Todo lo demás, incluyendo la flamante Comisión de Verificación de Integridad de Candidaturas, es ruido institucional diseñado para que no la formulemos.
Un árbitro al que le piden hacer de policía
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es elocuente en sus artículos 21 y 102: la investigación de delitos y la persecución de vínculos con el crimen organizado corresponden exclusivamente al Ministerio Público y a las instituciones de seguridad e inteligencia del Estado.
El artículo 41 es igualmente claro respecto al INE: organizar elecciones, garantizar equidad en la contienda, fiscalizar partidos, proteger derechos político-electorales. En ningún rincón del texto constitucional existe mandato alguno que convierta al árbitro electoral en agencia de inteligencia.
La iniciativa de Sheinbaum no amplía facultades del INE. Le impone una carga para la que no tiene capacidad técnica, marco jurídico ni autonomía real.
Le entrega un papel que no le corresponde: el de retransmisor de datos de inteligencia producidos por instituciones bajo control —directo o indirecto— del propio Ejecutivo que promueve la reforma.
Eso no es fortalecer la democracia. Es colocar al árbitro bajo la tutela de uno de los jugadores.
La anatomía de un mecanismo inútil
El diseño operativo de la comisión propuesta es, en términos de política pública, un caso de manual sobre cómo construir una institución que parezca funcionar sin que funcione.
Los partidos entregarán “voluntariamente” listas de aspirantes —la voluntariedad ya es una confesión de que el mecanismo no tiene dientes—; la comisión consultará al CNI, la FGR, la UIF y la CNBV, quienes responderán únicamente con un semáforo binario: riesgo o no riesgo; el INE transmitirá esa señal a los partidos sin revelar los expedientes, sin ofrecer al candidato evaluado el derecho de conocer los elementos en su contra, y sin consecuencias jurídicas vinculantes.
Los partidos decidirán.
No el INE. No la justicia. Los partidos.
Es decir: los mismos actores cuya insuficiencia para filtrar candidatos con vínculos criminales supuestamente justifica la reforma serán los que, al final, decidan si la aplican o no.
El círculo vicioso está completo. El mecanismo nace muerto.