Publicidad

Síguenos en nuestras redes sociales:

Publicidad

Fiestas patrias, odas nacionalistas

Las fiestas patrias desempeñan un papel importante en la vida pública del país. Su importancia es simbólica, en tanto reforzadoras de identidad nacional; y práctica, al utilizarse con fines políticos.
mié 14 septiembre 2022 06:00 AM
fiestas-patrias-festejos
El nacionalismo tiene una función importante para fomentar la cohesión social y puede ser un poderoso motor para el trabajo conjunto a favor de grandes causas en un país, apunta Jacques Coste.

Cada país tiene sus propios festejos patrios para conmemorar, a su manera, los hechos históricos que el relato oficial considera momentos fundacionales para la nación.

El 4 de julio, los ciudadanos estadounidenses celebran la independencia de ese país con desfiles, parrilladas y fuegos artificiales. El 9 de mayo, Rusia festeja con un gran desfile militar el Día de la Victoria, pues en esa fecha de 1945 la Unión Soviética derrotó a la Alemania nazi.

Publicidad

Los mexicanos estamos en la víspera de nuestros tradicionales festejos de independencia, con el grito del 15 de septiembre y el desfile militar, un día después. Los festejos patrios cumplen distintas funciones públicas y cívicas.

En primer lugar, contribuyen a mantener la identidad nacional: unos con auténtico sentido patrio y otros simplemente con ganas de una buena fiesta, pero casi todos los mexicanos celebramos de alguna manera el 15 de septiembre, ya sea comiendo pozole o chiles en nogada, o acudiendo a alguna plaza pública a escuchar el grito y luego permanecer en los festejos callejeros. Así pues, la celebración de la independencia nos recuerda que pertenecemos a la comunidad nacional de un país llamado México.

En segundo lugar, las celebraciones nacionales sirven para preservar los relatos oficiales sobre la historia de los países. Retomemos los ejemplos mencionados. En Estados Unidos se reproduce el relato de las Trece Colonias que lograron su independencia, siempre enarbolando la bandera de la libertad, y enseguida conformaron la democracia más antigua del mundo.

En Rusia se reproduce el relato de un país que aguantó hasta lo imposible durante el asedio de los nazis, para después levantarse de las cenizas y derrotar a un enemigo que parecía invencible. En México se transmite la narrativa de un pueblo mestizo que en 1810 se unió, por primera vez y para siempre, en aras de sacudirse 300 años de yugo español.

En tercer lugar, las fiestas patrias sirven a los gobernantes en turno para relanzar sus respectivos proyectos políticos. Por ejemplo, el año pasado en Estados Unidos, el presidente Biden declaró que el 4 de julio de 2021 marcaría la fecha en que la Unión Americana derrotaría al COVID-19 gracias al avance de la vacunación. Vladimir Putin suele utilizar el desfile del 9 de mayor para proyectar poder militar hacia el exterior y reforzar la imagen de líder fuerte en el interior. Andrés Manuel López Obrador ha anunciado que la Guardia Nacional será la protagonista del desfile de este 16 de septiembre, precisamente mientras se discute una iniciativa para incluir formalmente a esta corporación en el organigrama de la Secretaría de la Defensa Nacional.

En suma, las fiestas patrias desempeñan un papel importante en la vida pública de todo país. Su importancia es simbólica, en tanto reforzadoras de la identidad nacional; y práctica, al utilizarse con fines políticos.

No obstante, las fiestas patrias también pueden tener un lado oscuro, pues exaltan el orgullo nacional y, en no pocas ocasiones, el chovinismo, al tiempo que reabren las heridas de los agravios históricos —ya reales, ya imaginados— que ha sufrido un país. Con esto no quiero decir que todo nacionalismo sea nocivo. Tampoco arguyo que los pueblos deben carecer de memoria histórica. Más bien, apunto los problemas que trae consigo el nacionalismo exacerbado y, para ello, recurro al historiador de las ideas y filósofo político de origen británico-letón, Isaiah Berlin.

En su compilación de ensayos Sobre el nacionalismo, Berlin advierte que: “El nacionalismo es sin duda la más poderosa y quizás la más destructiva fuerza de nuestro tiempo”, aunque matiza: “El sentimiento nacionalista no es intrínsecamente maligno o peligroso; sólo se convierte en tal cosa cuando es exacerbado e inflamado, y adquiere una condición patológica”.

Al respecto, Berlin explica que el nacionalismo adquiere esa “condición patológica” cuando se basa en la superioridad de un grupo nacional sobre otro, cuando se fundamenta en la venganza de los agravios históricos que ha sufrido un pueblo, o bien cuando: “está la convicción de que el patrón de vida de una sociedad es similar al de un organismo biológico; los objetivos comunes de la sociedad consisten en aquello que ese organismo necesita para su apropiado desarrollo […] y esos objetivos son supremos”.

 

“De lo cual se sigue que la unidad humana esencial, aquella en la que la naturaleza del hombre se realiza totalmente, no es el individuo, o una asociación voluntaria que puede ser disuelta, alterada o abandonada a voluntad, sino la nación. Las vidas de las unidades subordinadas —la familia, la tribu, el clan, la provincia—, para ser fieles a sí mismas, deben estar dirigidas a la creación y el mantenimiento de la nación”.

En síntesis, el nacionalismo tiene una función importante para fomentar la cohesión social y puede ser un poderoso motor para el trabajo conjunto a favor de grandes causas en un país. Sin embargo, cuando es exacerbado, incentiva el odio, la rabia, el provincialismo, la violencia y el rechazo al pluralismo y la diversidad.

Este 15 y 16 de septiembre espero escuchar a un presidente dando el tradicional grito de independencia y un discurso —un tanto inocuo— sobre la llamada cuarta transformación de la historia nacional, y no a un mandatario apelando al antiyanquismo, enalteciendo a los militares y, por tanto, exaltando el orgullo nacional patológico.

__________________

Nota del editor: Jacques Coste (Twitter: @jacquescoste94) es historiador y autor del libro ‘Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica’, que se publicó en enero de 2022, bajo el sello editorial del Instituto Mora y Tirant Lo Blanch. También realiza actividades de consultoría en materia de análisis político. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

 
Publicidad
Publicidad