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#ColumnaInvitada | Morena: de movimiento a (parir un) partido

La comodidad de las consignas antisistema se esfuma, ya lucen impropias. El confort que brinda criticar a quienes se les dice: “no somos como ustedes”, ahora vira hacia una incomodidad erizada.
lun 01 agosto 2022 11:59 PM
Votación interna en Morena
Este sábado y domingo se desarrolló la elección de consejeras y consejeros de Morena.

Morena no es más un movimiento. Ha tenido que pasar del reparto de panfletos en la calle durante marchas y movilizaciones, al burocrático llenado de formatos de afiliación con clave de elector y CURP. De las anárquicas manifestaciones al grito de “¡es un honor, estar con Obrador!”, a las filas lo más alineadas y ordenadas posible para votar a la voz del funcionario de casilla autorizado.

La comodidad de las consignas antisistema se esfuma, ya lucen impropias. El confort que brinda criticar a quienes se les dice: “no somos como ustedes”, ahora vira hacia una incomodidad erizada. Morena es el movimiento que hoy debe parir un partido: es un proceso doloroso.

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Las elecciones internas que vivió Morena este sábado y domingo debieron marcar un hito: su trayecto hacia la institucionalización. Está bien, discursivamente, llamarse movimiento, pero es imperativo establecer rutinas, formas de comportamiento, canales de comunicación formales, mecanismos para la resolución de conflictos. Morena no puede ser un movimiento porque le urge ser una organización.

Lo que sigue en juego en este proceso que comenzó este fin de semana –y que tendrá un momento crucial en el “Congreso Nacional de Unidad y Movilización” convocado para el 17 y 18 de septiembre próximos– es el futuro y viabilidad del partido. No se trata sólo de la candidatura presidencial de 2024, sino del control después de que el fundador se jubile.

El partido no sobrevivirá si se mantiene sólo como un instrumento de Andrés Manuel López Obrador para alcanzar el poder. Es necesario que Morena sea valorado por sí mismo: pasar de afanarse por los objetivos seleccionados por su líder a buscar aquellos que le convengan como organización.

Para ese proceso de institucionalización se requiere del desarrollo de intereses en el mantenimiento de la organización, así como el desarrollo y difusión de lealtades organizativas (Angelo Panebianco dixit). Lo que se aprecia en Morena, por lo pronto, son otros signos.

“Cada uno de ustedes sabe lo que en realidad puede. Lo importantes es que inviten a que vayan uno, dos, cinco… hasta 10 amigos, familiares, vecinos. Lo que se les pide no es apoyar a un partido, sino a la líder. Para que desde allá pueda mantener los programas. Si nos comprometemos con ella ahora, cuando gane algún cargo le podremos exigir que nos siga apoyando”, decía alguien mostrando a la concurrencia de unas 25 personas, encerradas en una casa, un formato de afiliación autorizado.

 

Una de sus “corcholatas” más fuertes rumbo a la candidatura a la Presidencia afiliándose apenas, después de haber transitado por cinco partidos ya; una más que decide no participar quejándose de que hay exclusión y pocas posibilidades de ver ganar a los suyos. Algunas de sus figuras más mediáticas denunciando las malas prácticas de sus propios correligionarios, realizando brigadas “cazamapaches”. Líderes llevando (¿acarreando?) a sus clientelas: estructuras en ciernes, otras más consolidadas. Lo dicho, no son los rasgos esperados.

El partido que sirvió como vehículo al presidente más votado de la historia sufre por la escasez de militantes. Si a septiembre de 2020 contaba con 466,931 afiliados acreditados ante el INE, ahora se presume que pudiera alcanzar hasta tres millones, derivado de estos dos días de elecciones.

Pero en esa búsqueda de estructuras, el riesgo es, efectivamente, excluir a los fundadores y militantes convencidos. ¿Qué significan los llamados de líderes del PRD, como Octavio Ocampo de Michoacán, a sus integrantes a no inmiscuirse en el proceso interno de Morena? Otro riesgo que suena a innovación: el baby padrón. Morena permitiendo que jóvenes entre 15 y 17 años pudieran participar presentando su identificación escolar.

El dirigente nacional, Mario Delgado, había previsto que el proceso fuera abierto a toda la población. Dado que Morena es “el partido más democrático” (sic), podría acudir cualquier persona. Se llegó a decir que se podría votar hasta presentando la credencial que entre 2007 y 2008 acreditaba como representante del “gobierno legítimo”. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) lo impidió, pero permitió la afiliación in situ.

Todo partido requiere de ciertos rasgos básicos de institucionalización. Morena ha venido relegando los primeros pasos para su consolidación, quizá confiado en la gran influencia electoral que posee su fundador, pero no puede ser duradera. Se ciñó a los objetivos de López Obrador: debió renovar sus órganos internos desde 2015, pero prefirió priorizar las elecciones de 2018; lo intentó en 2019, pero fueron de tal magnitud las irregulardades que el TEPJF tuvo que anular el proceso. Demora.

A menos de dos años de la elección presidencial, Morena luce debilitado por sus conflictos internos. Es un granero de liderazgos, grupos, fracciones, corrientes incapaces de competir en una liza democrática. El partido que está presto para servir a su fundador desobedece cuando se trata de ganar el poder futuro. No cabe duda que hay alumbramientos muy lacerantes en donde se pone en riesgo hasta la subsistencia.

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Nota del editor: el autor es politólogo. Doctor en Procesos Políticos. Profesor e investigador en la UCEMICH. Especialista en partidos políticos, elecciones y política gubernamental.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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