La presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido que la decisión de no impulsar la extensión de la vigencia del T-MEC corresponde exclusivamente a Estados Unidos y que el gobierno mexicano ha hecho todo lo que estaba en sus manos para preservar el Tratado. La primera afirmación es difícil de discutir. La segunda resulta más discutible y merece un análisis más cuidadoso.
El T-MEC, ¿hizo Sheinbaum lo suficiente?
La historia de la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte a principios de los años 90, demuestra que México no defendió sus intereses en Estados Unidos limitándose a negociar con la Casa Blanca o el Congreso en Washington. El gobierno mexicano entendió que el verdadero campo de batalla no era únicamente la mesa de negociación, sino la opinión pública y los grupos de influencia estadounidenses.
Por eso, entre 1990 y 1993, México desplegó la estrategia de diplomacia pública más ambiciosa de su historia. El gobierno contrató despachos jurídicos, empresas de relaciones públicas y cabilderos; movilizó a su red diplomática y consular; fortaleció el diálogo con empresarios, universidades, centros de investigación, organizaciones mexicoamericanas, medios de comunicación, líderes religiosos y comunitarios; y promovió un mensaje sencillo pero poderoso: un tratado comercial con México también beneficiaba a Estados Unidos. El propio presidente Carlos Salinas de Gortari asumió personalmente esa tarea y realizó constantes visitas a Washington, Nueva York y ciudades políticamente estratégicas como Chicago, Los Ángeles, San Diego, Houston, Miami y San Antonio.
La estrategia buscaba construir una amplia coalición de intereses capaz de ejercer presión sobre el Congreso y la Casa Blanca, que hiciera posible la aprobación del TLCAN.
Tres décadas después, esa concepción prácticamente ha desaparecido de la política exterior mexicana. No existe evidencia de un esfuerzo equivalente para persuadir a la sociedad estadounidense de que debilitar el T-MEC también afecta a sus trabajadores, consumidores, empresas y comunidades fronterizas.
La diferencia es mucho más profunda que un cambio de estilo. Refleja la forma en que los gobiernos de la Cuarta Transformación entienden la política exterior y expone tres limitaciones que han tenido para desarrollar una sólida estrategia de diplomacia pública en Estados Unidos: su desinterés y falta de entendimiento de los asuntos internacionales, su preocupación por el intervencionismo de Estados Unidos en México y las restricciones de su austeridad.
1.- Desinterés internacional. Aunque la presidenta Sheinbaum ha mostrado una mayor disposición a participar en foros internacionales que su antecesor, mantiene la idea de que "la mejor política exterior es la política interior". Pero la política exterior no puede reducirse a esperar que los logros internos hablen por sí solos en el extranjero. La influencia internacional también se construye mediante presencia política, relaciones personales y comunicación estratégica.
2.- Obsesión con el intervencionismo. Influir en Washington exige participar activamente en su vida política: identificar aliados, construir confianza con legisladores, gobernadores, empresarios y organizaciones civiles, invertir tiempo en reuniones y mantener un diálogo constante. Sin embargo, un gobierno que denuncia sistemáticamente cualquier intento de influencia extranjera en México difícilmente se siente cómodo desarrollando ese mismo tipo de estrategia en Estados Unidos. El resultado es una diplomacia mucho más pasiva de lo que exige la realidad y de lo que permite la realidad estadounidense.
3.- Austeridad paralizante. La diplomacia pública requiere recursos. Implica contratar especialistas en comunicación estratégica, cabildeo y relaciones públicas, producir investigación, organizar encuentros y fortalecer el trabajo de las embajadas y consulados. Todo ello supone inversiones que los gobiernos de la Cuarta Transformación no entienden, consideran prescindibles o juzgan políticamente difíciles de justificar.
Nada de esto garantiza que Donald Trump hubiera modificado su posición respecto del T-MEC. Pero los gobiernos que entienden cómo funciona Washington saben que el éxito no consiste en convencer a una persona sino en construir una red de aliados que aumente el costo político de adoptar decisiones contrarias a los intereses de México.
La presidenta Sheinbaum tiene razón cuando afirma que no puede controlar las decisiones de Washington. Ningún gobierno mexicano puede hacerlo. Lo que sí está en sus manos es construir una estrategia capaz de influir sobre quien moldea la política de la Casa Blanca hacia México. Ahí reside la diferencia entre una diplomacia que reacciona a los acontecimientos y otra que trabaja para modificarlos, entre buscar influir en las decisiones de Estados Unidos o en conformarse con padecerlas.
En la relación con Estados Unidos, negociar siempre ha sido indispensable. Pero persuadir ha sido, con frecuencia, aún más importante. México ya entendió esa lección. Lamentablemente su gobierno parece haberla olvidado.
_____
Nota del editor: Antonio Ocaranza Fernández es CEO de OCA Reputación. Síguelo en X como @aocaranza y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.