Tanto el plan B como el que lo antecedió cuentan con una cantidad de problemas comunes que los descalifican antes de entrar en detalles. Empezaron por denostar a priori el valor de la representación proporcional sin ninguna legitimidad para hacerlo, pues no solo las izquierdas lograron buena parte de su representación a lo largo de los últimos 45 años por esa vía, sino que además el “sastre” de la iniciativa ha usado trajes plurinominales toda su vida. El problema no son los nefastos ejemplos de abundantes diputados plurinominales, sino el impacto que conlleva la eliminación de esta vía para la representación de las minorías y por lo tanto para el valor global de nuestra menguante democracia.
Democracia mexicana y Plan B, valor contra costo
Aunque el plan A naufragó por esperar infructuosamente que las rémoras del poder (PT y PVEM) inmolaran sus registros por mera lealtad a la 4ta transformación, el plan B podría contar con el apoyo de varios de sus filas, ante el incremento de las advertencias (¿amenazas?) desde la silla presidencial; además que necesitaría muchos menos votos. Igual que su nefasto antecedente, este plan B aplica la cantaleta de la austeridad republicana –cuyo significado ahora entendemos a cabalidad: ahorrarse la República, la representatividad y próximamente el Federalismo. Insiste en vender que el principal problema de la democracia mexicana es su costo, cuando en realidad es su valor, cosa muy distinta.
El problema no es solo el insultante costo de las campañas sino las carretadas de dinero ilegal y muchas veces criminal que fluye hacia ellas; el problema no solo es el costo de la publicidad convencional, sino que el partido del régimen emplea los medios del gobierno como sus vocerías. El problema no es tanto cuantos diputados, senadores y regidores lleguen a sus curules y escaños sino lo lejana que es su representatividad con respecto de las verdaderas causas, problemas y preocupaciones de sus electorados. El problema no es cuánto nos cuesta el INE sino el astronómico costo que implicará un INE diezmado, improvisado y capturado. El problema no es la existencia de la revocación de mandato sino su suplantación por una ratificación tramposa. El problema es nada más una democracia costosa sino una democracia simulada. El problema no es que salga caro, sino que no tenga sentido.
Ahora bien, si se trata de recortar gastos innecesarios, deficitarios, y opacos, tenemos el más largo de barriles sin fondo de nuestra historia reciente: tren maya, refinería dos bocas, AIFA, ‘farmaciota’ (perdón, bodegota) por solo decir algunos ostensibles ejemplos. El problema esencial de nuestro sistema electoral –para sus malquerientes-- no es su costo sino una de sus propiedades empíricamente verificables, que a pesar de sus no pocos defectos, ha sido capaz de propiciar alternancia política en varias ocasiones, esto es a lo que verdaderamente le temen y quieren cancelar mientras puedan. La idea de patear la escalera por la que subiste no habla de una clara vocación democrática.
No solo el índice de variedades de democracia (V-dem) de la Universidad de Gottemburgo captura ya el claro descenso de nuestro régimen al nivel de una autocracia electoral, sino que esta reforma impuesta desde el poder sin el consenso de la oposición no hace nada para remediarlo, sino que abre una vía hacia el fondo de esa y otras mediciones. El problema no es quedar exhibidos como parias de la democracia global –también bajo asedio en todos lados—sino que con este tipo de esfuerzos se tiran a la basura esfuerzos que incluso costaron vidas en la izquierda y derecha opositora.
Este retroceso llevará varias décadas en corregirse cuando vuelva la cordura. No vivíamos en el mejor vecindario pero ahora adquirimos una gravosísima hipoteca sobre la calle ocurrencia en el cruce con la avenida perversidad.
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Nota del editor: Las opiniones publicadas en este artículo corresponden exclusivamente al autor.