Al final, no todo lo que dijo fue malo. Por fin se vio apertura de entender que sí hay impactos negativos por sus aranceles, y que México sí debe tener mejores condiciones que el resto del mundo.
Lejos de gastar tiempo en refunfuñar, esa visita debe movernos a estar preparados para lo que viene. De saber cómo estará el escenario y tener alternativas que realmente permitan amortiguar los posibles impactos, y avanzar en lo poco o mucho que se pueda lograr.
El no haber definido un proceso claro para la revisión cuando debió hacerse es muestra de que los tiempos ya venían cambiando. Las revisiones cada seis años fueron un gran logro de México y una muy buena apuesta. Pero regresó el mismo presidente al poder, recargado. Esa es nuestra nueva realidad.
Por eso tenemos que pensar en qué tipo de acuerdo es suficientemente bueno para México, que nos permita mantener competitividad internacional. No en cuál es el acuerdo ideal y perfecto, porque ese ya no es un escenario. Incluso al pasar de TLCAN a T-MEC perdimos parte de ello.
Dejemos las ingenuidades. Ese tránsito al T-MEC no fue un buen acuerdo, al menos para el sector más grande del tratado, que es el automotriz. Fue un retroceso. Nuevamente, eso nos dejaba ver hacia donde se iba moviendo el mundo.
Ya estamos muy encaminados en esa ruta. Esta revisión seguramente volverá a tener aspectos regresivos. Es fundamental definir hasta qué punto se pueden aceptar cambios, sin comprometer la viabilidad económica del país, sin olvidar que el tratado es la base económica de México.
Nos guste o no, ya no estamos en los 90, las condiciones y realidad son muy diferentes. Nuestra forma de negociar también debe serlo. Y empieza por saber dónde estamos parados. Mientras más tardemos en entenderlo, menos podremos negociar. No se trata ni de cinismos, ni de nostalgias.
_____
Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.