Washington habla con México, pero no con su gobierno
Lo más corrosivo del momento no es la exclusión formal. Es lo que sucede detrás de ella. Washington no abandonó a México como pieza estratégica del tablero hemisférico. Lo que hizo fue más sofisticado, más deliberado y, para el gobierno de Sheinbaum, infinitamente más humillante: construir un canal de comunicación con México que prescinde por completo de su presidenta sin prescindir del país.
Ese canal informal lo integran los cuadros técnicos que el cambio de régimen desplazó sistemáticamente del aparato del Estado desde 2018: exfuncionarios de inteligencia, exoficiales de enlace con la DEA y la CIA, exnegociadores de acuerdos bilaterales de seguridad. Personas sin cargo hoy, sin título oficial, sin vocería pública.
Pero con décadas de confianza acumulada con las agencias que diseñan la estrategia hemisférica real. Washington los prefiere exactamente porque no responden ante Sheinbaum, no requieren su autorización y no están atados a la doctrina de soberanía que paraliza al gobierno formal.
El canal existe, es activo, y su influencia sobre las decisiones reales crece en proporción directa al deterioro de la relación bilateral oficial. México está siendo gobernado, en materia de seguridad hemisférica, por interlocutores que su propia presidenta no eligió y no controla.
Lo que todavía puede hacerse, si queda voluntad política
El escenario tiene salida, pero exige una lucidez que este gobierno no ha demostrado hasta ahora.
Primero: reincorporar a los cuadros técnicos desplazados. La inteligencia operativa que hoy opera en paralelo al gobierno podría operar dentro de él, si hubiera la grandeza política de reconocer que prescindir de ella fue un error estratégico de consecuencias históricas.
Segundo: abandonar la retórica de soberanía y sustituirla por resultados verificables. Desmantelamiento real de redes de fentanilo, reforma institucional medible en fiscalías y fuerzas de seguridad, cooperación que Washington pueda presentar como victorias propias. La soberanía invocada como escudo verbal no detiene ninguna alianza. La soberanía demostrada con hechos sí genera contrapeso político real.
Tercero: nombrar el problema sin eufemismos. Un gobierno que entiende lo que le ocurre y propone activamente cómo revertirlo negocia desde una posición radicalmente distinta a uno que declara que todo está en orden mientras el poder real se desplaza.