El problema es que fuera del salón de conferencias, México sangra con una regularidad que ninguna estadística institucional parece capaz de recoger honestamente.
La pregunta no es menor: ¿qué metodología, qué línea de tiempo, qué recorte temporal conveniente se está utilizando para producir ese porcentaje?
En materia de estadística criminal, el diablo vive en el denominador. Elegir un mes o un periodo particularmente violento como punto de partida de la comparación permite fabricar cualquier reducción que políticamente se desee mostrar.
Es un truco tan viejo como la política misma, y en México se ha elevado a técnica de Estado.
No es un error técnico: es una decisión.
Dos Méxicos, una sola mañanera
Lo que documenta la prensa local en Guanajuato, Michoacán, Chiapas, Guerrero, Zacatecas, Colima o Sinaloa es cualitativamente incompatible con lo que se presenta en el podio presidencial.
Cuerpos, desplazamientos forzados masivos, extorsión sistémica, bloqueos carreteros, municipios bajo control fáctico del crimen organizado: esa es la cartografía real de la violencia en México.
Las fiscalías estatales —muchas con sistemas de registro fragmentados, capturados o directamente cooptados por intereses locales— son la fuente principal de los datos que alimentan el tablero nacional.
Fiar la narrativa de seguridad pública a esos registros sin auditoría independiente no es política pública: es fe ciega o, peor, cálculo político deliberado.
La prensa regional, con todas sus limitaciones estructurales y los riesgos personales que enfrenta —algunos de sus periodistas han pagado con la vida la osadía de informar— contradice sistemáticamente la versión oficial. Eso no es anecdótico ni marginal. Es un patrón sostenido.
Y los patrones, en análisis criminal riguroso, tienen peso evidencial que ninguna conferencia matutina puede desestimar impunemente.