La cooperación "sin precedentes" con Estados Unidos e Israel que promete De la Espriella tampoco es garantía de resultados.
Colombia ya tuvo, durante el Plan Colombia, el mayor despliegue de cooperación antinarcótica de su historia, con presupuestos millonarios, fumigaciones aéreas, operaciones especiales y asesoría militar permanente. Al final de esa era, el país seguía siendo el principal productor de cocaína del planeta.
La variable que ninguna coalición militar ha podido resolver no es táctica, es estructural: mientras exista demanda en Estados Unidos y Europa, existirán producción y tráfico en América Latina, independientemente del gobierno en turno en Bogotá o en Ciudad de México.
México: soberanía como doctrina, aislamiento como costo
La posición de Sheinbaum ante todo esto es internamente “coherente” pero geopolíticamente costosa. "Que cada quien se encargue de su parte" es una frase defensivamente correcta y estratégicamente insuficiente.
México tiene razón en rechazar la injerencia de fuerzas extranjeras en su territorio y en mantener sus mecanismos bilaterales propios con Washington.
Pero mientras Colombia se integra al Escudo de las Américas y ocupa, según el senador Bernie Moreno, "una posición central" en la nueva arquitectura de seguridad regional, México queda posicionado —quiera o no— como el actor que dice no a la coalición que dice combatir lo que México produce y trafica.
Eso tiene un costo de narrativa que ya está siendo aprovechado: Trump, De la Espriella y la Casa Blanca construyen un relato donde la ausencia mexicana equivale a complicidad. No es un argumento justo, pero es un argumento político eficaz.
Lo que nadie quiere decir en voz alta
La verdad incómoda que ningún gobierno de la región verbaliza es que el crimen organizado transnacional es, antes que un problema de seguridad, un problema de economía política.
Mientras la cocaína colombiana valga más en Chicago que en Bogotá, los cárteles mexicanos seguirán siendo el eslabón más lucrativo de esa cadena. Ningún escudo —ni el de Trump, ni el de De la Espriella, ni el de nadie— ha logrado atacar esa ecuación en cuatro décadas de "guerra contra las drogas."
Lo que se está reconfigurando en este momento no es nada más la seguridad hemisférica. Es el reparto de roles en una coalición política que usa el narcotráfico como argumento de cohesión y como herramienta de presión sobre los que no se suman.
México lo sabe. El problema es que saberlo no equivale a tener una estrategia para responderlo.
Y esa estrategia, hasta ahora, brilla por su ausencia.
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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.