Con una advertencia: “Con mucho cuidado, porque si los ven…”
Me congeló esa frase.
La sabiduría ancestral practicándose a escondidas en los lugares que alguna vez le pertenecieron.
Recientemente en Teotihuacán, en la Pirámide de la Luna, un hombre abrió fuego.La noticia recorrió el mundo. Tragedia internacional. Titulares inmediatos.
Pero hay algo que se está obviando en la conversación pública.
Quienes han visitado estos espacios —o han trabajado cerca de ellos— saben que los protocolos de acceso no son neutrales. Existen revisiones, controles, vigilancia. Y también existe algo más difícil de nombrar: criterios informales sobre a quién revisar con mayor detenimiento.
En múltiples testimonios de visitantes y comunidades se repite una experiencia: personas con rasgos indígenas o que portan elementos rituales son sujetas a revisiones más exhaustivas. Se inspeccionan mochilas, se cuestiona lo que llevan, se limita la posibilidad de dejar ofrendas o realizar prácticas simbólicas.
No siempre está escrito. Pero ocurre.
Y entonces aparece la contradicción.
Quienes intentan relacionarse con estos espacios desde una lógica cultural o espiritual lo hacen bajo sospecha.
Mientras tanto, alguien fue capaz de ingresar con un arma.
No es solo una falla de seguridad.Es una pregunta incómoda sobre cómo se define el riesgo.
Porque cuando los sistemas de vigilancia se apoyan —aunque sea de forma implícita— en estereotipos sobre quién es potencialmente peligroso para el patrimonio cultural, dejan de ver lo que no encaja en ese perfil.
Y eso tiene consecuencias.