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México, aliado estratégico… hasta que estorba la foto

Cooperamos mucho, decidimos poco, aparecemos solo cuando conviene.
¿Quién es Juan Carlos Valencia, el hijastro estadounidense de “El Mencho” que lideraría el CJNG?
La velocidad con la que Estados Unidos reconstruyó el organigrama criminal —mientras México apenas administra el silencio oficial— dice más de la asimetría de inteligencia entre ambos países que cualquier comunicado de la Secretaría de la Defensa, señala Alberto Guerrero Baena. (Departamento de Justicia)

La cabeza sin corona

El 22 de febrero, un operativo militar en la sierra de Tapalpa terminó con la vida de Nemesio Oseguera Cervantes, "El Mencho", el hombre que durante más de una década sostuvo la arquitectura de mando del Cártel Jalisco Nueva Generación.

Seis meses después, Washington ya tiene nombre para su sucesor: Juan Carlos Valencia González, "El Pelón", hijastro del propio Oseguera, con una recompensa que el Departamento de Justicia elevó a 25 millones de dólares dentro de un paquete de 102 millones por ocho cabecillas de la organización.

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La velocidad con la que Estados Unidos reconstruyó el organigrama criminal —mientras México apenas administra el silencio oficial— dice más de la asimetría de inteligencia entre ambos países que cualquier comunicado de la Secretaría de la Defensa.

No es solo que Washington sepa quién manda en el CJNG: es que lo sabe, lo anuncia y lo capitaliza políticamente antes de que la Fiscalía General de la República siquiera confirme la línea de sucesión.

Esa brecha de tiempo, de información y de autoridad moral es la primera grieta que esta columna quiere exhibir sin anestesia, porque no es un matiz técnico: es la evidencia de que el diseño institucional mexicano sigue funcionando a remolque, no a la par, de sus contrapartes estadounidenses.

El expediente que no se abre

Aquí es donde la severidad se vuelve obligación profesional.

El mismo aparato de inteligencia estadounidense que ubicó a "El Mencho" en Tapalpa y que hoy pone precio a la cabeza de sus herederos, mantiene desde abril una acusación formal contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, presentada ante una corte federal de Nueva York por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. México no lo ha extraditado.

El argumento oficial —soberanía, ausencia de pruebas concretas, injerencia electoral— es jurídicamente legítimo en abstracto, pero políticamente insostenible cuando se coloca junto al expediente de otros gobernadores, alcaldes y exfuncionarios morenistas señalados en reportes periodísticos por revocación de visa.

No hablo de culpabilidad probada: la mayoría de esos señalamientos son justamente eso, señalamientos, no sentencias.

Pero la incongruencia no está en la culpa, está en el trato.

Un país que permite operativos letales basados en inteligencia extranjera para abatir a un capo, y que simultáneamente se niega a siquiera indagar con seriedad las acusaciones contra su propia clase gobernante, no está defendiendo soberanía: está administrando selectivamente su exposición.

Eso no es política de seguridad, es cálculo de daño reputacional, y el país paga la factura cada vez que un gobernador señalado niega ante cámaras lo que ni siquiera se ha investigado con rigor propio.

El Escudo que deja fuera a México

La tercera arista, la geopolítica, agrava el cuadro.

Desde marzo, Estados Unidos armó el "Escudo de las Américas", una coalición militar y de inteligencia con gobiernos alineados ideológicamente a Washington —Argentina, Ecuador, Paraguay, El Salvador, entre otros—, ahora transitando hacia un Grupo de Trabajo Conjunto del Hemisferio Occidental.

México no está en la lista.

No es un descuido: es una decisión.

Mientras la región se reordena alrededor de una arquitectura de seguridad diseñada en Doral, Florida, el país con la frontera más larga, el mayor volumen de tráfico de fentanilo y la relación comercial más profunda con Estados Unidos queda deliberadamente al margen de la mesa donde se define esa arquitectura. Eso debería alarmar a cualquier estratega de seguridad nacional, y sin embargo el debate público mexicano sigue atrapado discutiendo comunicados de prensa en lugar de preguntarse por qué México, por primera vez en su historia reciente de cooperación bilateral, no tiene asiento en la coalición que su vecino más importante está construyendo para operar en su propio patio trasero.

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El cálculo que no se dice en voz alta

No tengo una cita textual de ningún funcionario estadounidense que confirme esta lectura, así que la ofrezco como lo que es: una inferencia analítica, no un hecho.

Pero es difícil no notar el patrón. Estados Unidos entra en un ciclo electoral intermedio en noviembre, y la política exterior de mano dura contra el narcotráfico mexicano —recompensas millonarias, cargos desclasificados, señalamientos a gobernadores— tiene un valor doméstico evidente para una administración que necesita mostrar resultados tangibles a su electorado antes de las urnas.

Esa lectura no resta legitimidad a la información de inteligencia en sí misma; la información puede ser correcta y el cálculo político puede coexistir con ella.

Pero México haría bien en dejar de leer cada anuncio de Washington como un gesto de cooperación desinteresada, porque no lo es, nunca lo ha sido del todo, y la diferencia entre entender eso y no entenderlo es la diferencia entre negociar con cabeza fría y administrar sorpresas.

Lo que hay que hacer, no solo lo que hay que lamentar

La crítica sin propuesta es desahogo, no análisis.

México necesita:

a) Un mecanismo binacional de verificación de evidencia que blinde tanto la soberanía procesal como la credibilidad institucional, en lugar del actual toma y daca de comunicados.

b) Una estrategia de inteligencia propia que no dependa exclusivamente de insumos estadounidenses para ubicar liderazgos criminales dentro de su propio territorio.

c) Una decisión explícita sobre su relación con el Escudo de las Américas: entrar con condiciones claras o construir una alternativa regional propia, pero no seguir en el limbo de la irrelevancia estratégica.

La paciencia diplomática de Washington, como toda liga, tiene un punto de ruptura. México no puede seguir apostando a que ese punto nunca llegue.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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