio transparente de obstrucción legal y violación del Tratado de Extradición entre México y Estados Unidos, al insistir públicamente en que las solicitudes solo procederán cuando cumplan con estándares legales que el propio tratado no exige.

La trampa es tosca pero efectiva: el Artículo 11 del Tratado de Extradición bilateral, firmado en 1978, establece sin ambigüedad que una orden de detención provisional no requiere evidencia formal de culpabilidad, sino únicamente la existencia de una acusación formal y el compromiso de entregar documentación en un plazo de 60 días.

La FGR, con solemne desfachatez institucional, exigió pruebas plenas para una medida cautelar. Invirtió la lógica procesal internacional, traicionó el tratado que jura respetar, y lo hizo frente a las cámaras, sin rubor, como quien sabe perfectamente que nadie le pedirá cuentas.

No es interpretación jurídica creativa; es un cortafuegos político construido con ladrillos de cinismo.

El fuero constitucional de los acusados en funciones añade otro candado: cualquier acción judicial requeriría agotar primero el proceso de desafuero ante la Cámara de Diputados.

Y ese Congreso, dominado por la coalición oficialista, es exactamente el mismo que tendría que actuar. El que no actuará.

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La licencia: un movimiento político disfrazado de convicción republicana

Lo más revelador del anuncio del primero de mayo no fue la decisión de solicitar la licencia, sino la justificación con la que se envolvió. El mandatario acusado declaró que su separación temporal busca facilitar el proceso judicial sin afectar al movimiento político al que pertenece.

Ahí está la confesión involuntaria: no es un acto de rendición de cuentas ante la justicia; es un gesto de protección corporativa hacia el partido.

La república queda en segundo plano. El movimiento, primero.

El pueblo sinaloense, que lleva veinte meses viviendo una guerra civil entre facciones del crimen organizado, no aparece en esa ecuación ni de manera decorativa.

Vale recordar que apenas 48 horas antes de solicitar la licencia, el mismo funcionario había descartado categóricamente separarse del cargo, invocando su formación jurídica como garantía de que enfrentaría el proceso.

Lo que cambió en ese lapso no fue la evidencia jurídica en su contra.

Lo que cambió fue la temperatura política y, significativamente, la decisión de la calificadora S&P de colocar a Sinaloa en revisión negativa, advirtiendo posibles dificultades para conseguir financiamiento bancario.

Los mercados lograron en horas lo que la conciencia institucional no había podido en días. La licencia no es un acto republicano: es la respuesta de un sistema acorralado por sus propias contradicciones.

Sinaloa: la gobernanza criminal como arquitectura del Estado

El escenario sinaloense es incomprensible si se le analiza como una desviación o un accidente.

Lo que los hechos describen es una arquitectura de gobernanza criminal construida durante décadas, en la que el Estado formal y el crimen organizado no son adversarios sino socios con roles complementarios.

Desde mediados de 2024, la guerra entre facciones del Cártel de Sinaloa ha evolucionado hasta atacar directamente al Poder Legislativo y a funcionarios municipales, con más de 90 homicidios solo en enero de 2026, aproximadamente tres asesinatos por día.

Las pérdidas económicas relacionadas con la inseguridad ascendieron a más de 36 mil millones de pesos, con la desaparición de aproximadamente 35 mil empleos en sectores como la agricultura, el comercio, la hotelería y la gastronomía.

La confrontación interna entre facciones del cártel ha roto las pocas reglas no escritas que durante décadas gobernaron las disputas criminales, llevando la violencia a niveles sin precedentes, con ataques directos a civiles, desapariciones masivas y crematorios clandestinos en zonas habitacionales de Culiacán.

Ninguna licencia administrativa detiene eso. Ningún comunicado patriotero reconstruye la institucionalidad de un estado donde el vicefiscal de la entidad, acusado formalmente, recibía presuntamente once mil dólares mensuales del cártel a cambio de filtrar información sobre operativos de seguridad respaldados por Estados Unidos.

Eso no es corrupción periférica. Eso es el Estado operando como franquicia del crimen.

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El fantasma de Veracruz y el preámbulo del escape

La historia política reciente de México ofrece una plantilla que este país debería conocer de memoria y que, sin embargo, parece haber olvidado por completo.

El exgobernador de Veracruz solicitó licencia al Congreso local alegando que lo hacía para enfrentar las acusaciones en su contra, y pocos días después desapareció de la vida pública. Fue localizado y detenido meses más tarde en Guatemala.

El guion que hoy se repite en el noroeste tiene el mismo perfil estructural: un gobernador acusado formalmente por un tribunal extranjero, una fiscalía nacional que construye muros procesales en lugar de investigar, un partido que prioriza su imagen sobre la rendición de cuentas, y una puerta trasera que permanece, silenciosamente, desbloqueada.

La pregunta urgente no es si los acusados son culpables o inocentes: eso, en teoría, lo resolverán los tribunales.

La pregunta que México debe hacerse hoy es si sus instituciones tienen la voluntad real —no la declaración de voluntad, sino el acto concreto— de garantizar que el proceso no quede trunco, que los acusados no desaparezcan en el intervalo entre la licencia y la orden de aprehensión, y que el Artículo 11 de un tratado firmado hace 48 años sea finalmente respetado por quienes tienen la obligación constitucional de hacerlo cumplir.

La respuesta, a la luz del comportamiento de la Fiscalía, de la Cancillería y de la Presidencia, obliga a un escepticismo severo, documentado y profundamente preocupante.

Lo que México necesita no son licencias simbólicas que administren el escándalo con parsimonia electoral.

Necesita una Fiscalía autónoma en los hechos, que aplique los tratados sin cortafuegos políticos, que entienda que la soberanía no se defiende protegiendo a los acusados: se defiende con instituciones que funcionen sin importar el color del partido en el poder.

Hasta que eso ocurra, la licencia no será un acto republicano.

Será el primer capítulo, perfectamente ensayado, de una impunidad administrada con eficiencia y celebrada en silencio.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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