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Más allá del INE. Crimen organizado e integridad electoral en tres ejes

La confianza en el árbitro no debe ser ingenua. Pero tampoco puede ser tan reflexivamente destructiva que impida reconocer cuando las instituciones funcionan.
lun 04 mayo 2026 06:04 AM
morena quiere controlar al INE
La integridad electoral no se agota en la integración del Consejo General ni en la corrección técnica de los procesos. Va más allá: implica que la voluntad del elector se forme y se exprese libre de cualquier tipo de presión indebida, apunta Jean Paul Huber Olea y Contró. (Foto: Rogelio Morales Ponce/Cuartoscuro)

Eje I

La designación de los consejeros del INE

En el debate público reciente, la designación de nuevos integrantes del Instituto Nacional Electoral ha sido objeto de cuestionamientos por su origen y trayectoria. Se ha instalado, con cierta ligereza, la idea de que el árbitro electoral podría estar comprometido —o incluso capturado— por el bloque político que los postuló.

Ese diagnóstico parte de una premisa discutible: que la procedencia de los consejeros determina su actuación. La experiencia institucional mexicana sugiere lo contrario. Durante la transición democrática, figuras como José Woldenberg, Santiago Creel, Juan Molinar Horcasitas y Alonso Lujambio —con trayectorias políticas definidas— contribuyeron a consolidar un sistema electoral confiable. La clave no estuvo en su origen, sino en su comportamiento institucional.

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Bajo esta lógica, conviene también matizar las críticas que sugieren que la integración del Consejo General puede, por sí misma, alterar los resultados electorales. El diseño del sistema mexicano distribuye funciones y controles: los votos son recibidos y contados por ciudadanos, existen mecanismos de fiscalización y vías de impugnación. Pensar que un órgano colegiado puede manipular por sí solo una elección nacional desconoce esa arquitectura institucional.

La confianza en el árbitro no debe ser ingenua. Pero tampoco puede ser tan reflexivamente destructiva que impida reconocer cuando las instituciones funcionan. Dar un margen razonable de confianza al INE es el punto de partida; exigirle rendición de cuentas permanente, el complemento indispensable.

Eje II

Integridad electoral e ingeniería del voto

La integridad electoral no se agota en la integración del Consejo General ni en la corrección técnica de los procesos. Va más allá: implica que la voluntad del elector se forme y se exprese libre de cualquier tipo de presión indebida. Esa distinción —entre corrección formal y libertad sustantiva— es la que con mayor frecuencia se pierde en el debate público.

Una elección puede cumplir con todos los estándares formales —instalación de casillas, conteo transparente, mecanismos de impugnación— y, aun así, estar sustantivamente comprometida. El riesgo no siempre reside en la manipulación del resultado, sino en la distorsión previa de la decisión del votante. A eso se le llama ingeniería electoral: la capacidad de moldear preferencias y conductas antes de que el ciudadano llegue a la urna.

Los instrumentos de esa ingeniería son múltiples. Van desde el uso clientelar de programas sociales, compra de votos hasta formas más sofisticadas de condicionamiento. La frontera entre persuasión legítima y coacción encubierta es, con frecuencia, deliberadamente difusa.

Existen contextos donde la competencia política se desarrolla en lo que la literatura académica denomina "zona gris": espacios de interacción entre autoridades, actores políticos y organizaciones ilícitas, donde la contienda puede verse alterada sin necesidad de modificar las reglas formales. Esos entornos, donde la intimidación, amenaza o el simple control territorial inciden de manera determinante en la conducta del electorado sin dejar rastro documental.

Eje III

El reto ante el crimen organizado: el caso Sinaloa

El 29 de abril de 2026, la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York presentó cargos formales contra Rubén Rocha Moya, Gobernador de Sinaloa, y nueve funcionarios más, por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. La acusación sostiene que la organización criminal habría contribuido a su llegada al poder en la elección de junio de 2021 —a través de operadores vinculados a la facción de Los Chapitos— y que, en contraprestación, el mandatario habría otorgado protección institucional a sus operaciones. Rocha Moya rechazó las imputaciones, sin embargo, dos días después solicitó licencia al cargo la cual fue aprobada por unanimidad por el Congreso del Estado. La contradicción entre el rechazo y la salida anticipada habla por sí sola.

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El caso Sinaloa no es un fenómeno aislado; es la expresión más visible de un problema estructural. La presencia del crimen organizado en procesos electorales no opera únicamente a través de la coerción directa. Se articula también mediante la captura de estructuras partidistas locales, el financiamiento ilícito de campañas, el control del territorio como instrumento de movilización y la amenaza como sustituto de la persuasión. Todo ello ocurre, en gran medida, fuera del perímetro de fiscalización electoral.

Esto obliga a replantear el enfoque. La garantía de que un proceso electoral se desarrolle libre de presiones criminales no es, en sentido estricto, una función exclusivamente electoral: es una responsabilidad del Estado en su conjunto. Se trata de un problema de seguridad pública, de control territorial y, en última instancia, de vigencia efectiva del Estado de derecho. El INE puede organizar una elección técnicamente impecable; no puede sustituir al Estado en la garantía de condiciones mínimas de libertad política.

En esa tensión entre forma y sustancia se juega el futuro de la democracia mexicana. Sin integridad en el entorno, la corrección del procedimiento resulta insuficiente. Y sin un Estado capaz de contener esa zona gris, cualquier sistema electoral enfrenta límites evidentes. El desafío real no es únicamente preservar la calidad técnica de las elecciones, sino garantizar que ningún actor —legal o ilegal— sustituya la voluntad ciudadana.

La integridad electoral exige una mirada más amplia: fortalecer al árbitro, sí, pero sobre todo cerrar los espacios donde la intimidación, el financiamiento ilícito o el control territorial pueden incidir en la decisión del votante. Exigir que el Estado garantice condiciones reales de libertad para el voto no es una demanda extraordinaria: es el presupuesto mínimo de cualquier democracia que aspire a serlo en serio.

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Nota del editor: Jean Paul Huber Olea y Contró es Licenciado en Derecho por la UNAM y catedrático por oposición de Derecho Electoral en la Facultad de Derecho de la misma universidad, y Maestro en Mercadotecnia y Publicidad por la Universidad Anáhuac. Es consultor político con más de 30 años de experiencia en materia electoral. Es expresidente de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (ALACOP), miembro de la Asociación Internacional de Consultores Políticos (IAPC) y actualmente es Notario Público, Presidente de la Comisión de Asuntos Electorales del Colegio Nacional del Notariado Mexicano desde 2020. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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