La pregunta que muchos evitan hacer en voz alta merece una respuesta honesta: ¿tiene sentido celebrar este evento en el mundo que tenemos hoy?
Contextos bélicos que no esperan el pitazo inicial
La guerra entre Rusia y Ucrania, que superó ya los tres años de combate sostenido, ha reorganizado la geopolítica europea de un modo que tiene consecuencias directas en la diplomacia deportiva. Rusia fue suspendida por la FIFA y la UEFA desde febrero de 2022, lo que significa que millones de aficionados de una potencia futbolística global quedarán fuera del torneo no por rendimiento deportivo, sino por decisión geopolítica. Eso, en sí mismo, ya fractura la narrativa universal del fútbol.
En el Pacífico, las maniobras militares de China alrededor de Taiwán han escalado a una frecuencia que preocupa a los analistas del Indo-Pacífico. La tensión entre Pekín y Washington —uno de los países sede— tiñe de incertidumbre cualquier acto diplomático que involucre a delegaciones asiáticas.
En el continente americano, la nueva arquitectura de seguridad que Estados Unidos construye desde el Comando Sur excluye deliberadamente a México de sus núcleos más sensibles de inteligencia y cooperación táctica. Las recientes fricciones entre Washington y Ciudad de México por la política frente a los cárteles anticipan una coordinación institucional frágil justo en el umbral del torneo.
Ausencias que sí importan: Irán, Irak y el quiebre de la universalidad
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda para la FIFA y urgente para el análisis político. Irán, que clasificó al torneo y cuyos partidos de grupo están programados en territorio estadounidense, enfrenta una contradicción insalvable: el régimen de Teherán difícilmente autorizará a su selección a competir en suelo de quien considera su enemigo histórico. Las sanciones, la retórica de confrontación y la presión interna hacen que la participación iraní en Estados Unidos sea, en los hechos, una apuesta política más que deportiva.
Si Irán anuncia su retiro, no se irá solo un equipo: se irá un símbolo de que el fútbol ya no puede contener las fracturas del mundo.
El caso de Irak es distinto en su naturaleza, pero igualmente revelador en sus consecuencias. La selección iraquí, atrapada en la complejidad bélica de Medio Oriente, enfrenta restricciones reales de movilidad internacional. La zona de conflicto que rodea a la región impone limitaciones logísticas, diplomáticas y de seguridad que hacen casi inviable que una delegación completa pueda desplazarse con normalidad.
Y el calendario no perdona: Irak debe disputar su repesca intercontinental en Guadalajara en apenas dos semanas. No es un problema administrativo.
Es la demostración más cruda de que la FIFA diseñó un torneo de 48 selecciones sin calcular que el mundo real —con sus guerras, sus sanciones y sus fronteras cerradas— no se detiene para acomodar un fixture.