Hoy, la realidad mexicana no solo alcanzó ese guion de televisión por cable: lo superó en brutalidad, en escala, en profundidad institucional y en la velocidad con que se normaliza.
El problema ya no es que exista el fenómeno.
El problema es que el Estado mexicano carece de capacidad real —no retórica— para desmontarlo.
Lo que estamos viendo no es una crisis de seguridad convencional.
Es la consolidación de una gobernanza criminal paralela que opera con lógica de Estado: recauda, imparte justicia a su manera, recluta, premia la lealtad y castiga la disidencia. Y lo hace con una narrativa cultural seductora que el gobierno federal no ha podido —ni ha sabido— contrarrestar.
La seducción que el Estado no supo responder
El reclutamiento criminal no se hace hoy solo con amenazas. Se hace con aspiraciones.
El narco ofrece lo que el Estado nunca garantizó: certeza de ingreso, pertenencia social, identidad y reconocimiento. Los corridos tumbados, la estética del "buen vivir criminal", las redes sociales saturadas de personajes que ostentan lo que la política social promete en sexenios y nunca entrega en resultados concretos, constituyen un sistema de valores alternativos perfectamente articulado.
Frente a eso, la narrativa gubernamental de bienestar —basada en transferencias monetarias directas, pensiones y becas— resulta estructuralmente insuficiente.
No porque el apoyo social sea malo en sí mismo, sino porque no construye ciudadanía, no genera identidad institucional, no produce apego al Estado de derecho.
Compra tiempo, no transforma realidades.
Un joven de 17 años en Culiacán, en Apatzingán o en Ecatepec no elige entre una beca y un cartel: elige entre dos proyectos de vida, y uno de ellos lleva camioneta del año.
La complicidad que no se nombra
El escándalo más grave no es la violencia visible.
Es la gobernanza criminal que opera desde adentro de las instituciones. Presidencias municipales donde el alcalde negocia la paz territorial con el grupo dominante. Corporaciones policiales donde el mando medio es el enlace operativo del crimen organizado. Fiscalías donde la carpeta de investigación se archiva antes de abrirse.