El "presidente todo lo sabe" y sus consecuencias jurídicas
Uno de los momentos más demoledores de esta crisis lo proveyó el propio expresidente López Obrador con una frase que pronunció con arrogancia y que hoy regresa como bumerán institucional: "el presidente todo lo sabe".
Esa declaración, que en su momento buscaba proyectar omnisciencia y control, se convierte ahora en una trampa jurídica y política de proporciones severas para toda la cadena de mando federal.
Si el presidente todo lo sabe, entonces la operación de agentes de la CIA en territorio nacional —coordinada, según documentación disponible, con elementos del Ejército Mexicano— no pudo haber sido ignorada ni por la SEDENA ni por la SSPC.
Que sus titulares aleguen desconocimiento absoluto es, en el mejor escenario posible, una confesión de incompetencia institucional de primer nivel; en el peor, una mentira de Estado construida con la misma facilidad con que se fabrican carpetas de investigación.
Las responsabilidades jurídicas no se detienen en la figura de la gobernadora de Chihuahua, por más que el relato oficial lo intente. Se extienden, por acción, omisión o colusión deliberada, hasta quienes tenían la obligación constitucional de supervisar, autorizar o al menos reportar cualquier actividad de inteligencia extranjera operando en suelo mexicano. Ignorarlo convenientemente, selectivamente, con precisión quirúrgica hacia una sola figura política, es también una forma de traición a la patria, aunque resulte considerablemente menos fotogénica para el espectáculo legislativo que tanto disfrutan ciertas bancadas.
La seguridad nacional como rehén electoral
Lo que esta crisis desnuda con brutalidad es algo que se lleva años documentando: en México, la seguridad nacional no es una política de Estado; es una variable electoral administrada según las necesidades del ciclo político en turno.
La Ley de Seguridad Nacional modificada durante el sexenio anterior no buscaba proteger a México del crimen transnacional; buscaba proteger al régimen de la cooperación bilateral que pudiera incomodar sus propias complicidades.
Los candados impuestos a la inteligencia compartida con Estados Unidos no respondieron a una doctrina de soberanía coherente —porque esa doctrina jamás existió con rigor— sino a la necesidad de controlar qué se sabía, quién lo sabía y cuándo convenía que se supiera.