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¿Hay gobierno?

A medio camino entre un mal gobierno y una cada vez más franca indiferencia por siquiera tratar de gobernar, el lopezobradorismo se ha fugado al futuro por la ancha ruta de la sucesión adelantada.
mar 01 noviembre 2022 09:09 AM
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La agenda presidencial, después de la conferencia mañanera, no suele registrar otros compromisos, salvo cuando sale de gira para supervisar alguna obra o visitar algún estado.

El jueves pasado nos enteramos, a raíz de un hallazgo de Sandra Romandía ( https://bit.ly/3TPvqZE ) en las filtraciones de #SedenaLeaks, de que López Obrador dedica muy poco tiempo a sus responsabilidades públicas. Su horario normal de trabajo corre, básicamente, de las 6 a las 9 de la mañana: reunión con el gabinete de seguridad y conferencias matutinas. La agenda presidencial, después, no suele registrar otros compromisos, salvo cuando sale de gira para supervisar alguna obra o visitar algún estado. “De acuerdo con las agendas obtenidas por el hackeo”, escribe Romandía, “el presidente rara vez tiene alguna actividad laboral después de la mañanera”.

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¿Entonces quién gobierna? se preguntaba ayer, entre nostálgico y provocador, Gibrán Ramírez ( https://bit.ly/3DwIbl8 ). Sin embargo, conociendo el escaso interés de López Obrador por los detalles de la política pública y su proverbial impaciencia ante los ritmos y las dinámicas de la administración pública (ese “elefante reumático”, como lo llama con desprecio de libertario), no me parece tan mala noticia. Y habiendo visto, además, el menudo fiasco que han sido las prioridades de su gobierno (el nacionalismo energético, la austeridad republicana, el Tren Maya, la refinería Dos Bocas y el aeropuerto Felipe Ángeles,) creo, de hecho, que quizá es mejor así. Porque todo, siempre, puede ser peor. Lástima que el presidente no gobierne pero, de todos modos, mande.

Los resultados concretos de su mandato hace mucho que dejaron de importarle a López Obrador, a sus propagandistas e incondicionales. En lugar de prestarle atención a esas minucias, el foco de su atención lo ocupan los tropiezos de sus adversarios, el ruido de los medios o las redes sociales y, en esto es en lo que me importa ahondar, la trama de la sucesión presidencial. Es como si la inquietud por la refriega sucesoria hubiese consumido cualquier otro interés en torno a la marcha cotidiana del sexenio. No obstante, por muy entretenidos que resulten los delirios mañaneros y el drama de la sucesión presidencial, la ciudadanía no puede resignarse a que ya no importe el desempeño del gobierno.

¿No fueron acaso las malas cuentas que entregó Enrique Peña Nieto, sobre todo en materia de combate a la corrupción y la violencia, lo que impulsó a López Obrador a la presidencia? ¿No se suponía que la expectativa de cambio, que los agravios acumulados y la esperanza legítima de que las cosas pudieran ser distintas, fue lo que llevó a un 53% del electorado a votar por el principal candidato de oposición en 2018? Más allá de la aprobación presidencial, las encuestas indican que en casi todos los rubros importantes este gobierno no está bien evaluado. Los datos oficiales y las proyecciones más serias corroboran que, en efecto, los frutos de su gestión serán muy desfavorables, sino es que básicamente desastrosos. El legado de la autodenominada “cuarta transformación” cabe en una palabra: retroceso.

Con todo, a medio camino entre un mal gobierno y una cada vez más franca indiferencia por siquiera tratar de gobernar, el lopezobradorismo se ha fugado al futuro por la ancha ruta de la sucesión adelantada. A esa disputa está entregado, ahí ha decidido depositar toda su energía, como si antes del 2024 ya no hubiera posibilidad de hacer ninguna diferencia, como si los últimos dos años del sexenio ya no importaran. Y lo peor es que esa apuesta, a pesar de su desvergonzada irresponsabilidad, pudiera tener éxito.

 

Un indicio al respecto es la escasa exigencia que están enfrentando los aspirantes presidenciales de Morena: la facilidad con la que descuidan sus cargos; su nula necesidad de articular una visión que los distinga, de presentar diagnósticos o propuestas concretas; la frivolidad con la que se promueven, su evidente prioridad de darse a conocer y caer bien antes que de mostrar conocimiento, capacidad o experiencia. Ya sabemos que López Obrador no gobierna, asistimos ahora a la desesperante revelación de que las “corcholatas” buscan tomar su relevo, igual, más por la ambición de tener poder que por la vocación de atender problemas.

No solo no hay gobierno, tampoco parece haber una masa crítica ni mucha demanda de cambio en ese sentido. ¿Por qué?

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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