Con la llegada por segunda vez de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, se ha desatado una discusión pública sobre los embates a las instituciones del llamado “sistema internacional” y cómo lo está debilitando o, incluso, dinamitando.
El “sistema internacional” dejó de ser funcional hace mucho
Es interesante ver que la discusión, para variar, ha sido en un sentido nostálgico de un ayer que hacer mucho tiempo dejó de existir. Un ayer que ya no era viable desde hace un buen rato, pero que muchos siguen resistiéndose a aceptar que cambió sin que hiciéramos algo al respecto.
En esta nueva discusión sobre ese sistema internacional, sobran los argumentos sobre cómo se le está destruyendo. Pero son muy pocas las voces que se van al fondo real: desde cuándo dejó de funcionar y cómo fue que, por autocomplacencias y arrogancias, lo dejamos caer mucho antes de la coyuntura actual.
Esa arquitectura global que se construyó a partir de la Segunda Guerra Mundial, nació con errores de origen. Y aunque funcionó al principio, desde hace varias décadas se hizo evidente su debilidad y la necesidad de reformarla de fondo. Pero nadie quiso hacerlo.
El mundo entero entró en una zona de confort. Nos fuimos haciendo ciegos a la realidad, mientras las instituciones multilaterales se iban resquebrajando. Muy similar a México, que hoy todos ven el desastre institucional de la 4T, pero son ciegos ante todo lo que ya venía destruido de antes.
La ONU, creada en parte con buenas intenciones, poco a poco se fue convirtiendo en un mastodonte artrítico y obeso. Una burocracia que sirvió más de refugio de ex funcionarios y ex políticos, mezclado con académicos y activistas idealistas que estaban muy lejos de la realidad de los países.
Hoy, la crisis es innegable. Sus problemas presupuestales son solo una de las señales de su decadencia. Pero de ninguna manera son problemáticas recientes, ni derivadas de la actual administración estadounidense, por más que esté contribuyendo a su declive.
Las problemáticas de la ONU, y todas las organizaciones derivadas de ella, vienen de décadas de malos manejos, y de una profunda resistencia a cambiar conforme iban evolucionando las sociedades, que fueron llevando a cambios políticos importantes que nunca entendieron.
Se manejó más con una mezcla de politiquería y miedo (en el mejor de los casos) a abordar los problemas mundiales de frente, y no solo en el discurso romántico del bien común y la paz mundial.
En estas organizaciones se fueron replicando los vicios de políticos de varios países que se fueron refugiando poco a en ellas, en conjunto con una burocracia administrativa que poco entendió las dinámicas políticas y sociales de los países a los que se supone debía ayudar.
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Ante el actual proceso de sucesión, al ver las candidaturas resulta más que evidente esa crisis política, y la baja calidad de personajes que aspiran a dirigirla en su peor momento. Personajes que pocos logros pueden presumir en sus esferas, más que una habilidad importante de politiquería.
A nivel regional, la OEA no es diferente. De hecho, decayó mucho antes que la ONU. Y en particular, los últimos 20 años se convirtió en una organización sectaria e ideologizada, que poco se enfocó en analizar los problemas de la región y las implicaciones de sus cambios.
Particularmente, con la era Almagro la OEA vio un debilitamiento demoledor, por un liderazgo personal muy contrario a la necesidad de diálogo y convergencias que le urgían a América Latina. Nunca supo la OEA ayudar a los países a transitar de la inestabilidad del siglo pasado.
En materia de comercio internacional, es evidente que la OMC dejó de ser relevante a lo largo de este siglo, debilitada desde adentro por sus propios creadores. Hasta el punto de quiebre cuando EUA forzó la entrada de China, y paralizó sus mecanismos de solución de controversias.
Hoy que tanto se señala que la política arancelaria de Estados Unidos es contraria a los principios de la OMC, deberíamos más bien preguntarnos cómo permitimos su lenta destrucción hasta llegar a la incapacidad actual de hacer algo sobre las constantes violaciones burlonas de tantos países.
Probablemente la banca multilateral de desarrollo, como el Banco Mundial o el FMI, sea el ámbito que mejor se defendió en estas décadas. Pero tampoco han estado ajenos al grave error de trabajar desde la comodidad de escritorios académicos y de activismo, sin entender la realidad social.
Economistas ya sea reciclados de gobiernos botados, o pertenecientes a redes de élites académicas sin experiencia prácticas, fueron recomendando políticas que terminaron, en muchos casos, por profundizar los problemas de los países en desarrollo. Por ejemplo, en materia de pensiones.
Se dejaron de ver las realidades sociales de los países Se imponían visiones sin importar si eran factibles o incluso si eran lo más conveniente para la población.
Y por supuesto están las instituciones privadas/públicas, como el Foro Económico Mundial. Que si bien en un inicio contribuyó a detonar diálogo y análisis, se perdió en el tiempo. Hay una frase demoledora en el discurso de Lutnick hace unas semanas en Davos:
“Yo veo al WEF no como un mastil en el centro, en realidad eran la bandera. En la dirección que soplara el viento, se movía”.
Esto, en el contexto de una crítica más amplia a la globalización, que efectivamente fue impulsada sin tener revisiones en el camino. La globalización contribuyó mucho a mayor desarrollo, pero también a debilitamiento y profundización de desigualdades.
El discurso de Carney fue muy interesante, pero habla de las consecuencias. La crítica de Lutnick revela mucho más los problemas que hemos preferido no ver, que nos trajeron a donde estamos.
Hoy que gobierna Estados Unidos un señor con ideas muy distintas a nuestra zona de confort, y que busca dinamitar todo, seguimos pasmados. No queremos entender que puede dinamitarlo porque todo ya estaba endeble, debilitado, obsoleto. Esas crisis se las heredamos, en bandeja de plata
La gran incógnita hoy es si hay la capacidad, o incluso el interés, de entender el origen de la crisis y aprender la lección. Para después, con estrategia buscar corregir el rumbo, pero con una ruta distinta a la que nos perdió. Lo mismo aplica para México.
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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.