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¿Estás satisfecho?, ¿te arrepientes?, ¿volverías a hacerlo?

A dos años de la 4T, todos los problemas se están profundizando. A pesar del atinado discurso social del Presidente, sus acciones van en contra de todo lo que ha enarbolado y prometido.
lun 11 enero 2021 06:00 AM
AMLO
En su segundo informe de Gobierno, el presidente se referirá a los 100 compromisos asumidos en el Zócalo de la Ciudad de México, de los que asegura, ya cumplió con 96.

En 2018, en una elección sui generis, 30 millones de mexicanos votamos por el actual Presidente. Su votante convencido y duro, unos 20 millones, lo hizo con gran pasión. De los otros 10, fue una combinación de hartazgo, beneficio de la duda, desesperación o búsqueda de cambio.

En algunos de nosotros, nunca hubo convencimiento ni del personaje ni de su proyecto; lo repudiamos en 2006 y 2012. Pero sí había convencimiento de la urgente necesidad de una sacudida al país. No era un voto por AMLO ni la 4T, sino por lo que su victoria podría representar al sistema.

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Teníamos la claridad de que, si bien era evidente su incapacidad para hacer un buen gobierno, cualesquiera de las alternativas potencialmente tendrían peores consecuencias.

México iba enfilado a un estallido social de una magnitud que, aunque difícil de calcular, claramente hubiera hecho palidecer las protestas que hemos visto el último año y medio en el continente, desde Chile en 2019 hasta EUA el verano pasado y esta misma semana.

Había razones de sobra para asumirlo. Razones que hoy persisten, pero que con 2018 lograron un amortiguador temporal.

Nuestros sistemas político, democrático y de partidos estaban agonizantes. Veníamos al menos de 18 años de políticas y gobiernos fallidos, cada uno por diferentes razones.

Si bien se había logrado mantener una cierta estabilidad macroeconómica a partir de los años 90, eso nunca se tradujo en mejores condiciones de vida para la familia promedio mexicana. Al contrario, cada vez eran peores las condiciones y mayor la dificultad de cubrir las necesidades.

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La movilidad social se paró en México, sellando una condena de aquellos en los deciles más bajos a nunca salir de ellos. La pobreza no bajaba de alrededor de la mitad de la población. El poder adquisitivo de los trabajadores no dejaba de perder valor.

Con la alternancia de 2000, Fox se dedicó a ceder a los poderes fácticos, regresando poder a sindicatos, grupos económicos o crimen organizado; y dando poder a nuevos como los Gobernadores. Además de dilapidar los históricos ingresos petroleros en dádivas y prebendas.

Calderón se encargó de terminar con la tranquilidad de los mexicanos. Sus caprichos arrancaron la peor etapa de violencia que subsiste. Cooptó al sistema político, matando a su propio partido, el PAN. E inauguró una fase de corrupción exacerbada de alto nivel, nunca antes vista.

Peña puso sello de muerte a los partidos, empezando por el PRI. Potenció y profundizó la corrupción, desde el inicio del Pacto por México. Y, junto con Calderón, fueron quienes más debilitaron las instituciones que por décadas se construyeron con el proceso de consolidación democrática.

Durante estos tres sexenios, se fue desmantelando el servicio público, se incorporó a muchas personas sin vocación ni principios, se llenó de cuotas y cuates. Se fue acabando la mística.

En 2006, muchos veíamos en AMLO un peligro real para México. Y lo era. Sin embargo, Calderón y Peña se encargaron de confirmar y exaltar todas aquellas críticas obradoristas, reafirmando la idea de la mafia en el poder y el PRIANismo. Resultaron ser el real peligro para México.

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Para quienes nos forjamos en la vida partidista, particularmente con una escuela tradicional priista, los partidos dejaron de ser opción. Se alejaron de la realidad, se desconectaron de la sociedad, se enfocaron en sus intereses perversos.

Los partidos, que fueran camino para la representación social y factor de estabilidad institucional y política, estaban derruidos. Olvidaron sus principios y se llenaron de obscuridad y mezquindad.

Las élites estaban instaladas en una nube de abuso y privilegios, cada vez más lejanos de la ciudadanía, cómodos en la división y la discriminación.

Hoy, a dos años de la 4T, todos estos problemas no sólo siguen, sino que se están profundizando. A pesar del atinado discurso social del Presidente, sus acciones van en contra de todo lo que ha enarbolado y prometido. Se ha confirmado como otro más en esa cadena de los peores gobiernos.

Hoy, no son pocas las personas que a quienes votamos por él nos cuestionan: ¿estás satisfecho y contento con tu voto?, ¿ya te arrepientes de haber votado por él?, ¿volverías a votar sabiendo lo que hoy sabes?, ¿votarías por la revocación de mandato?

En el caso de este columnista, las respuestas son sencillas. No hay arrepentimiento porque voté por consciencia, seguro de que se requería una sacudida para ver si como sociedad éramos capaces de entender que el problema no estaba en los gobernantes, sino en toda la sociedad en su conjunto.

De poder regresar a 2018, sí volvería a votar por él, porque la alternativa era la desestabilización inmediata del país. Porque urgía cortar de tajo con los dos sexenios anteriores. Sabía desde entonces que este gobierno sería un desastre, pero al menos habría país. Era necesario el experimento.

Y, de darse la revocación de mandato, no votaría por que se vaya antes de tiempo. Así no funciona la democracia. Y su salida intempestiva generaría un conflicto social insalvable. Debe quedarse a terminar su mandato, a asumir sus responsabilidades y a pagar las consecuencias de sus actos.

La prueba de 2018 no era solo para el gobierno; era más para el resto de la sociedad, todos los actores. Y ninguno ha estado a la altura. Gobiernos irán y vendrán, mientras sigamos igual como sociedad será lo mismo, sin importar si es un Calderón, un Peña o un López Obrador.

Los partidos, siguen enfrascados en sus intereses internos, buscando sobrevivencia. El empresariado, salvo excepciones, sigue incapaz de ver para abajo. Y las OSC, siguen sin rumbo.

Es tan clara la descomposición, que hoy hasta se forjan alianzas antinatura con un solo común denominador: el odio a la 4T y a su base social. No hay proyecto de país. No hay interés de mejora. Y la 4T, se instala en la confrontación, que es lo único que sabe hacer.

Este 2021 para este opinador es claro que ni un voto para Morena y aliados. Nada para la fallida 4T. A pesar de que no hay absolutamente ninguna opción mejor. En la boleta de junio solo habrá una pugna entre un desastroso pasado reciente y un destructivo presente. Del futuro, nadie se ocupa.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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