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Operativo en Chihuahua: cuando la cooperación binacional mata en silencio

Trabajar juntos está bien; morir juntos y negarlo, ya es otro nivel.
mié 22 abril 2026 06:05 AM
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Cuando un gobierno tarda en confirmar quiénes murieron, cómo murieron y bajo qué marco legal operaban, la opacidad se convierte en confesión involuntaria, señala Alberto Guerrero Baena. (Foto: Cuartoscuro.)

El accidente que no fue silencioso

Hay muertes que el Estado mexicano quisiera enterrar junto con sus muertos. El accidente ocurrido en la sierra de Chihuahua durante un operativo de desmantelamiento de laboratorios del crimen organizado es uno de ellos.

Cayeron elementos de la Agencia de Investigación Criminal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua —incluido su director— y, según versiones que circulan con insistencia en círculos de inteligencia y seguridad, dos agentes de origen estadounidense que participaban en la operación.

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El hermetismo oficial habla más que cualquier comunicado.

Cuando un gobierno tarda en confirmar quiénes murieron, cómo murieron y bajo qué marco legal operaban, la opacidad se convierte en confesión involuntaria.

Lo que se sabe es fragmentario pero revelador: la operación tenía escala, coordinación logística y un nivel de inteligencia previa difícilmente alcanzable por una fiscalía estatal actuando en solitario.

Los laboratorios desmantelados en zonas de alta peligrosidad serrana no se localizan con recursos propios de una institución cuyo presupuesto operativo es históricamente insuficiente. Alguien aportó inteligencia técnica. Alguien aportó capacidades. Y ese alguien no habla español como lengua materna.

La arquitectura jurídica que nadie respeta

El marco legal mexicano es meridianamente claro —y conveniente para ser ignorado. La Ley sobre la Celebración de Tratados, la Ley de Seguridad Nacional y los propios criterios de la Suprema Corte establecen que cualquier presencia de personal operativo extranjero en territorio nacional debe estar amparada por convenios formales, notificación a la Secretaría de Relaciones Exteriores y autorización explícita del Ejecutivo Federal.

La Iniciativa Mérida —hoy reformulada como Marco Bicentenario— establece canales institucionales precisamente para evitar la improvisación que cuesta vidas.

En la realidad operativa, estos protocolos son papel mojado con frecuencia lamentable.

Las agencias estadounidenses —DEA, FBI, HSI, CIA en sus vertientes de inteligencia— llevan décadas operando en México bajo distintas coberturas: agregadurías diplomáticas, programas de "asistencia técnica", capacitación y, en los casos más discretos, participación directa en operativos con contraparte mexicana.

El Estado mexicano lo sabe, lo tolera y en ocasiones lo solicita. Luego lo niega.

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La soberanía como recurso retórico

El gobierno federal mexicano —este y los anteriores— ha convertido la soberanía en un escudo semántico que se despliega selectivamente. Se invoca con estridencia cuando conviene al discurso político interno y se guarda en el cajón cuando la operatividad lo exige.

La diferencia con administraciones previas es que la actual elevó esta retórica a principio casi fundacional y teologal, mientras simultáneamente negociaba en silencio los términos de cooperación con Washington que permitieron, entre otras cosas, la captura de objetivos de alto valor y precisamente el tipo de operativos serranos como el que hoy produce cadáveres incómodos.

Un estado como Chihuahua, fronterizo, con presencia activa de los cárteles de Sinaloa y Juárez en sus serranas y valles, no puede combatir la producción de fentanilo y metanfetaminas sin inteligencia de calidad que sus propias capacidades institucionales no generan. Decir lo contrario es mentira de Estado.

Lo que los estados no pueden hacer solos —y lo que deben exigir

Aquí la propuesta es concreta e impostergable.

Primero: México debe construir un protocolo federal vinculante, público y supervisado por el Congreso, que regule la presencia y participación de agentes extranjeros en operativos nacionales. No puede seguir operándose en la penumbra del acuerdo informal.

Segundo: las fiscalías estatales deben contar con un canal institucional claro —no discrecional— para solicitar cooperación técnica federal y binacional, con trazabilidad documental y rendición de cuentas.

Tercero: debe crearse una contraloría especializada en cooperación en seguridad binacional, con facultades de revisión y acceso a información clasificada bajo supervisión parlamentaria, similar al modelo del Inspector General en el sistema estadounidense.

Cuatro: los acuerdos de cooperación operativa deben incluir cláusulas de protección y responsabilidad para el personal mexicano involucrado. Los agentes que mueren en la sierra merecen un Estado que reconozca en qué operación murieron.

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Los muertos no mienten

El accidente en Chihuahua es la fotografía descarnada de un sistema de seguridad que opera con dos caras: la del discurso soberanista para consumo interno y la de la cooperación táctica real para consumo operativo.

Esta esquizofrenia institucional no solo es políticamente hipócrita —es operativamente letal. Los muertos en la sierra son la consecuencia más brutal de un Estado que no ha tenido la valentía de formalizar lo que ya hace de facto.

Mientras México siga prefiriendo la retórica a la institucionalidad, seguiremos enterrando agentes sin poder decir, siquiera, en qué murieron.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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