Donald Trump volvió a la Casa Blanca con una ambición que rompe el molde de una presidencia convencional. Su campaña prometió “hacer grande a Estados Unidos otra vez”, y el verdadero contenido de esa promesa ha sido la reconfiguración del papel estadounidense dentro del sistema internacional. El presidente republicano busca que su administración se inscriba como un punto de inflexión histórico y que su nombre figure junto al de mandatarios que marcaron época, como Abraham Lincoln, Franklin D. Roosevelt o Thomas Jefferson.
El liderazgo de Trump, el poder de la confrontación en la negociación
Su estilo se aproxima a la lógica descrita por Thomas Schelling en La estrategia del conflicto: la eficacia política descansa en la credibilidad de la amenaza. Aranceles, sanciones, clasificaciones unilaterales, liberación de presos por lealtad política, presiones públicas a aliados y la creación de mecanismos paralelos a la arquitectura multilateral —como el nuevo Consejo de Paz presentado en el marco del World Economic Forum en Davos— forman parte de una misma secuencia. Cada movimiento refuerza la credibilidad de sus amenazas y genera fricción antes de abrir cualquier espacio para la negociación.
En este esquema, el conflicto opera como condición previa del acuerdo. La negociación se organiza como una relación asimétrica en la que Estados Unidos ocupa una posición dominante. Los interlocutores llegan a la mesa después de constatar que las amenazas se materializan, lo que aumenta el peso político de su palabra. A ello se suma la exposición pública como instrumento de presión: ocurrió con María Corina Machado, a quien minimizó antes de recibirla en la Casa Blanca tras la captura de Maduro, y con la presidenta Claudia Sheinbaum, a quien acusó de encabezar un gobierno ligado al crimen organizado antes de dialogar con ella y emitir un elogio. La secuencia se repite: exhibición primero y luego conversación.
La politica comercial se ve plasmada en la politica exterior. La seguridad se traduce en argumento económico y la comunicación se integra de manera transversal como pieza central de la estrategia. Los mensajes en Truth Social sustituyen la discreción diplomática por una escena pública donde cada gesto cumple una doble función: presión externa y validación interna. Un ejemplo reciente es la publicación en la que “desinvita” al primer ministro de Canadá, Mark Carney, luego de que éste rechazara su incorporación al Consejo de Paz, acompañando el mensaje con la afirmación de que esa nueva organización será “la Junta de Líderes más prestigiosa jamás reunida, en cualquier momento”.
Joseph Nye distinguía entre Soft Power y Hard Power; en el esquema de Trump, la atracción simbólica pierde centralidad frente a la capacidad de imponer condiciones mediante coerción económica y política. Los organismos internacionales reducen su margen de influencia ante la utilidad inmediata de los mecanismos de presión. El multilateralismo cede espacio a acuerdos bilaterales construidos bajo escenarios de tensión y desequilibrio.
Este diseño encuentra coherencia en su relación con el electorado. Trump habla con hechos a una base que interpreta la política exterior como demostración de fortalez, y también la utiliza para mostrar mejoras, ya que la política doméstica (ICE y economía) le pasa factura. Las fronteras, los adversarios y las rupturas con las élites globales se convierten en referentes identitarios para sus electores. Cada confrontación internacional refuerza una narrativa doméstica orientada a recuperar la hegemonía global de Estados Unidos y al mismo tiempo el orgullo de los americanos.
En este contexto, las categorías normativas adquieren un papel secundario: democracias y autoritarismos se evalúan según su utilidad estratégica. La negociación con la cúpula venezolana tras la captura de Maduro respondió a esta racionalidad: estabilidad y margen de maniobra a cambio de concesiones económicas para Estados Unidos, bajo la advertencia implícita de que el desenlace puede ser similar al del propio Maduro en una cárcel de Nueva York. A unos días de distancia, resulta evidente que su prioridad consiste en reorganizar flujos de poder en función de intereses concretos.
La presidencia adopta así una forma autoral paralela a la institucionalidad. Instituciones alternativas, comunicación directa y dramatización constante configuran un estilo propio dentro de un orden mundial en transformación. La diplomacia se desplaza hacia el terreno del espectáculo estratégico. Trump ejerce el poder de manera visible y lo integra en una dinámica que refuerza sus objetivos políticos.
El liderazgo carismático se define por la capacidad de atraer, inspirar y persuadir a partir de la personalidad y la visión. Aunque encabeza el país más poderoso del mundo, Trump opera dentro de esa tradición: su autoridad se apoya en gestos, confrontaciones y en la construcción de un relato donde la figura presidencial ocupa el centro de la escena histórica. En Davos, por ejemplo, los líderes globales escucharon con atención su discurso para entender los siguientes movimientos respecto a Groenlandia.
Cada decisión parece formar parte de un capítulo mayor: la aspiración de modificar el orden mundial vigente y redefinir el eje geopolítico del siglo XXI. La discusión se desplaza de la eficacia inmediata de sus políticas hacia el nuevo orden mundial que impulsa.
El estilo de liderazgo de Donald Trump se expresa en la negociación como ejercicio permanente de poder. Cada vínculo político se estructura como una relación jerárquica en la que él fija el ritmo, los términos y el escenario. Negociar equivale a gobernar: producir hechos que obligan a otros actores a moverse dentro de un marco diseñado por su propia iniciativa. Su credibilidad se sostiene en la capacidad de imponer condiciones, administrar el conflicto y convertir cada acuerdo en una confirmación pública de su posición dominante dentro del tablero político.
Pero este tipo de liderazgo basado en la amenaza creíble, la confrontación y la imposición solo funciona si se cuenta con la capacidad real de aplicar consecuencias. Cuando un actor político intenta replicar este estilo sin el músculo institucional, económico o narrativo que lo respalde, lo único que proyecta es debilidad disfrazada de fuerza. El riesgo es alto, y no todos tienen con qué sostenerlo.
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Nota del editor: José Manuel Urquijo es maestro en Comunicación Política y Gobernanza Estratégica por la George Washington University. Fundó la agencia Sentido Común Latinoamérica y es consultor y estratega político con experiencia en campañas políticas en México y Latinoamérica. Síguelo en X como @JoseUrquijoR y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.