Cada 12 de julio celebramos el Día del Abogado en México. Ese día, en 1553, Bartolomé de Frías y Albornoz impartió la primera cátedra de Derecho de toda América, en la recién fundada Real y Pontificia Universidad de México. No conmemoramos un juicio ganado ni a un litigante heroico. Conmemoramos una clase: el día en que el derecho se volvió enseñable en el continente.
Del abogado que interpreta al abogado que diseña
Desde el primer día, formamos abogados para una sola tarea: interpretar la norma y aplicarla después del hecho. Durante casi cinco siglos, toda la profesión giró alrededor de ese verbo, interpretar. El derecho como instancia externa, tardía y reactiva, que aparece cuando el conflicto ya estalló.
Ese modelo hoy tiene un problema: interpretar y aplicar una norma existente es, precisamente, lo que la inteligencia artificial hace a escala y a bajo costo. Por eso el Día del Abogado es la mejor fecha para una pregunta incómoda: ¿Seguimos formando lo mismo?
Propongo un principio distinto, al que llamo Latencia Cero Legal: el derecho deja de ser un trámite posterior y se convierte en infraestructura operativa. No se trata de interpretar más rápido lo que ya se rompió; se trata de diseñar los sistemas para que no se rompan.
México ya vive esa idea sin haberla nombrado. Cuando el SAT trasladó la facturación al comprobante digital, la norma fiscal dejó de ser un manual que se consulta y se volvió parte del software: hoy es casi imposible emitir una factura que no cumpla, porque la regla está embebida en el sistema y se valida antes de que el documento exista. A eso lo llamo Derecho Embebido: derecho construido dentro del producto y del proceso, para que funcione antes de que alguien tenga que invocarlo. La factura fue apenas el primer territorio; la misma lógica llegará a los contratos, al trabajo, al consumo y a los datos. Imaginemos un crédito que no pueda otorgarse con una cláusula abusiva porque el sistema no lo permite, o una plataforma laboral que advierta una condición ilegal antes de la firma. En ese mundo, cumplir la ley no será un esfuerzo adicional: será la única forma en que el sistema sabe funcionar.
Esto no elimina al abogado: cambia su lugar. La IA automatiza la parte reactiva de la profesión; lo que no automatiza es el criterio de quien decide cómo debe comportarse un sistema antes de operarlo. El abogado que viene no solo interpreta reglas: las diseña, las embebe y responde por ellas. Y a medida que delegamos decisiones en algoritmos, alguien tiene que definir qué deben y qué no deben hacer: esa no es una tarea técnica, es decidir qué sociedad estamos programando. Hay ahí, además, una promesa de acceso: millones de personas en México cargan con un problema legal que nunca llega a un abogado, porque llega tarde, cuesta demasiado o está escrito en un idioma que no entienden. Un derecho embebido en los servicios que ya usan es un derecho que por fin las alcanza.
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Hace 470 años, en este país, se dio la primera clase de Derecho de América para formar intérpretes. El mejor homenaje que podemos hacernos este 12 de julio es empezar a formar diseñadores.
El derecho no va a desaparecer. Va a cambiar de lugar. Y a los abogados nos toca, otra vez, enseñar el que viene: esta vez desde adentro de los sistemas.
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Nota del editor: Juan Manuel Haddad, secretario general de Telefónica Movistar Mexico. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.