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¿Cómo encender una relación bilateral en menos de tres meses?

En tan solo 10 semanas, México se ha hecho de varios nuevos temas para el manejo de tensiones bilaterales que no pueden ser vistos como una casualidad.
vie 29 enero 2021 11:00 AM
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Una nueva agenda bilateral.

“No hay casualidades sino destinos. No se encuentra sino lo que se busca, y se busca lo que en cierto modo está escondido en lo más profundo y oscuro de nuestro corazón”, dice Ernesto Sabato.

Esta frase podría aplicar hoy día para explicar las verdaderas intenciones del gobierno de México respecto de la relación con Estados Unidos bajo la nueva administración de ese país.

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Dibujemos mentalmente una reunión bilateral de presidentes, de esas que suceden con frecuencia en el contexto de reuniones multilaterales como el G-20 o la Asamblea General de las Naciones Unidas cada septiembre. Una mesa ovalada, larga y al centro de cada lado, el presidente de México y el presidente de Estados Unidos. A la derecha de cada uno de ellos, los encargados de la política exterior (porque así lo marca el protocolo cuando están fuera de su país), a su izquierda los responsables de la política interior, a la derecha continúa la política económica y así consecutivamente las distintas carteras presentes por orden de prelación (nivel y cartera).

En esa reunión imaginaria, Estados Unidos tendría una lista larga de agravios contra México (no que nuestro país no tenga los suyos, pero esta es la agenda estadounidense): primero, los temas de seguridad en varias vertientes que van desde la falta de intercambio de información, pasando por la reducción de incautaciones de estupefacientes y sustancias activas, la falta de sentencias relacionadas al crimen organizado, solicitudes de extradición pendientes y el incremento de la violencia en nuestro país.

Seguirían las tensiones ambientales, laborales, comerciales, el cambio en las reglas del juego para los inversionistas, la falta de certidumbre jurídica, los temas migratorios y las candidaturas en organismos internacionales.

Para no cerrar la conversación en un tono incómodo, se cierra con la agenda de cooperación bilateral para el desarrollo.

 

En esta reunión quimérica, México llevaría a la mesa tres o cuatro problemáticas, incluidas la de los mexicanos en Estados Unidos, la migración de terceros países que cruzan por nuestro país y las fricciones fronterizas. Se agregarían uno o dos más en la escala de prioridades del gobierno mexicano actual.

Hasta hace poco más de dos meses, la agenda bilateral del más alto nivel carecía de constancia y de sustancia. Reitero, la del más alto nivel, porque la agenda existe siempre, es intrínseca a la profundidad y diversidad de nuestros vínculos bilaterales. Es densa y se descarga de manera compleja y permanente por los distintos actores públicos, privados y sociales que interactúan en ella.

Eso hubiera sido si la reunión se hubiera llevado a cabo hace tan solo tres meses. Pero es notable que, en tan solo 10 semanas, México se ha hecho de varios nuevos temas para el manejo de tensiones bilaterales que no pueden ser vistos como una casualidad: todo comenzó con el no reconocimiento al presidente Biden hasta el último momento, superados incluso por Rusia y dejando solo atrás a Corea del Norte. Enseguida, vino el exabrupto de ofrecer asilo a Julian Assange cuando México estaba de inicio fuera de esa mesa y de esa conversación, además de que quedaba claro que su decisión sería ir a Nueva Zelanda, y el procedimiento ya estaba siendo tramitado por su familia. Le siguió el desdén al Director Ejecutivo de la División de América de Humans Right Watch (HRW) cuando éste calificó de “extraordinaria gravedad” la decisión de desaparecer al Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI). Si bien HRW no es una agencia gubernamental, se trata de una de las más poderosas ONGs dedicadas al tema de derechos humanos con sede en Nueva York que tendrá gran incidencia en la agenda de la actual administración estadounidense.

Vino después, la amenaza lanzada desde nuestro país de invocar al artículo 23 (laboral) del T-MEC en caso de que Estados Unidos “decidiera” no vacunar contra Covid-19 a los trabajadores migrantes mexicanos. Se creó una litis humanitaria y de salud donde no la había, de manera preventiva.

Luego se dio la defensa a ultranza de la producción mexicana respecto del inicio de una investigación en Estados Unidos para una salvaguardia internacional de las exportaciones mexicanas de berries o arándanos azules.

 

Posteriormente, sucede la aprobación de la iniciativa presidencial que hace mucho más estricta la regulación de las actividades que los agentes extranjeros desarrollan en nuestro país, exige reportes en materia de información recabada y aborda incluso temas de inmunidad diplomática, lo cual tiene un vaso comunicante directo con la actividad de agencias como la DEA y la CIA en nuestro país, en un contexto de tirantez -casi ruptura- en el diálogo y la cooperación en materia de seguridad, derivado del caso del General Cienfuegos.

Vino, por último, la invitación al presidente ruso a visitar México inmediatamente después de que se hizo la llamada con el presidente Biden. En menos de tres meses se construyeron temas bilaterales que le darán agenda a México y de paso, beneficiarán en lo político-electoral al gobierno actual con un discurso de renovado nacionalismo frente a nuestro vecino, principal socio comercial y ahora más que nunca, fuente cuasi única de la “recuperación” que habrá de tener este año la economía mexicana.

Faltará ver la reacción de Estados Unidos frente a este cúmulo de calenturas. De pronóstico reservado.

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Nota del editor:

La autora fue servidora pública por más de 25 años, exsubsecretaria de Relaciones Exteriores, Desarrollo Social y Hacienda, y senadora con licencia.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única de la autora.

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