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Cuando el árbitro es árbitro, policía y sospechoso

El INE que Sheinbaum necesita ya no es INE.
vie 29 mayo 2026 06:07 AM
INE Magistrados de Circuito
Mientras el debate público se concentra en si el INE debe o no investigar candidatos, nadie pregunta por qué la FGR no lo hizo cuando debía. Y esa distracción, en política de seguridad, tiene siempre un costo que paga la ciudadanía, considera Alberto Guerrero Baena. (Instituto Nacional Electoral)

El problema real que nadie quiere nombrar

Hay una pregunta que el gobierno de Claudia Sheinbaum no ha respondido —y que nadie en la mañanera se ha atrevido a formularle con la crudeza que merece—: si el Centro Nacional de Inteligencia, la Fiscalía General de la República y la Unidad de Inteligencia Financiera ya tenían información sobre los nexos criminales de Diego 'N' en Tequila, de los alcaldes de Cuautla y Atlatlahuacan con 'El Barbas', y de decenas de funcionarios municipales detenidos en la Operación Enjambre, ¿por qué no actuaron antes de que estos personajes ganaran sus elecciones?

La respuesta a esa pregunta —que el gobierno evita con narrativas políticas— es la única que importa en este debate.

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Todo lo demás, incluyendo la flamante Comisión de Verificación de Integridad de Candidaturas, es ruido institucional diseñado para que no la formulemos.

Un árbitro al que le piden hacer de policía

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es elocuente en sus artículos 21 y 102: la investigación de delitos y la persecución de vínculos con el crimen organizado corresponden exclusivamente al Ministerio Público y a las instituciones de seguridad e inteligencia del Estado.

El artículo 41 es igualmente claro respecto al INE: organizar elecciones, garantizar equidad en la contienda, fiscalizar partidos, proteger derechos político-electorales. En ningún rincón del texto constitucional existe mandato alguno que convierta al árbitro electoral en agencia de inteligencia.

La iniciativa de Sheinbaum no amplía facultades del INE. Le impone una carga para la que no tiene capacidad técnica, marco jurídico ni autonomía real.

Le entrega un papel que no le corresponde: el de retransmisor de datos de inteligencia producidos por instituciones bajo control —directo o indirecto— del propio Ejecutivo que promueve la reforma.

Eso no es fortalecer la democracia. Es colocar al árbitro bajo la tutela de uno de los jugadores.

La anatomía de un mecanismo inútil

El diseño operativo de la comisión propuesta es, en términos de política pública, un caso de manual sobre cómo construir una institución que parezca funcionar sin que funcione.

Los partidos entregarán “voluntariamente” listas de aspirantes —la voluntariedad ya es una confesión de que el mecanismo no tiene dientes—; la comisión consultará al CNI, la FGR, la UIF y la CNBV, quienes responderán únicamente con un semáforo binario: riesgo o no riesgo; el INE transmitirá esa señal a los partidos sin revelar los expedientes, sin ofrecer al candidato evaluado el derecho de conocer los elementos en su contra, y sin consecuencias jurídicas vinculantes.

Los partidos decidirán.

No el INE. No la justicia. Los partidos.

Es decir: los mismos actores cuya insuficiencia para filtrar candidatos con vínculos criminales supuestamente justifica la reforma serán los que, al final, decidan si la aplican o no.

El círculo vicioso está completo. El mecanismo nace muerto.

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"Riesgo razonable": la ficción jurídica que lo contamina todo

El concepto articulador de toda la propuesta —el umbral que determina si un candidato es señalado— es el "riesgo razonable."

Esas dos palabras son la fisura por la que se cuela todo el potencial autoritario de la iniciativa. En el ordenamiento jurídico mexicano no existe una definición operativa de ese estándar para fines electorales.

No hay criterio objetivo, no hay parámetro de proporcionalidad, no hay protocolo de verificación cruzada.

Quien define qué es razonable —en los hechos, las instituciones del Ejecutivo que entregan la información— tiene poder absoluto sobre el resultado.

Un candidato incómodo puede ser señalado con una alerta financiera sin sustento. Un candidato conveniente puede ser exonerado con información selectivamente omitida.

Todo dentro del marco legal. Todo perfectamente opaco.

La vaguedad no es descuido técnico. En política, la vaguedad estratégica siempre tiene dueño.

A quién le toca realmente este trabajo

El sistema jurídico mexicano ya tiene los instrumentos para hacer lo que esta iniciativa pretende simular.

La FGR puede solicitar al TEPJF la cancelación del registro de un candidato si existe vinculación comprobada con el crimen organizado. La UIF puede emitir alertas de operaciones financieras sospechosas ligadas a campañas electorales, sujetas a investigación ministerial.

Los partidos políticos tienen —y han tenido siempre— la obligación estatutaria de verificar la idoneidad de sus candidatos.

El INE puede fiscalizar el financiamiento de campaña para detectar recursos de procedencia ilícita.

Todos estos mecanismos existen. Ninguno funciona a cabalidad.

No porque falte una comisión de verificación. Porque faltan voluntad política, autonomía institucional y recursos para perseguir al crimen organizado cuando este financia a partidos que gobiernan o que aspiran a gobernar.

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El blindaje que no blinda a nadie, excepto al gobierno

Lo que el gobierno presenta como política de seguridad electoral es, en el análisis descarnado, una operación de desplazamiento de responsabilidades.

El Ejecutivo Federal ha sido incapaz —o, peor, ha elegido no— utilizar con eficacia real las herramientas de inteligencia y procuración de justicia que ya posee para impedir que el crimen organizado colonice el poder local.

Ante ese fracaso, en lugar de rendir cuentas, diseña una nueva institución que transfiere la responsabilidad al INE, que a su vez la transfiere a los partidos, que a su vez podrán argumentar que siguieron el protocolo.

La cadena de impunidad se sofistica. La infiltración criminal no se detiene.

Y el gobierno mantiene el relato de que "hizo algo." Eso es lo verdaderamente peligroso de esta iniciativa: no sus riesgos jurídicos —que son reales y severos—, sino su eficacia narrativa.

Mientras el debate público se concentra en si el INE debe o no investigar candidatos, nadie pregunta por qué la FGR no lo hizo cuando debía.

Y esa distracción, en política de seguridad, tiene siempre un costo que paga la ciudadanía.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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