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Lázaro Cárdenas. La escuela como campo minado

Un adolescente armado no es solo un perpetrador: es también el producto de múltiples sistemas fallidos. Falló la salud mental, la familia, la escuela y el Estado.
jue 26 marzo 2026 06:07 AM
Estudiante mata a dos maestras en preparatoria Anton Makarenko de Lázaro Cárdenas, Michoacán
Autoridades investigan cómo llegó el alumno con el arma al interior de la escuela. (Foto: Cuartoscuro )

El 24 de marzo de 2026, una preparatoria particular en Lázaro Cárdenas, Michoacán, dejó de ser un espacio de aprendizaje para convertirse en escena del crimen. Un estudiante de 15 años ingresó armado y asesinó a dos profesoras: dos mujeres que esa mañana salieron a trabajar y no regresaron.

Antes de reducir el debate a la figura del “estudiante asesino”, conviene observar el cuadro completo. Horas antes, el adolescente había publicado imágenes con el arma y mensajes vinculados al movimiento incel. Informes preliminares indican que vivía en un entorno con acceso a armamento de uso exclusivo militar.

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Existía una cadena de señales que nadie interrumpió. La razón tiene nombre: en esa escuela, como en la mayoría de las preparatorias privadas del país, no había profesionales capaces de interpretarlas desde la psicología clínica ni desde la criminología aplicada. Dos disciplinas distintas, complementarias y ausentes.

El joven como síntoma, no como monstruo

El agresor no surgió de la nada. Los perfiles de riesgo en adolescentes que escalan hacia violencia extrema se construyen durante años de desatención: desintegración familiar, ausencia de autoridad estable, exposición a subculturas digitales que normalizan el resentimiento.

Son procesos graduales, con marcadores observables. Un psicólogo clínico puede detectarlos en el plano emocional; un criminólogo, contextualizarlos en el entorno institucional y social.

Esto no es una justificación, es un diagnóstico.

Un adolescente armado no es solo un perpetrador: es también el producto de múltiples sistemas fallidos. Falló la salud mental, la familia, la escuela y el Estado.

Y fallaron, en parte, porque ninguno contaba con profesionales entrenados para leer lo que ocurría. La psicología y la criminología no son disciplinas de reacción, sino de prevención. Su ausencia ya se mide en vidas.

La escuela particular: cuando la educación se vuelve transacción

Tras la tragedia, la SEP federal emitió un comunicado lamentando los hechos y reiterando su compromiso con la seguridad escolar. Correcto en forma, vacío en fondo.

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Ni la SEP ni la Secretaría de Educación de Michoacán pueden evadir su responsabilidad en una desprotección que han permitido por omisión: preparatorias privadas que operan sin verificación real de condiciones mínimas, como contar con psicólogos o criminólogos.

El problema es estructural.

Estas escuelas funcionan bajo una lógica mercantil que las deja sin protocolos sólidos.

No tienen psicólogos clínicos permanentes ni criminólogos que identifiquen conductas predelictivas, evalúen riesgos o diseñen estrategias preventivas. En su lugar hay prefectos sin formación especializada u orientadores saturados.

La matrícula pagada desincentiva intervenciones tempranas. Ninguna autoridad ha exigido ni sancionado estos vacíos. El detonante fue una discusión cotidiana; la diferencia es que nadie tenía herramientas para anticiparla.

El documento y la realidad: dos países paralelos

El Manual de Seguridad Escolar de la SEP contempla protocolos ante crisis. La Subsecretaría de Educación Media Superior promueve cultura de paz y habilidades socioemocionales. Todo está escrito, pero poco se implementa.

México padece una brecha crónica entre discurso y realidad.

En 2025, un alumno del CCH Sur mató a un compañero; en 2020, un niño disparó a su maestra en Torreón; en 2017, un adolescente atacó en Monterrey. El patrón se repite. La respuesta institucional también: condolencias y olvido.

En todos esos casos faltaron psicólogos clínicos y criminólogos escolares, no por ausencia de profesionales, sino por falta de voluntad para integrarlos como necesidad estructural.

Existe además un referente implícito: Estados Unidos, donde décadas de tiroteos han generado modelos de evaluación de amenazas con equipos interdisciplinarios permanentes. México conoce esos modelos, los incorpora en documentos, pero no los implementa.

La alineación intelectual existe; el compromiso político y presupuestal, no.

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Lo que se puede y debe hacer

Uno de los ejes de solución es claro: incorporar simultáneamente al psicólogo clínico y al criminólogo como personal de base en todas las preparatorias, públicas y privadas, con funciones definidas y presupuesto garantizado.

No son figuras redundantes.
- El psicólogo trabaja desde el interior del sujeto: detecta ansiedad, depresión, trauma y construye vínculos que permiten intervenir a tiempo.
- El criminólogo analiza el entorno: identifica factores de riesgo, patrones predelictivos y vulnerabilidades institucionales. Juntos conforman un binomio de detección temprana más eficaz que cualquier reglamento.

La SEP y las autoridades estatales deben exigir ambos perfiles como condición para otorgar y renovar registros, con supervisión periódica. Esto debe acompañarse de protocolos claros de coordinación con familias, autoridades y servicios de salud.

En paralelo, los controles de acceso deben rediseñarse con criterios legales y proporcionales. La corresponsabilidad familiar debe fortalecerse.

Y el debate sobre control de armas es inaplazable: que un menor acceda a armamento militar es una falla estructural que ningún taller de valores resolverá. La prevención requiere presupuesto, evaluación rigurosa y supervisión efectiva también en el sector privado.

El debate que nadie puede cerrar

Las dos maestras asesinadas no deberían ser símbolos, sino personas con vidas truncadas. Su muerte no puede diluirse en la rutina informativa.

Lo ocurrido en Lázaro Cárdenas refleja un sistema que promete protección en papel mientras deja a docentes sin resguardo real. Un modelo que no detecta riesgos porque carece de las miradas especializadas para hacerlo. Autoridades que otorgan permisos sin exigir condiciones mínimas.

La psicología y la criminología llevan décadas generando herramientas para prevenir. Ese conocimiento existe. Los profesionales también. Lo que falta es que el Estado los reconozca como indispensables, con plaza, presupuesto y mandato.

El debate sobre seguridad escolar, salud mental y control de armas no se cierra con comunicados.

Lo que sí puede cerrarse es la brecha entre lo que se promete y lo que ocurre en las escuelas, si existe voluntad política para hacerlo.

Nota del autor: Esta columna se escribe con todo el respeto, afecto y desde el corazón la memoria de las compañeras docentes fallecidas, desde la pluma de quien también ha sido docente de bachillerato en Michoacán.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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