Llegó una nueva gran oleada con los “gloriosos” años 90, que trajeron una serie de cambios tanto políticos como sociales, institucionales y económicos que refrescaron al sistema. Algunos de ellos iniciados en los 80 pero catalizados en los 90.
En el ámbito político, la caída del muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética, la formalización de la Unión Europea, una etapa de estabilización política y social en regiones como América Latina, fueron dando aires de esperanza.
Eso se acompañó de una nueva etapa de construcción institucional, por ejemplo, con la creación de la OMC (después de ser GATT), la revitalización de la OCDE y su apertura a países en desarrollo, la fuerte liberalización comercial, la creación del TLCAN como parámetro, y el fortalecimiento del sistema multilateral en material financiera.
Con ello, el impulso de la globalización como sistema predominante, acompañado de cambios de políticas públicas enfocados en el mejoramiento de los países en desarrollo dio bríos importantes que dieron certidumbre y estabilidad para las inversiones.
Lamentablemente, otra vez se dio todo por sentado. Se asumió que esos cambios eran suficientes, dejando de lado lo que pensaran y experimentaran las sociedades. Se nos olvidó la gente. Nos quedamos en los escritorios aleccionando.
Mientras tanto, se iban profundizando crisis sociales importantes que se pensaban resueltas. No nos dimos cuenta de que algo se estaba moviendo. Ganaron los intereses políticos, se anquilosaron las instituciones, y se olvidó la necesidad de consolidar ese sistema de reglas.