La metodología que sostiene ese número es opaca, carente de auditoría externa y contaminada por una práctica que en el argot criminológico se llama reclasificación delictiva: mover cadáveres de una categoría estadística a otra para que los muertos pesen menos en el tablero político. No es una acusación menor. Es una distorsión sistemática de la realidad que vulnera el derecho ciudadano a la información veraz y traiciona la base de cualquier política pública seria: el diagnóstico honesto.
La afirmación de una reducción del 20% en delitos de alto impacto merece idéntico escrutinio.
Descabezar estructuras criminales —cuando eso efectivamente ocurre— no desmantela la gobernanza criminal.
Las organizaciones que operan hoy en México no son pandillas jerárquicas dependientes de un capo. Son empresas criminales con franquicias territoriales, diversificación de mercados, capacidad logística transnacional y, en vastas regiones del país, mayor presencia institucional que el propio Estado.
Eliminar a un líder activa mecanismos de sustitución, fragmentación y, frecuentemente, escalada de violencia. El fenómeno tiene nombre en la literatura especializada: efecto cucaracha.
El discurso oficial lo ignora con absoluta comodidad.
La fachada humanista y sus costos reales
Se insiste desde el oficialismo en que la construcción de paz descansa sobre la política social: becas, transferencias, programas de bienestar.
Nadie con seriedad académica niega que la exclusión social alimenta los circuitos de reclutamiento criminal.
Pero nadie con honestidad intelectual puede sostener que una beca, sin arquitectura de prevención del delito con evaluación de impacto real y territorialización inteligente, produce pacificación.
Lo que produce es dependencia clientelar.
La diferencia no es ideológica. Es técnica, y sus consecuencias son letales.
El riesgo de presentar política social como sustituto de política de seguridad no es retórico: es institucional.
Cuando el Estado renuncia a la presencia territorial coercitiva legítima y la sustituye por transferencias monetarias, el vacío lo ocupa quien sí tiene presencia, disciplina y capacidad de fuego.
Las empresas criminales no compiten con el gobierno por los votos; los compran, cooptan y además compiten por el territorio, y en esa disputa llevan años ganando sin que ningún informe presidencial lo reconozca con la gravedad que merece.
Llamar humanismo a esa abdicación estratégica es un eufemismo que los habitantes de Sinaloa, Guerrero, Michoacán y Colima pagan con sangre cotidiana.