Lo que hoy ocurre en el escenario político nacional no es novedad histórica, pero sí alcanza niveles de cinismo que exigen nombrarse sin eufemismos ni cortesías diplomáticas: el nacionalismo patriotero se ha convertido en el instrumento predilecto de contención ante el fracaso sistemático, documentado e inocultable de las políticas de seguridad, relaciones exteriores y procuración de justicia en México.
Grupos musicales convocados con recursos públicos, reivindicaciones históricas arrancadas de su contexto y rearmadas al servicio de la coyuntura, la figura de Hernán Cortés reinterpretada con una visión que hubiera avergonzado a cualquier historiador serio, el escudo de la soberanía agitado frenéticamente frente a cada cuestionamiento legítimo que llega desde afuera.
Todo ello conforma un arsenal retórico meticulosamente construido que no resuelve un solo homicidio, no localiza a un solo desaparecido, no desmantela una sola célula criminal y no repara ni un milímetro del tejido institucional que este país lleva décadas deshilachando.
Es un gobierno que ha aprendido a gobernar el relato mientras abandona el territorio.
Soberanía, la gran mentira territorial
El problema más profundo de este discurso no es su torpeza política, aunque es monumental, sino su falsedad estructural.
La soberanía, concepto jurídico y político de altísima precisión técnica, se invoca como talismán frente a presiones externas, como si nombrarla bastara para materializarla.
Pero hay una pregunta que el gobierno mexicano nunca responde, que esquiva sistemáticamente en cada conferencia mañanera, en cada declaración de cancillería y en cada evento de plaza pública: ¿dónde está esa soberanía dentro del propio territorio nacional?
Los centros de reclusión del país son, en términos operativos reales, territorios donde el Estado mexicano no ejerce autoridad efectiva.
Las organizaciones criminales administran módulos completos, regulan economías internas, coordinan operaciones delictivas desde el interior hacia el exterior, y establecen códigos de disciplina propios que sustituyen al reglamento penitenciario oficial. No es retórica ni exageración: es una realidad documentada reiteradamente por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, por el Subcomité de Prevención de la Tortura de la ONU y por diagnósticos técnicos del propio sistema penitenciario nacional que el gobierno recibe, archiva y deliberadamente ignora.