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A 1 año, ¿se está entendiendo algo?

En este primer año de gobierno, todos seguimos ensimismados. Cada vez hay menos diálogo. Cada vez se respeta menos al otro, asegura Don Porfirio Salinas.
lun 02 diciembre 2019 10:10 AM
Don Porfirio Salinas
Don Porfirio Salinas es híbrido de política, iniciativa privada y escenario internacional. Priista orgulloso de “el valor de nuestra estirpe” (Beatriz Paredes dixit); antagónico al Peñismo, que atentó contra esta estirpe. Convencido de la política como instrumento de construcción de país, desde cualquier trinchera.

Ayer marcó el primer año del actual gobierno. Un gobierno altamente polémico en muchos sentidos, que ha tenido ciertos aciertos discursivos y pocos resultados de gestión. Un año en el que, además, en el país poco parecemos entender de por qué y cómo llegamos a la situación actual.

Este primer año debería marcar ya las bases de la tan mencionada Cuarta Transformación. Las bases de lo que en teoría iba a ser un cambio radical en la forma de gobernar, y que prometía el Presidente que traería soluciones a nuestros problemas y beneficios para todos.

La conmemoración estuvo marcada por dos concentraciones. Una convocada por el propio presidente a manera de mitin de campaña. Y otra, convocada por agrupaciones disímbolas unidas por el único hecho de estar en contra del presidente.

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En ambas se replicaron mensajes y arengas de reforzamiento de posturas individuales y polarizadas. En ninguna se tuvo un discurso de cohesión ni unidad, un discurso de país. Se repitió lo que a diario dice cada bando, privilegiando la división y la polarización, sin argumento alguno ni reflexión.

Ayer se reafirmó lo que venimos viviendo este último año, y que arrastramos desde hace ya algunos años: no entendemos que no estamos entendiendo, desde ningún bando.

Este primer año se ha caracterizado por un cambio radical en la comunicación del gobierno, de forma y de fondo. En el fondo, por primera vez se ha privilegiado un discurso socialmente sensible, hablando abiertamente de problemas tan profundos como la corrupción.

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En la forma, el presidente se comunica de manera franca y llana, rompiendo con los protocolos y la solemnidad que se acostumbraban. Y ha decidido sobreexponerse con sus mañaneras diarias, aunque en momentos críticos como Culiacán escoge simplemente hacer mutis.

Este cambio en forma y fondo ha generado una percepción social de mucho mayor cercanía gubernamental, de ser escuchados y representados, al menos en el discurso.

Pero este gobierno también se ha caracterizado por una profunda incapacidad de gobernar, además de una clara falta de interés por hacerlo. Pareciera que el objetivo era obtener el poder, pero no necesariamente usarlo para infligir un cambio positivo en el país.

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Un año de gobierno en el que los problemas entre miembros del gabinete son más profundos y visibles que en cualquier gobierno anterior. Una lucha de bandos moderados y radicales, pero una pugna de egos al interior de cada bando, ha paralizado al aparato gubernamental.

Y también un año en el que, desde la propia presidencia, lejos de buscar un proyecto integral y conjunto de país, se ha optado por señalar y confrontar a distintos grupos, en un ánimo de mantener un caos para que el presidente sea el único actor visible.

Lo delicado es que en este primer año, el gobierno ha quedado completamente libre de hacer lo que le plazca, pues no existe el menor indicio de contrapesos políticos, y mucho menos sociales.

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En este sentido, los partidos políticos de oposición claramente no están entendiendo que el país cambió, y que la sociedad habló muy claro en la elección de 2018. Esto implica que en la arena política solo exista un actor, que es el Presidente.

Ni PRI ni PAN, los dos partidos más longevos del país, se han preocupado por sentarse a escuchar a la sociedad. Por hacer una pausa para entender por qué fueron sacados del poder de una patada, y reducidos a sus mínimos históricos de votación desde que hay competencia electoral.

Ambos están enfrascados aún en las luchas internas, en ver qué grupo gana el control de las miserias que les quedan. Lejos de reconfigurar y reinventar sus institutos políticos. Están sin brújula.

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Y en el Congreso Federal, están sin la menor guía, sin agendas. El PAN oponiéndose y haciendo alaraca por todo. El PRI simplemente sin la menor visibilidad.

En cuanto a contrapesos sociales, la historia no es muy distinta. En el empresariado aún hay muchos que, por simple aversión personal al presidente, se empeñan en denostar y criticar cualquier acción; en muchos casos acciones que nunca antes les molestaron de otros gobiernos.

Hay un sector del empresariado que busca una estrategia de diálogo y propuesta, de dejar atrás la visión siempre reactiva, y de empezar a trabajar con una visión más integral. Sin embargo, tampoco logra mostrar un sentido más profundo de la necesidad de cambiar la cultura empresarial.

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La sociedad civil organizada sigue desdibujada, ausente. Lejos de demostrar que pueden ser un factor de incidencia, algunos siguen enfrascados en victimizarse ante las acciones del gobierno; mientras que otros no logran concebir su supervivencia sin recursos públicos.

Y la sociedad, en general, está muy cómoda siguiendo el juego de la división. Tanto los que apoyan al presidente como sus detractores usan el mismo lenguaje de denostación, contentos con sus cámaras de resonancia, refugiados en sus silos.

Los medios, salvo honrosas excepciones como el que publica a este humilde opinador, están instalados en seguir el juego de la confrontación. En agendas personalistas a favor o en contra del presidente. Sin preocuparse por informar, sin ayudar a minimizar los discursos de confrontación.

Y el común denominador en todos los actores, presidente, gobierno, partidos, empresariado y sociedad civil, es la total falta de reconocimiento de los errores cometidos hasta ahora. La plena incapacidad de entender el contexto actual y de recapacitar y corregir las faltas.

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Para muchos de nosotros era claro hace año y medio que se necesitaba un cambio urgente de gobierno. Que la sacudida era necesaria para hacer entrar en razón a todos los actores. Pocos entendimos que el riesgo de la continuidad era una severa crisis social sin precedentes.

En este primer año de gobierno, todos seguimos ensimismados. Cada vez hay menos diálogo. Cada vez se respeta menos al otro. Y desde ninguna trinchera parece haber líderes.

La región está convulsa. México compró un poco de tiempo, que ahora dilapidamos. Ojalá este segundo año entremos en cordura, o pronto nos veremos peor que Chile y el resto de la región.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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