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El 68 y la transición a la democracia

No se debe ignorar que el gobierno ya había reprimido brutalmente a otros movimientos sociales previamente, como la huelga de los ferrocarrileros en 1959.
mié 28 septiembre 2022 06:00 AM
marcha 2 de octubre
La asociación de los estudiantes con la transición democrática es posterior al movimiento: ya sea porque los arquitectos de la transición participaron en él, o bien por cómo hemos reinterpretado los hechos del 2 de octubre a posteriori, apunta Jacques Coste.

El 2 de octubre de 1968 es una de las fechas más presentes en el imaginario social de los mexicanos. La brutal represión al movimiento estudiantil quedó plasmada en los libros de historia y en la memoria colectiva de México. A posteriori, los hechos se han interpretado como un momento fundacional: el inicio del fin del régimen posrevolucionario de partido hegemónico y el primer paso hacia la transición a la democracia.

La interpretación del 68 como punto de quiebre se fundamenta en la idea de que el movimiento estudiantil hirió de muerte al régimen posrevolucionario y elevó la exigencia de democratizar el sistema político a grado tal que satisfacer esta demanda era fundamental para la supervivencia del PRI. Esto ha contribuido a que analistas, figuras políticas, líderes de opinión y hasta ciudadanos comunes cataloguen a la transición democrática como un proceso inevitable y definitivo.

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Uno de los motivos principales por los que se ha difundido esta visión es que buena parte de los arquitectos institucionales e intelectuales de la transición a la democracia participaron o, al menos, observaron de cerca el movimiento estudiantil.

Quizá nada resume mejor la visión teleológica de la transición a la democracia (con el 68 como punto de partida) que el discurso del entonces candidato, Vicente Fox, en el debate presidencial de mayo del año 2000:

“Todas las mexicanas y los mexicanos que nos han precedido en este esfuerzo han sido perseverantes y tesoneros. Recordemos el movimiento estudiantil del 68 y la perseverancia de Rosario Ibarra en la lucha por los desaparecidos políticos, el tesón panista en su batalla por la democracia en los últimos 60 años, la manifestación del silencio de Clouthier y la marcha de la dignidad de Nava, la lucha del Frente Democrático Nacional y los actos de grandeza de Heberto Castillo. El camino ha sido largo y difícil, (pero) estamos llegando al final, gracias a que millones de mexicanas y mexicanos han superado con firmeza, con carácter y un poco de terquedad los desafíos del autoritarismo priista. Estamos a cinco semanas del cambio. ¡Lo queremos! No podemos dejar pasar esta oportunidad”.

Estudios históricos recientes han contribuido a reinterpretar el 68 y aquilatar sus consecuencias políticas y sociales. Desafortunadamente, estos análisis permanecen en los recintos académicos y no han producido gran eco en la discusión pública.

Recomiendo ampliamente revisar los trabajos de Denisse Cejudo, Ana María Serna, Ariel Rodríguez Kuri, Carmen Collado, Alberto del Castillo, Mario Virgilio Santiago, Eric Zolov y otros autores que han presentado análisis novedosos, mesurados y multidimensionales del 68. No obstante, me permito transmitirle al lector mi interpretación sobre el tema, como una invitación a la reflexión y sin ánimo de que asuma estas ideas como ciertas o definitivas.

Es cierto que el 68 fue un claro síntoma del desgaste del régimen posrevolucionario y también es verdad que el movimiento estudiantil arrojó luz sobre diversas demandas que amplios sectores de la sociedad compartían, como la preocupación por la ralentización de la movilidad social, la instalación de más canales de participación política para los ciudadanos o una mayor apertura y tolerancia a la pluralidad política y la disidencia.

No obstante, no se debe ignorar que el gobierno ya había reprimido brutalmente a otros movimientos sociales previamente, como la huelga de los ferrocarrileros en 1959. Es decir, me parece excesivo aseverar que el movimiento estudiantil puso en jaque al régimen, que se vio orillado a responder con violencia, pues esto ya había acontecido antes y, luego de los episodios de represión, se retomó la “normalidad política”.

 

Más aún, esto mismo ocurrió con el 2 de octubre. Si bien en los años 70 se promovieron grandes reformas para impulsar la apertura gradual del sistema político mexicano, la alternancia en el poder no llegó hasta el año 2000, y hubo relativa estabilidad política en las décadas siguientes al 68, por lo que me parece excesivo pensar que el movimiento estudiantil asestó un golpe definitivo al régimen.

Además, las demandas de los estudiantes eran puntuales y no incluían un cambio radical en el sistema político mexicano. En ese sentido, la asociación de los estudiantes con la transición democrática es posterior al movimiento: ya sea porque los arquitectos de la transición participaron en él, o bien por cómo hemos reinterpretado los hechos del 2 de octubre a posteriori.

Con estas líneas no busco minimizar las atrocidades cometidas por las autoridades civiles y militares el 2 de octubre. Además, celebro que, como pocos acontecimientos, el 68 permanece en nuestra memoria colectiva y sigue fungiendo como un poderoso motor de movilización social. Y no ninguneo la importancia histórica del movimiento estudiantil. Por el contrario, reconozco que produjo un impacto político de gran magnitud, que a la postre fue una de las causas de la apertura gradual del sistema político mexicano.

Lo que sí pretendo con este texto es invitar al lector y a mis colegas en los medios de comunicación a repensar el 68 en términos más mesurados y rigurosos, al tiempo de evitar las narrativas teleológicas de la transición democrática como proceso inevitable y definitivo, pues, en buena medida, esos relatos son los que merman la flexibilidad y la adaptabilidad de nuestra democracia ante los desafíos de hoy.

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Nota del editor: Jacques Coste (Twitter: @jacquescoste94) es historiador y autor del libro ‘Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica’, que se publicó en enero de 2022, bajo el sello editorial del Instituto Mora y Tirant Lo Blanch. También realiza actividades de consultoría en materia de análisis político. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

 
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