Y el ciclo vuelve a comenzar, en otro estado, en otro municipio con idéntico libreto. Esto no es anécdota: es la descripción de una política que lleva dos décadas perpetuándose a pesar de una verdad documentada.
No funciona.
El fracaso tiene nombre y número
Los datos no admiten interpretaciones generosas.
Desde que Felipe Calderón militarizó la seguridad pública en diciembre de 2006, cada administración ha profundizado la apuesta castrense y cada una ha cosechado más violencia. Con Calderón los homicidios dolosos aumentaron 86% respecto al sexenio anterior. Con López Obrador y su Guardia Nacional —integrada en 77% por militares del Ejército Proceso— se registraron 193 mil 377 homicidios, 36,000 más que con Peña Nieto, y 51,387 desapariciones, 57% más.
Hay estudios donde la evidencia es categórica: los estados y municipios con secretarios de seguridad provenientes de las Fuerzas Armadas exhiben homicidios más altos que aquellos con secretarías civiles.
La militarización no apaga el fuego; lo alimenta.
El interés político detrás del general en la secretaría
Si los resultados son tan malos, ¿por qué la política persiste?
La respuesta no está en la seguridad: está en la política.
Colocar un militar al frente de una secretaría cumple funciones ajenas a reducir delitos. Permite al gobernador o al alcalde transferir la responsabilidad del fracaso hacia instituciones de alta legitimidad: el Ejército y la Marina gozan de aprobación de 84 y 86 por ciento Proceso respectivamente.
Si la violencia sube, el funcionario dice "está coordinando con las fuerzas federales". Los mandos militares asignados federalmente son palancas de negociación entre gobiernos locales y federación. La lógica castrense —vertical, discreta, opaca— conviene a quienes rechazan controles civiles rigurosos.