La cuarta reunión del Grupo de Trabajo Bilateral de Seguridad (GIS) entre México y Estados Unidos no demuestra que la cooperación en materia de seguridad goce de buena salud. Demuestra exactamente lo contrario: que ambos gobiernos necesitan preservar la apariencia de una relación funcional mientras administran desacuerdos políticos cada vez más profundos.
El mecanismo que administra las apariencias
La diferencia no es menor
Una cosa es mantener abiertos los canales diplomáticos; otra muy distinta es compartir una visión estratégica sobre cómo enfrentar al crimen organizado, las estructuras financieras ilícitas o la penetración criminal en las instituciones públicas. La reunión celebrada esta semana parece confirmar que el GIS ha dejado de ser un mecanismo para construir acuerdos de fondo y se ha convertido, sobre todo, en un instrumento para administrar tensiones.
La diplomacia funciona. La estrategia, todavía no.
Dos gobiernos sentados en la misma mesa... con prioridades distintas
La agenda oficial del encuentro luce amplia: seguridad fronteriza, combate al crimen organizado transnacional, tráfico de armas, intercambio de inteligencia, extradiciones, finanzas ilícitas y el creciente uso de drones por parte de organizaciones criminales.
Sobre el papel, pocas objeciones pueden hacerse.
El problema aparece cuando se analiza el contexto político con el que cada delegación llega a la mesa.
Estados Unidos enfrenta una presión doméstica permanente para demostrar resultados concretos contra los cárteles, particularmente después de la crisis del fentanilo. Necesita exhibir detenciones, decomisos, extradiciones y cooperación efectiva. Su narrativa política exige hechos verificables.
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México enfrenta un incentivo completamente distinto.
El gobierno de Claudia Sheinbaum necesita preservar una narrativa de soberanía, evitar cualquier percepción de subordinación frente a Washington y mantener estabilidad política en un momento particularmente sensible, marcado por la organización del Mundial de 2026 y la inminente revisión del T-MEC.
Ambos países hablan de cooperación. Pero cooperan por razones completamente distintas.
Y cuando los objetivos políticos son diferentes, la coordinación termina siendo, inevitablemente, limitada.
Rocha Moya: el nombre que todos intentan sacar de la conversación
Quizá el episodio más revelador de esta reunión no sea alguno de los temas incluidos en la agenda oficial, sino precisamente aquel que fue excluido públicamente. La presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que el caso del gobernador Rubén Rocha Moya no formaba parte de las conversaciones.
Sin embargo, esa aclaración política produce un efecto contrario al buscado.
Cuando un gobierno siente la necesidad de informar expresamente que un tema no será discutido, en realidad está reconociendo su enorme peso político. Los asuntos verdaderamente irrelevantes nunca necesitan ser desmentidos.
Mientras México sostiene que el caso permanece fuera del diálogo bilateral, continúan abiertos procesos judiciales, solicitudes de información y procedimientos vinculados con posibles extradiciones.
Washington espera avances. México espera información complementaria.
El calendario jurídico sigue avanzando para ambos.
Más allá de los comunicados oficiales, ese reloj procesal constituye probablemente el mejor termómetro para medir el verdadero estado de la relación bilateral.
La paradoja de la cooperación: funciona donde casi nadie mira
Existe una ironía particularmente interesante. Mientras la discusión política permanece estancada, la cooperación técnica continúa avanzando.
Los mayores resultados del GIS no provienen de las reuniones ministeriales ni de las declaraciones públicas, sino del trabajo cotidiano entre especialistas encargados del intercambio de inteligencia, coordinación marítima, plataformas analíticas, vigilancia aduanera y combate al uso criminal de sistemas aéreos no tripulados.
Es justamente ahí donde la política estorba menos. La cooperación bilateral parece ser inversamente proporcional a la exposición pública.
Mientras más discreta resulta una mesa técnica, mayores posibilidades existen de producir acuerdos efectivos.
Mientras más visible se vuelve un asunto, mayores son los incentivos políticos para endurecer posiciones.
No deja de ser una paradoja preocupante. Los técnicos construyen confianza. Los políticos administran diferencias.
El silencio alrededor del Mundial también comunica
Otro elemento merece atención.
La reunión ocurre apenas unos días después de la inauguración del Mundial de 2026 y prácticamente en paralelo con el inicio de la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Ambos acontecimientos poseen implicaciones estratégicas enormes para la seguridad regional. Sin embargo, ninguno aparece como eje central dentro de la narrativa pública del encuentro.
Difícilmente puede pensarse que semejantes asuntos hayan quedado fuera de las conversaciones privadas. Su ausencia parece responder más a una decisión política de comunicación que a una ausencia de preocupación.
En inteligencia estratégica existe un principio ampliamente conocido: las omisiones deliberadas también generan información.
Lo que un gobierno decide no comunicar puede resultar tan importante como aquello que sí comunica.
El verdadero papel del GIS
Conviene reconocer las virtudes del mecanismo. El GIS cumple una función institucional valiosa.
Evita que las diferencias políticas deriven en una ruptura diplomática y mantiene abiertos canales permanentes de comunicación entre dos gobiernos obligados a cooperar por razones geográficas, económicas y de seguridad nacional.
Pero sería un error atribuirle capacidades que simplemente no posee.
El GIS no resolverá la infiltración criminal en las instituciones mexicanas. No resolverá las disputas sobre soberanía. No eliminará las diferencias jurídicas alrededor de las extradiciones. Tampoco modificará las distintas prioridades políticas que hoy separan a ambos gobiernos.
Su verdadera función consiste en administrar desacuerdos sin permitir que la relación bilateral colapse. Y esa diferencia importa. Porque administrar una crisis nunca ha sido equivalente a resolverla.
La verdadera pregunta
Quizá el mayor riesgo no sea que la cooperación bilateral fracase.
El mayor riesgo consiste en que ambos gobiernos terminen confundiendo la existencia del diálogo con la existencia de soluciones.
Las reuniones continuarán. Los comunicados conjuntos seguirán publicándose. Las fotografías oficiales volverán a difundirse.
Todo indicará que la cooperación funciona.
Pero detrás del protocolo permanece intacta la pregunta que ninguna declaración conjunta puede responder.
¿Puede existir una verdadera estrategia común cuando Washington mide el éxito en resultados judiciales y México lo mide en costos políticos internos?
Mientras esa respuesta siga pendiente, el GIS continuará cumpliendo con eficacia su verdadera misión: administrar las apariencias de una cooperación que, en los temas de fondo, sigue profundamente limitada.
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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.