La indiferencia ante la violencia "en otra colonia", el consumo de drogas sin asumir su costo en sangre, la compra de mercancías de origen dudoso: todo alimenta el sistema.
No es culpa equivalente a la del Estado, pero es parte del tejido que sostiene la impunidad. Una democracia madura exige ciudadanos que exijan, denuncien y no normalicen.
Lo que puede hacerse: propuestas concretas
La solución no está en la militarización. Está en la presencia institucional efectiva, sostenida y no corrupta.
Primero, recuperar la política social como instrumento de Estado y no de partido, llevando servicios reales a territorios disputados antes de que el crimen consolide su legitimidad local.
Segundo, invertir en fiscalías autónomas con indicadores vinculantes; la impunidad es el combustible del crimen.
Tercero, adoptar modelos de policía comunitaria con supervisión civil y remuneración digna.
Cuarto, diseñar políticas de reinserción económica para jóvenes en zonas de alta captación criminal.
Quinto, abrir espacios de verdad y memoria en comunidades afectadas: sin reconocimiento del daño, no hay reconstrucción del lazo social con las instituciones.
El costo de la omisión
Lo que está en disputa en México no es solo el control del territorio.
Es la definición de a quién le pertenece el monopolio de la protección, la justicia y el bienestar. Cuando el Estado renuncia a ese monopolio —por corrupción, por negligencia, por cálculo político— no deja un vacío neutral.
Deja una oportunidad para estructuras de poder sin ningún compromiso con los derechos fundamentales, pero que saben perfectamente cómo aparentar que sí. La reconfiguración criminal que vive México hoy podría ser una ventana de oportunidad.